El sol todavía no había salido cuando Rogelio abrió la puerta de la casa.
El aire olía a polvo húmedo y a café recién hervido.
La vivienda era pequeña: dos cuartos, una cocina improvisada y un baño que Rogelio había terminado de levantar con bloques de cemento el año anterior. El techo de lámina crujía cuando el viento cambiaba de dirección.
—¿Te vas ya? —preguntó Mariela desde la cocina.
—Hoy empiezan temprano —respondió él mientras se ajustaba las botas.
Mariela le pasó un termo de café y un pedazo de pan envuelto en papel aluminio.
Rogelio subió a la vieja camioneta que apenas arrancaba cuando el motor estaba frío. La calle frente a la casa era de tierra; cuando llovía se convertía en barro espeso.
Avanzó despacio entre otras casas parecidas: algunas eran remolques metálicos, otras construcciones incompletas donde se notaba que los muros se levantaban poco a poco, conforme llegaba el dinero.
Un perro flaco cruzó la calle.
A esa hora ya se veían algunas luces encendidas.
Hombres saliendo con botas y loncheras.
Mujeres barriendo el frente de sus casas.
El día comenzaba.
En la casa, Mariela despertó a los niños.
—Arriba, que ya es tarde.
Luis, el mayor, se sentó en la cama con los ojos hinchados de sueño.
—¿Hoy también vas a trabajar hasta tarde?
—Sí —respondió ella mientras buscaba la camisa del uniforme—. Tengo dos casas más que limpiar.
La niña pequeña, Sofía, todavía dormía abrazando un peluche gastado.
La cocina era apenas una mesa, una estufa vieja y un refrigerador que zumbaba como si siempre estuviera cansado.
Mariela sirvió huevos revueltos y tortillas calientes.
—Coman rápido.
Afuera la calle ya estaba llena de movimiento.
Un vecino arrancaba su camioneta cargada de herramientas.
Otro acomodaba escaleras en el techo del vehículo.
Los niños caminaban hacia la parada del autobús escolar.
El polvo se levantaba cada vez que pasaba un carro.
Luis miró a su alrededor.
—¿Crees que algún día nos mudemos a una casa grande?
Mariela sonrió sin responder.
Sabía que esa pregunta no tenía respuesta fácil.
Rogelio pasó el día entero en una obra.
El sol cayó duro sobre la espalda de los hombres que levantaban muros de concreto.
Nadie hablaba mucho.
Solo se escuchaban las mezcladoras, los martillos, el ruido del metal.
Al mediodía comieron sentados sobre sacos de cemento.
—Dicen que en unos meses habrá más trabajo —comentó uno.
—Eso dicen siempre —respondió otro.
Rogelio bebió un trago de agua tibia.
Pensó en la casa.
En el pago del terreno.
En la camioneta que necesitaba un nuevo embrague.
Y en Luis, que pronto sería demasiado grande para seguir durmiendo en el mismo cuarto con su hermana.
Por la tarde, Mariela regresó con Sofía de la guardería.
Había pasado el día limpiando cocinas que brillaban como espejos.
Cuando entró a su casa, el olor a polvo y humedad la recibió como siempre.
Abrió las ventanas.
Desde la calle llegaba el sonido de una radio tocando música norteña.
Un vecino estaba arreglando el motor de un carro viejo.
Otro asaba carne en una parrilla improvisada hecha con un tambor cortado.
La colonia volvía a llenarse de vida.
Rogelio llegó cuando el cielo ya estaba oscuro.
Se sentó en la silla de plástico frente a la casa.
Mariela le llevó un plato de arroz y frijoles.
Los niños jugaban con una pelota en la calle.
Durante unos minutos nadie dijo nada.
Solo se escuchaba el ruido lejano del tráfico y el zumbido de los insectos.
Rogelio miró alrededor: las casas humildes, las luces amarillas, los vecinos conversando.
Suspiró.
—Al menos estamos juntos.
Mariela asintió.
A lo lejos, detrás de las luces de la colonia, se veía el resplandor de una ciudad más grande.
Los letreros luminosos de tiendas y restaurantes brillaban en la distancia.
Luis miró hacia allá.
—Algún día voy a trabajar en esos edificios —dijo.
Rogelio sonrió.
—Claro que sí.
Guardó silencio un momento y luego añadió:
—Después de todo, estamos en Estados Unidos.

