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sábado, 14 de marzo de 2026

AQUI TAMBIEN ES AMERICA

 


El sol todavía no había salido cuando Rogelio abrió la puerta de la casa.
El aire olía a polvo húmedo y a café recién hervido.

La vivienda era pequeña: dos cuartos, una cocina improvisada y un baño que Rogelio había terminado de levantar con bloques de cemento el año anterior. El techo de lámina crujía cuando el viento cambiaba de dirección.

—¿Te vas ya? —preguntó Mariela desde la cocina.

—Hoy empiezan temprano —respondió él mientras se ajustaba las botas.

Mariela le pasó un termo de café y un pedazo de pan envuelto en papel aluminio.

Rogelio subió a la vieja camioneta que apenas arrancaba cuando el motor estaba frío. La calle frente a la casa era de tierra; cuando llovía se convertía en barro espeso.

Avanzó despacio entre otras casas parecidas: algunas eran remolques metálicos, otras construcciones incompletas donde se notaba que los muros se levantaban poco a poco, conforme llegaba el dinero.

Un perro flaco cruzó la calle.

A esa hora ya se veían algunas luces encendidas.
Hombres saliendo con botas y loncheras.
Mujeres barriendo el frente de sus casas.

El día comenzaba.


En la casa, Mariela despertó a los niños.

—Arriba, que ya es tarde.

Luis, el mayor, se sentó en la cama con los ojos hinchados de sueño.

—¿Hoy también vas a trabajar hasta tarde?

—Sí —respondió ella mientras buscaba la camisa del uniforme—. Tengo dos casas más que limpiar.

La niña pequeña, Sofía, todavía dormía abrazando un peluche gastado.

La cocina era apenas una mesa, una estufa vieja y un refrigerador que zumbaba como si siempre estuviera cansado.

Mariela sirvió huevos revueltos y tortillas calientes.

—Coman rápido.


Afuera la calle ya estaba llena de movimiento.

Un vecino arrancaba su camioneta cargada de herramientas.
Otro acomodaba escaleras en el techo del vehículo.

Los niños caminaban hacia la parada del autobús escolar.

El polvo se levantaba cada vez que pasaba un carro.

Luis miró a su alrededor.

—¿Crees que algún día nos mudemos a una casa grande?

Mariela sonrió sin responder.

Sabía que esa pregunta no tenía respuesta fácil.


Rogelio pasó el día entero en una obra.

El sol cayó duro sobre la espalda de los hombres que levantaban muros de concreto.

Nadie hablaba mucho.
Solo se escuchaban las mezcladoras, los martillos, el ruido del metal.

Al mediodía comieron sentados sobre sacos de cemento.

—Dicen que en unos meses habrá más trabajo —comentó uno.

—Eso dicen siempre —respondió otro.

Rogelio bebió un trago de agua tibia.

Pensó en la casa.
En el pago del terreno.
En la camioneta que necesitaba un nuevo embrague.

Y en Luis, que pronto sería demasiado grande para seguir durmiendo en el mismo cuarto con su hermana.


Por la tarde, Mariela regresó con Sofía de la guardería.

Había pasado el día limpiando cocinas que brillaban como espejos.

Cuando entró a su casa, el olor a polvo y humedad la recibió como siempre.

Abrió las ventanas.

Desde la calle llegaba el sonido de una radio tocando música norteña.

Un vecino estaba arreglando el motor de un carro viejo.

Otro asaba carne en una parrilla improvisada hecha con un tambor cortado.

La colonia volvía a llenarse de vida.


Rogelio llegó cuando el cielo ya estaba oscuro.

Se sentó en la silla de plástico frente a la casa.

Mariela le llevó un plato de arroz y frijoles.

Los niños jugaban con una pelota en la calle.

Durante unos minutos nadie dijo nada.

Solo se escuchaba el ruido lejano del tráfico y el zumbido de los insectos.

Rogelio miró alrededor: las casas humildes, las luces amarillas, los vecinos conversando.

Suspiró.

—Al menos estamos juntos.

Mariela asintió.

A lo lejos, detrás de las luces de la colonia, se veía el resplandor de una ciudad más grande.

Los letreros luminosos de tiendas y restaurantes brillaban en la distancia.

Luis miró hacia allá.

—Algún día voy a trabajar en esos edificios —dijo.

Rogelio sonrió.

—Claro que sí.

Guardó silencio un momento y luego añadió:

—Después de todo, estamos en Estados Unidos.



FIN

domingo, 10 de agosto de 2025

La travesía de Saskya hacia sus sueños

 Basado en una historia real


Carrera dura, mijita, pero persigue tus sueños

Cuando Saskya terminó el bachillerato en Ecuador, me dijo que quería estudiar arte. "¿Arte?" pensé. "Mi hija se va a morir de hambre". Imaginaba a los artistas que pasan su vida sin vender un solo cuadro. Pero, en lugar de desalentarla, le dije: "Carrera dura, mijita, pero ¿sabes qué? Persigue tus sueños, es la única manera, no hay otra".

Desde muy joven, Saskya sintió una pasión ardiente por el arte. Estudiaba en el Instituto de Artes del Ecuador (ITAE) en Guayaquil, pero su sueño era llevar su talento más allá de las fronteras. Sabía que estudiar en el extranjero era costoso, y aunque nuestra familia carecía de los recursos necesarios, ella no se dejó vencer por la adversidad. Con una determinación inquebrantable, se dedicó a buscar becas y oportunidades, enviando portafolios y cartas de motivación a distintas universidades.

El destino quiso que asistiera a una feria universitaria en Quito, donde presentó su portafolio a una embajadora de la School of the Art Institute of Chicago (SAIC). Esta mujer se interesó en su trabajo y, aunque tenía que continuar su recorrido por Sudamérica, mantuvo el contacto con Saskya. Lo que parecía solo una posibilidad remota se convirtió en una oportunidad real: la SAIC decidió aceptarla, a pesar de que raramente admitían estudiantes con estudios previos en otras instituciones.

La puerta entreabierta y el desafío de los dólares

El sueño de estudiar en una de las mejores escuelas de arte del mundo estaba al alcance de su mano, pero con él vino un enorme desafío: la matrícula ascendía a una cantidad en dólares, para mí  impagable. El monto era impensable para nuestra familia, pero Saskya no se dejó amedrentar. Con perseverancia y fe, aplicó a una beca de excelencia ofrecida por el Estado ecuatoriano y, tras un arduo proceso, logró obtenerla. La beca cubría prácticamente todo, pero todavía necesitaba recursos para su viaje y sus primeros días en Chicago, hasta que el dinero de la beca se hiciera efectivo.

Una vez más, el destino jugó a su favor. Un día, recibí una llamada inesperada de un familiar interesado en comprar un departamento en Salinas. Gracias a mi trabajo en el sector inmobiliario, logré concretar la venta y obtuve una comisión, justo lo necesario para que Saskya pudiera viajar.

Cuando el universo conspira a favor de los valientes

Los obstáculos no terminaban ahí. Para poder viajar, necesitaba su visa de estudiante, pero el tiempo jugaba en su contra. Por fortuna, el consulado agilizó el proceso y le concedió la visa con rapidez, ayudándola a evitar retrasos que podían costarle su ingreso a la universidad. Sin embargo, otro problema apareció: en enero de 2014, Estados Unidos atravesaba una de las peores tormentas invernales en años, con miles de vuelos cancelados.

El día de su viaje, contra todo pronóstico, el cielo se despejó y su vuelo pudo partir sin inconvenientes. Como si el destino le enviara una señal de que iba por buen camino, en El Salvador la aerolínea la ascendió inesperadamente a primera clase.

La cara oculta del sueño americano

Desde fuera, la historia podría parecer un cuento de hadas, pero la realidad fue muy distinta. La vida en Chicago no fue fácil. Saskya, a pesar de estar en una de las mejores universidades de arte, tuvo que aprender a sobrevivir con lo mínimo. Había días en que se privaba de comer para ahorrar dinero, y muchas noches en las que las lágrimas caían en silencio, sin contárselo a nadie para no preocuparnos.

Sus compañeros de clase, en su mayoría hijos de familias adineradas de Asia y otras partes del mundo, solo tenían que sacar su tarjeta de crédito para resolver cualquier problema. Ella, en cambio, era "la única hija de asiático chiro", como solía decir con humor. Pero en lugar de envidiar, enfocó su energía en demostrar que su talento y esfuerzo valían tanto como cualquier fortuna.

Rebeca, un ángel en Chicago

El destino no solo puso dificultades en su camino, sino también personas extraordinarias. Al llegar a Chicago, una ecuatoriana llamada Rebeca (taxista) la esperaba. Desde el primer momento, Rebeca se convirtió en su protectora y amiga. Curiosamente, la primera vez que la llevó en taxi fue la única vez que le cobró. Desde entonces, la transportaba a la universidad, la invitaba a comer, la llevaba a su templo y la ayudaba en todo lo que podía. Cuando visitamos Chicago, Rebeca también estuvo allí, llevándonos a recorrer la ciudad, los centros comerciales y asegurándose de que no nos faltara nada. Fue un ángel en el camino de Saskya, recordándole que, aunque lejos de casa, nunca estaba sola.

¿Coincidencia, suerte o destino?

Si Saskya no hubiera asistido a esa feria en Quito, si no se hubiera topado con la embajadora de la SAIC, si yo no hubiera recibido esa llamada sobre el departamento en Salinas, si el consulado no le hubiera agilizado la visa, si el cielo no se hubiera despejado ese día...  Si no hubiese estado Rebeca para apoyarla, qué habría pasado

Rebeca es Chicago, Chicago es Rebeca, eso está marcado, eso nunca se olvida.

Quizás fue el destino, la suerte o una simple cadena de casualidades. Pero lo que es indudable es que la verdadera clave estuvo en su determinación. Ella nunca dejó de buscar caminos, nunca dejó de intentarlo.

Palabras clave para recordar:

Esta historia está tejida con hilos de sueños, determinación y perseverancia, donde el talento y el esfuerzo se enfrentan a la adversidad. Cada paso cuenta, y el apoyo, el destino y la superación muestran que los desafíos se pueden vencer. La resiliencia, la motivación y la fe son los faros que guían a quienes no dejan de intentar, recordándonos que alcanzar lo que anhelamos siempre vale la pena.


FIN


domingo, 13 de abril de 2025

NO DIGAS NADA


Análisis reflexivo y con un toque de sarcasmo sobre la canción "NO DIGAS NADA" de José Feliciano

Desde los primeros acordes, No Digas Nada se siente como un susurro a media luz, una súplica disfrazada de resignación, un último intento de arreglarlo todo de la única forma en la que aún nos entendemos: en la cama, porque después de una buena pelea viene rico un gran revolcón de esos de película: rápido y furioso, más a fondo que economía de un país en quiebra.  Porque, seamos sinceros, hablar nunca ha sido nuestro fuerte, y cuando intentamos hacerlo, solo terminamos echándole más gasolina al incendio que ya nos consume.

José Feliciano no canta, desnuda el alma. Cada palabra es un eco de lo que tantas veces hemos pensado pero no nos hemos atrevido a decir en voz alta. “No digas nada” no es solo un pedido, es un escudo, un último refugio antes de aceptar que, más allá del deseo, más allá de las sábanas arrugadas y las promesas implícitas en cada roce, somos gente difícil de aguantar. Tú lo eres, yo lo soy, y lo sabemos.

Pero ahí está la trampa: el deseo de creer que todavía hay una oportunidad. Que si nos callamos, si nos dejamos llevar por lo único que aún funciona entre nosotros, tal vez – solo tal vez – el mundo se detenga un rato más antes de que la realidad nos arrastre de vuelta a la certeza de que esto está roto. Y que probablemente siempre lo estuvo y que como dijo el boticario,  ya no hay remedio, se acabó, vaya al frente a la otra botica a ver si encuentra.

Es un tema que huele a madrugada, a cigarrillos apagados a medias, a caricias con fecha de vencimiento. A la mentira hermosa de pensar que la piel, la cama,  puede arreglar lo que las palabras destruyeron, solo porque es rico.

Sí, esta podría ser nuestra historia. O mejor dicho, esta es nuestra historia. Una que ya conocemos demasiado bien, pero que de alguna manera seguimos repitiendo, como si cada vez fuera la última.

El tono melancólico y la guitarra llorona

Musicalmente, la canción acompaña esta tristeza con acordes que parecen suspiros de resignación. La guitarra de Feliciano no solo suena, llora con sentimiento más profundo que cuando pierdes las elecciones. Cada rasgueo es como un "te amo, pero mejor aquí nos quedamos". Es un maestro en transmitir emociones sin necesidad de exageraciones.

Es curioso cómo una canción que pide silencio dice tanto. Nos recuerda que las palabras a veces sobran, pero también nos deja claro que a veces son necesarias.

Reflexión final: El arte de callar en el amor

No digas nada es un himno para todos aquellos que han tenido que guardar palabras en la garganta, ya sea por orgullo, por dolor o por amor. Nos enseña que hay momentos en que es mejor no hablar, shhhh, calladito te ves mas bonito, pero también nos deja con la duda: ¿qué hubiera pasado si sí se hablaba? ¿Si se decía la verdad en lugar de dejar que el silencio hiciera el trabajo sucio? Y si si?

Y así nos deja Feliciano, en esa encrucijada de la vida donde el amor y el orgullo juegan a la soga. Porque a veces lo más difícil no es hablar... sino saber cuándo callar. Y, a veces, el silencio no es un final, sino una pausa antes de otro comienzo.

ACLARACION

Por razones de derechos de autor, no puedo subir el video de la canción, pero aquí les dejo el enlace para que la disfruten (doble clic por fa): 


No se la pierdan, porque además de la reflexión, está llena de erotismo, se las recomiendo, está "guena".

FIN

Tal vez esta historia es la tuya, tu alcoba es un infierno y yo la escribí sin saberlo, pero si tienes otra historia, no otra alcoba, me lo dices y entre los dos, redactamos algo bonito, constructivo, entretenido, ya van algunas de gente que se ha atrevido y ha salido muy bien.

Recuerda que el tiempo avanza y mañana puede ser que ya sea muy, pero muy tarde y yo tenga los dedos cansados para escribir, se me haya secado la fuente de inspiración.o el Alzheimer nos haya hecho su prisionero.

Pero sabes? me encanta que leas mis historias y por eso te doy un sincero GRACIAS.

INVITACION

¡Te invito a sumergirte en este viaje de historias!

Si haces clic más abajo donde dice Página Principal, podrás disfrutar de todas las historias anteriores, desde la primera hasta la más reciente.

Gracias a la gran acogida de los lectores, este blog ya cuenta con más de 100 relatos, y a partir de este año, publicamos una nueva historia cada semana.

Cada texto es una ventana a emociones, recuerdos y reflexiones que no te puedes perder. ¡Empieza desde el principio y acompáñanos en esta aventura!



martes, 12 de noviembre de 2024

"La Fuerza de Ser Humano"

 


Era una tarde calurosa, como muchas otras últimamente, cuando José Carlos me invitó al cine. Me sorprendió con un simple "Papá, tengo un cupón de comida para el bar del cine. ¿Qué tal si vamos? Son como las seis, la luz regresa a las ocho, y ya sabemos que en casa no vamos a hacer nada." A veces, en medio de todo lo que está pasando con los cortes de luz y el calor, su sencillez me resulta un respiro.

En el celular buscaba las películas en cartelera y mientras lo hacía, me comentó con un tono de cierta desgana: "Últimamente no hay buenas películas... pero hay una biografía de Trump, y otra de Christopher Reeve y aunque no manifesté preferencia por alguna de ellas,  le dije vamos y nos dirigimos al centro comercial.

El estacionamiento estaba más lleno de lo normal. La gente huía del calor de sus casas en busca de una distracción. Afortunadamente, encontramos un espacio en la parte de arriba, y mientras caminábamos hacia el cine, José observó: "Más gente se ve en la parte vieja del centro comercial, allá está el patio de comida." La nueva sección, donde está el cine, parecía más tranquila, pero había algo reconfortante en esa calma, como si el bullicio de la otra zona nos preparara para un pequeño refugio en la oscuridad de la sala de cine.

Llegamos y descubrimos que la película de Trump ya había comenzado, pero la función siguiente de Christopher Reeve estaba por empezar, así que decidimos entrar. No sabía lo que iba a encontrar. Al principio, pensé que solo era una distracción más, pero al poco tiempo me di cuenta de que había entrado en algo mucho más profundo. La historia de Christopher Reeve me conmovió de maneras que no imaginaba.

La película no solo hablaba de un actor que había interpretado al más grande de los héroes, Superman, sino de un hombre que, tras un accidente devastador, se enfrentó a la realidad de la discapacidad con una fuerza y determinación sorprendentes. Reeve, tras quedar tetrapléjico, no se rindió. En lugar de sucumbir a la tristeza y la desesperación, encontró una nueva forma de luchar: dedicó su vida a mejorar las condiciones de las personas discapacitadas, luchando por la investigación en neurociencias y el apoyo a aquellos que pasaban por lo mismo que él.

Recuerdo pensar en lo duro que debió ser para él. Imaginarse de ser Superman, el personaje más poderoso del planeta, a ser una persona completamente dependiente. Pero aún en esa fragilidad, Reeve mostró una generosidad impresionante, buscando siempre el bienestar de otros. Me conmovió profundamente. "No cualquiera se sobrepone a algo así", me dijo José mientras me observaba, sabiendo que estaba tocado por lo que estábamos viendo.

Pero lo que realmente me sorprendió fue descubrir una amistad tan entrañable entre Reeve y Robin Williams. De alguna forma, nunca imaginé que dos personas tan aparentemente opuestas pudieran tener un lazo tan fuerte. Williams, conocido por su humor y energía incansable, era uno de los grandes amigos de Reeve, y, según contaron en la película, fue su apoyo más grande durante los momentos más oscuros de su vida. Recordé la anécdota de cómo Williams, al enterarse del accidente de Reeve, apareció en su hospital disfrazado de médico, haciéndolo reír por primera vez después de tan grave lesión. "Así es Robin", pensé, "una fuente de luz en la oscuridad". Pero también pensé en lo que sucedió después, en cómo ese mismo hombre, tan lleno de vida en su rostro y en su voz, decidió quitarse la suya. No pude evitar la tristeza, recordando que no todo lo que brilla es oro, y que muchas veces, la lucha interna de las personas es invisible.

Un solo canguil con mantequilla y un te helado porque mi hijo sabe que no puedo tomar bebidas gasificadas, fueron suficientes, un banquete en las circunstancias porque lo disfrutamos al compartirlo y no tuvimos necesidad de mas, el momento? Perfecto.  Mejor? Imposible!!!!

Al final de la película, no solo me sentí agradecido por haber compartido ese momento con José Carlos, sino también por la lección que me dejó la vida de Christopher Reeve. No se trataba solo de una historia de superhéroes; se trataba de la capacidad humana de encontrar fuerza en la vulnerabilidad, de ser generoso incluso cuando uno está herido, y de luchar por otros, aunque uno mismo esté atravesando un dolor insoportable.

Mientras salíamos del cine, José me miró con una sonrisa tranquila. "Fue una buena película, ¿no?", me dijo. Yo asentí, pero mis pensamientos estaban en otro lugar. "Sí, fue más que buena. Fue una lección de vida."

Y mientras caminábamos de regreso al auto, me di cuenta de que el momento compartido con él, ese tiempo sencillo, fue en sí mismo un recordatorio de que, incluso en los momentos más difíciles, siempre hay algo por lo que luchar. Que a veces la vida no nos pide ser superhéroes, sino simplemente ser humanos, generosos y solidarios con los demás.

Así, esa tarde de cine se convirtió en algo más que una salida; fue una reflexión profunda, tanto por la película que vimos como por el tiempo que compartí con José Carlos, el cual, aunque no lo dijimos en voz alta, sabíamos que esos pequeños momentos son los que realmente importan.

FIN

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Si quieres que escriba sobre algún tema en particular, dímelo también porque seguro tienes mil y una historias muy lindas e interesantes, dignas de ser escritas y compartidas. Puede ser que sepas algo de este tema que merezca ser publicado, si es así agradecería tu ayuda, me avisas, me dices, me contradices, me maldices, tú, tú.

Si no te gustó no importa, espero que te guste mi próxima historia, siempre hay una oportunidad de contarla mejor, para que sea de tu agrado y sepas cuando quieras puedes invitarme un ratito. cafe y voy con galletas o algun pastel, no te preocupes

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Chaito, que te encuentres bien y ya sabes.....



viernes, 9 de febrero de 2024

NAVEGANDO ENTRE TEMORES Y OPORTUNIDADES



En un mundo cada vez más conectado, los adultos  se enfrentan a un mar de temores en la era digital. 

Este es el caso de una vecina de la Urbanización, chilena, no vamos a decir su nombre para proteger su identidad, digamos de unos 50 años aunque la verdad es que eso de achuntarle a la edad de las personas, no se las da conmigo. Lo cierto que en esta era, se veía rodeada de dispositivos electrónicos que parecían hablar un idioma desconocido. Temía tocar algo y desencadenar una crisis tecnológica. Pero una tarde, decidida a enfrentar sus miedos, encendió su computadora y se sumergió en el vasto océano de internet. Al principio, cada clic era un suspiro de incertidumbre. Temía presionar algo incorrecto y desaparecer en la red para siempre. Pero con paciencia y determinación, comenzó a familiarizarse con el mundo digital. 

Descubrió que podía conectarse con amigos y familiares a través de video llamadas, reduciendo así la distancia que el tiempo y la vida habían creado, disfrutando hasta de poder compartir momentos como cumpleaños, matrimonios, bautizos, graduaciones, etc, que antes eran imposibles, cosas de ciencia ficción, de los Supersónicos por decir algo. Sin embargo, sus temores no desaparecieron por completo. La idea de ser víctima de estafas en línea la mantenía en vilo. ¿Cómo podría distinguir entre lo legítimo y lo fraudulento en un mundo virtual donde las apariencias podían ser engañosas? Pero con la orientación de sus nietos, aprendió a identificar señales de advertencia y a proteger sus datos personales.

Con el tiempo, los temores dieron paso a nuevas oportunidades. Descubrió comunidades en línea de adultos que compartían sus mismos intereses y preocupaciones. Se unió a grupos de lectura virtuales y participó en foros de discusión sobre cocina tradicional. 

La tecnología no solo le brindó conocimiento, sino también un sentido renovado de comunidad y pertenencia.

Finalmente, nuestra protagonista se dio cuenta de que la era digital no era solo un océano de temores, sino también un vasto campo de oportunidades por explorar. Aprendió a navegar con confianza entre los gigantes digitales, aprovechando al máximo las herramientas que le ofrecían. Y así, entre temores superados y oportunidades abrazadas, escribió un nuevo capítulo en su vida en la era digital.

FIN

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