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sábado, 14 de marzo de 2026

AQUI TAMBIEN ES AMERICA

 


El sol todavía no había salido cuando Rogelio abrió la puerta de la casa.
El aire olía a polvo húmedo y a café recién hervido.

La vivienda era pequeña: dos cuartos, una cocina improvisada y un baño que Rogelio había terminado de levantar con bloques de cemento el año anterior. El techo de lámina crujía cuando el viento cambiaba de dirección.

—¿Te vas ya? —preguntó Mariela desde la cocina.

—Hoy empiezan temprano —respondió él mientras se ajustaba las botas.

Mariela le pasó un termo de café y un pedazo de pan envuelto en papel aluminio.

Rogelio subió a la vieja camioneta que apenas arrancaba cuando el motor estaba frío. La calle frente a la casa era de tierra; cuando llovía se convertía en barro espeso.

Avanzó despacio entre otras casas parecidas: algunas eran remolques metálicos, otras construcciones incompletas donde se notaba que los muros se levantaban poco a poco, conforme llegaba el dinero.

Un perro flaco cruzó la calle.

A esa hora ya se veían algunas luces encendidas.
Hombres saliendo con botas y loncheras.
Mujeres barriendo el frente de sus casas.

El día comenzaba.


En la casa, Mariela despertó a los niños.

—Arriba, que ya es tarde.

Luis, el mayor, se sentó en la cama con los ojos hinchados de sueño.

—¿Hoy también vas a trabajar hasta tarde?

—Sí —respondió ella mientras buscaba la camisa del uniforme—. Tengo dos casas más que limpiar.

La niña pequeña, Sofía, todavía dormía abrazando un peluche gastado.

La cocina era apenas una mesa, una estufa vieja y un refrigerador que zumbaba como si siempre estuviera cansado.

Mariela sirvió huevos revueltos y tortillas calientes.

—Coman rápido.


Afuera la calle ya estaba llena de movimiento.

Un vecino arrancaba su camioneta cargada de herramientas.
Otro acomodaba escaleras en el techo del vehículo.

Los niños caminaban hacia la parada del autobús escolar.

El polvo se levantaba cada vez que pasaba un carro.

Luis miró a su alrededor.

—¿Crees que algún día nos mudemos a una casa grande?

Mariela sonrió sin responder.

Sabía que esa pregunta no tenía respuesta fácil.


Rogelio pasó el día entero en una obra.

El sol cayó duro sobre la espalda de los hombres que levantaban muros de concreto.

Nadie hablaba mucho.
Solo se escuchaban las mezcladoras, los martillos, el ruido del metal.

Al mediodía comieron sentados sobre sacos de cemento.

—Dicen que en unos meses habrá más trabajo —comentó uno.

—Eso dicen siempre —respondió otro.

Rogelio bebió un trago de agua tibia.

Pensó en la casa.
En el pago del terreno.
En la camioneta que necesitaba un nuevo embrague.

Y en Luis, que pronto sería demasiado grande para seguir durmiendo en el mismo cuarto con su hermana.


Por la tarde, Mariela regresó con Sofía de la guardería.

Había pasado el día limpiando cocinas que brillaban como espejos.

Cuando entró a su casa, el olor a polvo y humedad la recibió como siempre.

Abrió las ventanas.

Desde la calle llegaba el sonido de una radio tocando música norteña.

Un vecino estaba arreglando el motor de un carro viejo.

Otro asaba carne en una parrilla improvisada hecha con un tambor cortado.

La colonia volvía a llenarse de vida.


Rogelio llegó cuando el cielo ya estaba oscuro.

Se sentó en la silla de plástico frente a la casa.

Mariela le llevó un plato de arroz y frijoles.

Los niños jugaban con una pelota en la calle.

Durante unos minutos nadie dijo nada.

Solo se escuchaba el ruido lejano del tráfico y el zumbido de los insectos.

Rogelio miró alrededor: las casas humildes, las luces amarillas, los vecinos conversando.

Suspiró.

—Al menos estamos juntos.

Mariela asintió.

A lo lejos, detrás de las luces de la colonia, se veía el resplandor de una ciudad más grande.

Los letreros luminosos de tiendas y restaurantes brillaban en la distancia.

Luis miró hacia allá.

—Algún día voy a trabajar en esos edificios —dijo.

Rogelio sonrió.

—Claro que sí.

Guardó silencio un momento y luego añadió:

—Después de todo, estamos en Estados Unidos.



FIN

domingo, 25 de enero de 2026

OCTUBRE DE 1987

 


Los años no han pasado en vano.

Han pasado con peso, con sentido.

Han dejado lecciones que no se aprenden en libros,

memorias que a veces duelen y otras abrigan,

huellas que no siempre son rectas,

alegrías que todavía sorprenden

y tristezas que nos enseñaron a quedarnos.

Aprendí —aprendimos— que la perfección no vive en lo perfecto,

sino en lo que resiste,

en lo que se quiebra y sigue,

en lo que acepta su forma real.

La felicidad no es resignación.

Es aceptación.

Es respeto.

Son límites elegidos, no impuestos.

Ya no somos jóvenes.

Tal vez ya no bellos según el espejo apurado del mundo.

El cuerpo guarda kilos, arrugas, historias.

El amor físico no es tan frecuente,

pero sigue siendo bonito,

porque nace de la risa, de la complicidad,

de ese lenguaje nuestro que no necesita palabras.

Porque aún nos buscamos desde el afecto

y sigo encontrando en tu abrazo un lugar donde quedarme.

Porque el amor, cuando es verdadero y compartido,

no envejece.

Necesito tu calor.

El acurrucarnos.

El silencio que no incomoda.

La paz de saber que estás ahí.

Tuvimos tres hijos preciosos,

cada uno con su propia luz, su gracia irrepetible.

Y una nieta amorosa, curiosa,

que mira el mundo como si todavía todo fuera posible

—y tal vez lo es.

Hemos caminado.

Seguimos tropezando.

Seguimos levantándonos.

Hubo errores.

Los míos, grandes, torpes, dolorosos.

Algunos imperdonables en teoría,

pero aquí estamos.

No por mérito.

Por decisión.

Seguimos andando por la vida.

Aún soñando.

Esperando llegar con salud y dignidad al tramo que falta.

Vivimos tiempos de una incertidumbre que no conocimos antes,

y aun así son maravillosos.

Disfrutamos —tal vez sin saberlo—

de una tecnología que acerca cuando se usa con alma,

que no reemplaza el abrazo ni la mirada.

No hay tiempos malos.

No hay un pasado mejor.

Cada época trae su propio sabor,

su color,

sus sombras necesarias.

Si todos los días fueran soleados,

no sabríamos mirar el cielo de noche.

Las sombras también iluminan.

Estamos por cumplir en este 2026:

Saskya, 35.

Yara, 33.

José Carlos, 29.

Yo, 67.

Tú, 63.

Agustina, 7.

No hay vida perfecta.

Hay vida vivida.

Estoy agradecido.

Por mis padres, Alfonso y Fanny.

Por mis suegros, Marco y doña Elda.

Por mis cuñados: Luis, Rosa, Marco y Abelito.

Por mis hermanos, en el orden del corazón y del tiempo:

Félix (+)

Montse,

Carlos Emilio,

Ana María,

Blanca Sabina,

Fátima Eugenia.

He vivido lo suficiente para pasar del teléfono de ruleta

al celular que promete más de lo que una vida alcanza.

Y en el camino,

los amigos, la familia extendida que la vida puso sin pedir permiso.

Pero sobre todo,

agradecido por los días compartidos contigo.

Por habernos casado en octubre de 1987

sin saber exactamente qué venía,

pero sabiendo que queríamos caminar juntos.

No escribo esto para nadie más.

No es lección.

No es consigna.

Es mi manera de decir:

aquí estoy.

aquí estamos.

Y eso, para mí, ya es mucho.


Y si mañana el cuerpo duele un poco más,

si la memoria a veces se distrae,

si el mundo corre a una velocidad que ya no queremos alcanzar,

no pasa nada.

No tenemos que llegar primeros.

Solo llegar juntos.

He aprendido que amar no es prometer eternidades grandilocuentes,

sino elegir quedarse

cuando ya se conoce el mapa completo:

las curvas, los baches,

los errores repetidos

y también las pequeñas victorias silenciosas.

Amarte hoy no se parece a amarte en 1987.

Es distinto.

Más hondo.

Menos urgente y más necesario.

Es mirarte y saber

que no necesito demostrar nada,

que no tengo que impresionar,

que puedo ser yo,

con todo lo que soy

y con todo lo que no logré ser.

Hay días simples:

un café, una conversación corta,

el cansancio compartido.

Y hay días grandes:

los hijos, la nieta,

las noticias que alegran,

las que asustan.

En todos, estás.

No sé cuánto camino queda.

Nadie lo sabe.

Pero sé cómo quiero recorrerlo:

con dignidad,

con humor cuando se pueda,

con ternura cuando haga falta,

con tu mano cerca.

Si algo deseo es esto:

que cuando miremos atrás,

no veamos una vida perfecta,

sino una vida honesta,

vivida sin huir,

sin fingir,

sin rendirnos del todo.

Eso es lo que somos.

Eso es lo que agradezco.

Y no,

no terminó.

Mientras haya respiración,

memoria,

y ganas de decir gracias,

el texto sigue escribiéndose.


No escribo esto para dar una lección.

Tal vez ni siquiera para dejar un mensaje.

Lo escribo ahora,

porque aún tengo palabras

y porque aún puedo pronunciarlas.

No quiero que llegue el día

en que lo importante se quede adentro

por falta de voz

o por haberlo postergado demasiado.

Si algo hay aquí, quizá sea apenas una invitación sencilla:

a vivir,

a decir a tiempo,

a no dar por sentado lo que tomó años construir.

Con Aurelia no levantamos una casa perfecta.

Levantamos algo más frágil y más valioso:

un hogar.

Hecho de días comunes,

de errores perdonados,

de risas que volvieron después del silencio,

de permanecer.

Eso ha sido bonito.

Y decirlo hoy

también lo es.


sábado, 24 de enero de 2026


 Enero en Guayaquil

Guayaquil no cambia mucho en enero.

Calor espeso, promesas nuevas, las mismas calles con otra esperanza encima.

Se casaron un 28 de enero de 2025.

Clase media, ceremonia cuidada, familias contentas, fotos correctas.

Ella tenía 22.

Él, algunos años más y un hijo de una relación que nunca llegó a matrimonio.

A nadie le sorprendió que él se casara.

A muchos sí les sorprendió con quién.

Él

Ingeniero en sistemas.

Trabajo remoto para una empresa en Estados Unidos.

Buen sueldo, horarios flexibles, laptop abierta hasta la madrugada.

En Guayaquil lo conocían bien:

fiestero, tomador social, enamorador profesional.

Latin lover, conquistador, sonrisa fácil.

No agresivo, no vulgar.

Peor: encantador.

Nunca negó lo que era.

Tampoco lo proclamó.

Simplemente vivía así.

Ella

Analista de sistemas.

Casa de software local.

Inteligente, ordenada, discreta.

No ingenua.

No ciega.

Sabía quién era él.

Pero también sabía otra cosa:

que con ella era distinto.

Más presente.

Más calmo.

Más “hogar”.

Y eso —sin decirlo en voz alta— lo tradujo así:

con amor, él va a cambiar.

El noviazgo

Tres años.

No fue poco.

Fiestas que se negociaban.

Amigas que advertían.

Amigos que sonreían con complicidad masculina.

Él bajó el ritmo.

No dejó de ser quien era.

Ella interpretó la pausa como transformación.

No hubo mentiras claras.

Tampoco verdades completas.

Hubo esperanza.

El matrimonio

Al principio funcionó.

Rutinas nuevas.

Cenas en casa.

Viajes cortos.

Sexo frecuente, intenso, todavía joven.

Ella pensó:

ya está.

Esto era.

Él pensó:

puedo con esto.

Y ambos confundieron adaptación con cambio profundo.

Enero 2026

Un año después, la casa seguía en pie.

La pareja también.

Pero algo ya no encajaba.

Las fiestas volvieron, con excusas laborales.

Los tragos no eran el problema.

Las miradas sí.

Ella empezó a notar que no estaba enojada.

Estaba decepcionada.

No por lo que él hacía,

sino porque no era el hombre que ella había imaginado que sería.

Él, por su parte, se sentía injustamente acusado.

No había prometido nada que no pudiera cumplir.

Solo había aceptado un rol que no era el suyo.

La revelación

No fracasaron por falta de amor.

Fracasaron por romantizar.

Ella no amó al hombre real,

sino al hombre posible.

Él no engañó,

pero permitió que lo imaginaran distinto.

Y cuando la fantasía se agotó,

lo que quedó fue la verdad desnuda.

Epílogo

—Yo pensé que con amor ibas a cambiar.

—Yo pensé que podía.

Se miraron un instante, el reloj marcando la rutina que nunca volvería.

Ella cerró la puerta de la sala, él dejó la llave sobre la mesa.

Los días siguieron, lentos, exactos.

No hubo palabras, ni reproches, ni abrazos.

Solo un hueco donde antes hubo tres años.

El cómo podía ser… quedó en el aire, sin dueño.


FIN

domingo, 30 de noviembre de 2025

CLAUDIA: LA VERDAD DESNUDA

 


Claudia no llegó a Suiza buscando amor.

Llegó huyendo del caos.

Creía que un país ordenado, limpio, exacto, también ordenaría su vida.

Pero la violencia no necesita barrios pobres ni calles peligrosas.

A veces solo necesita un hombre educado, con buen sueldo y cero alma.


Éric entró en su vida como entran los depredadores más eficientes:

sin levantar sospechas.

Era encantador, puntual, atento, culto.

Ese tipo de hombre que toda amiga envidiaría y toda suegra adoraría.

Ese tipo de hombre que se te mete en la vida sin avisar…

y luego se la come desde adentro.


Los primeros meses fueron un espectáculo perfecto.

Regalos.

Cenas.

Mensajes.

Mi amor latino”, le decía.

Una frase que Claudia al comienzo encontraba romántica

y que con el tiempo entendería como lo que realmente era:

una advertencia.

Para él, ella era una cosa exótica.

Algo para exhibir.

Algo que podía moldear.

Algo que podía quebrar cuando le diera la gana.


Porque el quiebre comenzó antes de los golpes.

Siempre es así.

Primero te rompen por dentro


—Esa amiga tuya habla demasiado.

—No entiendo por qué necesitas tanto a tu familia.

—Ese vestido te queda vulgar.

—¿Y tú por qué tardas tanto en responder?


Pequeñas frases.

Pequeños roces.

Pequeñas grietas.

Hasta que un día, sin darte cuenta, ya estás caminando sobre vidrio.


El primer empujón llegó como un reflejo:

Éric estaba molesto, ella defendió su punto de vista, y él la agarró del brazo como si apagaba un cigarrillo.

Ella cayó.

Él lloró.

Y Claudia pensó que cuando un hombre llora, es porque hay esperanza.


No, Claudia.

Cuando un hombre te empuja y llora después,

lo único que llora es la máscara.


Los golpes siguientes fueron más precisos.

Éric no era torpe.

Sabía dónde pegar para no dejar morados visibles.

Sabía cuándo: siempre cuando no había testigos.

Sabía cómo manipularla para que sintiera culpa.

El tipo era un artista de la violencia.

Y Claudia, atrapada entre miedo y vergüenza, dejó de resistirse.

Porque resistirse significaba empeorarlo.

Porque denunciarlo significaba perderlo todo.

Porque admitirlo significaba aceptar que su vida perfecta era una mentira.


La soledad hace el resto.

Te encierra.

Te silencia.

Te mata de a poquitos.


La noche en que Claudia tocó fondo, Zúrich brillaba con luces navideñas.

Las calles olían a vino caliente.

La ciudad estaba hermosa.

Y Claudia estaba en el baño, sangrando por la boca, con una mejilla hinchada y las manos temblorosas.


Éric había salido después de golpearla.

No por remordimiento:

para dejarla sintiendo que podía matarla cuando quisiera.


Ella abrió el cajón.

Sacó un frasco de pastillas.

Lo sostuvo como quien sostiene una despedida.


No lloró.

No gritó.

No pidió ayuda.

El dolor la había vaciado tanto que no quedaba energía ni para el drama.

Solo una calma fría, práctica, como una mujer que dobla ropa antes de mudarse.


Pensó:

“Si me voy, por fin se acaba.”


Y ahí estuvo:

el momento exacto donde una vida se parte en dos.

O te matas, o vives.

No hay discurso motivador.

No hay ángel.

No hay milagro.

Hay un segundo.

Uno.

Donde decides si te apagas o si regresas del infierno arrastrándote con lo poco que queda de ti.


Claudia no soltó las pastillas por esperanza.

Las soltó por rabia.

Porque se dio cuenta de algo brutal:


No iba a morir para que Éric siguiera respirando tranquilo


Guardó el frasco.

Se limpió la sangre con papel higiénico.

Se puso un abrigo.

Y salió.


Caminó horas.

Hasta que encontró un centro de ayuda para mujeres.

Entró.

Habló.

Se quebró.

Y por primera vez en un año, alguien la miró sin juzgarla.


—No vuelvas a esa casa —le dijeron—. No vuelvas a él.


Con ayuda de la policía, recuperó sus cosas.

Éric lloró.

Suplicó.

Prometió cambiar.

Hizo todo el teatro.


Claudia lo miró fijo.

Por primera vez sin miedo.

Y entendió algo simple y devastador:


Éric nunca fue un monstruo oculto.

Fue exactamente quien siempre fue.

Ella solo dejó de negarlo.


Hoy vive en un departamento pequeño, lejos del lago, lejos del lujo, lejos del miedo.

No tiene pareja.

No quiere.

Está reconstruyendo su cabeza, su cuerpo, su vida.

Sin prisa.

Sin permiso.

Sin vergüenza.


Entendió que la violencia no tiene pasaporte.

Que no es un problema de clase, país o cultura.

Es un problema de almas rotas que buscan romper a otros.

Y de personas que, por amor o por heridas viejas, no ven la trampa hasta que casi pierden la vida.


Claudia no habla de su historia para que la admiren.

La cuenta para que otra mujer —o un hombre— entienda algo antes de que sea tarde:


El primer golpe nunca es el primero.

El primer golpe fue la palabra dulce que te hizo bajar la guardia.

Y el último no existe,

porque el último siempre te mata.


domingo, 17 de agosto de 2025

Cuenca, Dios, truchas y rodillas en oferta


AQUI SE INICIA TODO



Todo comenzó el sábado 9 de agosto del 2025, cuando nos subimos a una furgoneta de pasajeros en Guayaquil rumbo a Cuenca. El viaje, como casi todo en la vida, fue una mezcla de paisajes hermosos y tramos de carretera que parecen diseñados para probar la fe… y las suspensiones. Pero si uno aprende a disfrutar de lo perfecto con imperfecciones, Cuenca se vende sola.


Llegamos y el primer día fue de puro caminar: recorrido a pie por el centro, sintiendo el aire fresco y la historia que se respira en cada esquina. La Catedral de la Inmaculada Concepción se alzaba con sus cúpulas azules como globos a punto de soltar el cielo. Hermosa, imponente… e inconclusa. A un costado, la vieja Iglesia del Sagrario, que en tiempos de la colonia solo permitía entrar a los españoles. Los indígenas, aunque bautizados, quedaban afuera, en las sombras o en el atrio, escuchando la misa desde lejos, como si el pan y el vino fueran reservados para paladares selectos. Y claro, uno se pregunta: si existe un Dios, ¿de verdad sería tan mezquino como para disfrutar de esas distancias? No. Ese no puede ser Dios. Ese es el dios que inventan los hombres para reforzar sus sillones de poder.


Ese sábado, después de caminar, almorzamos en Bogolí —porque la espiritualidad también necesita buena comida, yo pedí Panceta — y rematamos la tarde con el tour en el bus de dos pisos, escuchando historias, disfrutando del sol y de una ciudad repleta de turistas.


El domingo empezó con desayuno en el departamento y luego fuimos al Parque Amaru. Tres horas de recorrido que comienzas amando y terminas odiando, con senderos que parecen diseñados para poner a prueba rodillas, tobillos y cualquier articulación que creías joven. Vas viendo fauna y flora, y cada vez que piensas “ya llegamos”, el camino te recuerda que en Amaru nunca llegas… solo sobrevives.

En la visita al Parque Amaru, al observar a los osos, Agustina comentó:

—Ahí está la mamá oso preparando la comida para la cría… ¿y el papá oso? ¡Roncando!


Ya ven, así es cómo comienzan los líos de las mujeres… Agustina, con apenas 6 años, y ya detecta el patrón milenario: ellas trabajan, ellos roncan. Si sigue así, a los 10 años ya da conferencias motivacionales para esposas y, a los 15, escribe un libro titulado Manual para que los Osos se Levanten del Sofá.

Después, sin planearlo, terminamos en Dos Chorreras. Cuenca ha crecido, y Dos Chorreras también. Ya no es solo la montaña, el río y las truchas; ahora es un centro turístico completo. Pesca, restaurantes, kioskos de dulces, heladería, panadería-pastelería de tamaño industrial, y hasta una chocolatería inmensa (capacidad para unas 300 personas, calculo yo). Y entre todo eso, las típicas y deliciosas empanadas de viento, rebosantes de “harsto” queso, de esas que te hacen cerrar los ojos al primer mordisco. Las montañas, el aire limpio, el paisaje… ahí sí que Dios —la Madre Naturaleza— se lució.


Le prometí a mi hija que, al regreso a Guayaquil, yo —que me las doy de panadero, pastelero y chocolatero— le voy a preparar unas empanadas de viento dignas de concurso.

El lunes 11, antes del almuerzo con hornados y cascaritas, fuimos al Jurassic Park de Paute. Muy didáctico, valió la pena. La visita a Cuenca se cerró con un almuerzo en Mubaru con hornado, cascaritas, mote, tortillas de papa, salsa de maní. Un cierre perfecto antes de volver al manso Guayas.


Vinimos todos: Yara, mi hija, con Agustina, mi nieta. Carlita, amiga de Yara, con su hijo Nicolás. Aurelia, mi esposa, y yo. José Carlos, mi hijo, se quedó en Guayaquil y Saskya, mi hija mayor, que reside en Quito, no pudo acompañarnos.

Agustina y Nicolás… amor y peleas, abrazos y empujones, dulzura y llanto.

Y mientras los veo correr y reconciliarse en cuestión de segundos, pienso que la vida es esto: un viaje, una mesa compartida, una conversación que no se olvida, un cansancio feliz al final del día.

Porque no sabemos cuándo nos tocará bajar del bus para siempre. Así que, mientras podamos, sigamos viajando juntos, comiendo juntos, riendo juntos. El resto… que lo arregle Dios. El verdadero, no el de las bancas reservadas.

FIN




domingo, 10 de agosto de 2025

La travesía de Saskya hacia sus sueños

 Basado en una historia real


Carrera dura, mijita, pero persigue tus sueños

Cuando Saskya terminó el bachillerato en Ecuador, me dijo que quería estudiar arte. "¿Arte?" pensé. "Mi hija se va a morir de hambre". Imaginaba a los artistas que pasan su vida sin vender un solo cuadro. Pero, en lugar de desalentarla, le dije: "Carrera dura, mijita, pero ¿sabes qué? Persigue tus sueños, es la única manera, no hay otra".

Desde muy joven, Saskya sintió una pasión ardiente por el arte. Estudiaba en el Instituto de Artes del Ecuador (ITAE) en Guayaquil, pero su sueño era llevar su talento más allá de las fronteras. Sabía que estudiar en el extranjero era costoso, y aunque nuestra familia carecía de los recursos necesarios, ella no se dejó vencer por la adversidad. Con una determinación inquebrantable, se dedicó a buscar becas y oportunidades, enviando portafolios y cartas de motivación a distintas universidades.

El destino quiso que asistiera a una feria universitaria en Quito, donde presentó su portafolio a una embajadora de la School of the Art Institute of Chicago (SAIC). Esta mujer se interesó en su trabajo y, aunque tenía que continuar su recorrido por Sudamérica, mantuvo el contacto con Saskya. Lo que parecía solo una posibilidad remota se convirtió en una oportunidad real: la SAIC decidió aceptarla, a pesar de que raramente admitían estudiantes con estudios previos en otras instituciones.

La puerta entreabierta y el desafío de los dólares

El sueño de estudiar en una de las mejores escuelas de arte del mundo estaba al alcance de su mano, pero con él vino un enorme desafío: la matrícula ascendía a una cantidad en dólares, para mí  impagable. El monto era impensable para nuestra familia, pero Saskya no se dejó amedrentar. Con perseverancia y fe, aplicó a una beca de excelencia ofrecida por el Estado ecuatoriano y, tras un arduo proceso, logró obtenerla. La beca cubría prácticamente todo, pero todavía necesitaba recursos para su viaje y sus primeros días en Chicago, hasta que el dinero de la beca se hiciera efectivo.

Una vez más, el destino jugó a su favor. Un día, recibí una llamada inesperada de un familiar interesado en comprar un departamento en Salinas. Gracias a mi trabajo en el sector inmobiliario, logré concretar la venta y obtuve una comisión, justo lo necesario para que Saskya pudiera viajar.

Cuando el universo conspira a favor de los valientes

Los obstáculos no terminaban ahí. Para poder viajar, necesitaba su visa de estudiante, pero el tiempo jugaba en su contra. Por fortuna, el consulado agilizó el proceso y le concedió la visa con rapidez, ayudándola a evitar retrasos que podían costarle su ingreso a la universidad. Sin embargo, otro problema apareció: en enero de 2014, Estados Unidos atravesaba una de las peores tormentas invernales en años, con miles de vuelos cancelados.

El día de su viaje, contra todo pronóstico, el cielo se despejó y su vuelo pudo partir sin inconvenientes. Como si el destino le enviara una señal de que iba por buen camino, en El Salvador la aerolínea la ascendió inesperadamente a primera clase.

La cara oculta del sueño americano

Desde fuera, la historia podría parecer un cuento de hadas, pero la realidad fue muy distinta. La vida en Chicago no fue fácil. Saskya, a pesar de estar en una de las mejores universidades de arte, tuvo que aprender a sobrevivir con lo mínimo. Había días en que se privaba de comer para ahorrar dinero, y muchas noches en las que las lágrimas caían en silencio, sin contárselo a nadie para no preocuparnos.

Sus compañeros de clase, en su mayoría hijos de familias adineradas de Asia y otras partes del mundo, solo tenían que sacar su tarjeta de crédito para resolver cualquier problema. Ella, en cambio, era "la única hija de asiático chiro", como solía decir con humor. Pero en lugar de envidiar, enfocó su energía en demostrar que su talento y esfuerzo valían tanto como cualquier fortuna.

Rebeca, un ángel en Chicago

El destino no solo puso dificultades en su camino, sino también personas extraordinarias. Al llegar a Chicago, una ecuatoriana llamada Rebeca (taxista) la esperaba. Desde el primer momento, Rebeca se convirtió en su protectora y amiga. Curiosamente, la primera vez que la llevó en taxi fue la única vez que le cobró. Desde entonces, la transportaba a la universidad, la invitaba a comer, la llevaba a su templo y la ayudaba en todo lo que podía. Cuando visitamos Chicago, Rebeca también estuvo allí, llevándonos a recorrer la ciudad, los centros comerciales y asegurándose de que no nos faltara nada. Fue un ángel en el camino de Saskya, recordándole que, aunque lejos de casa, nunca estaba sola.

¿Coincidencia, suerte o destino?

Si Saskya no hubiera asistido a esa feria en Quito, si no se hubiera topado con la embajadora de la SAIC, si yo no hubiera recibido esa llamada sobre el departamento en Salinas, si el consulado no le hubiera agilizado la visa, si el cielo no se hubiera despejado ese día...  Si no hubiese estado Rebeca para apoyarla, qué habría pasado

Rebeca es Chicago, Chicago es Rebeca, eso está marcado, eso nunca se olvida.

Quizás fue el destino, la suerte o una simple cadena de casualidades. Pero lo que es indudable es que la verdadera clave estuvo en su determinación. Ella nunca dejó de buscar caminos, nunca dejó de intentarlo.

Palabras clave para recordar:

Esta historia está tejida con hilos de sueños, determinación y perseverancia, donde el talento y el esfuerzo se enfrentan a la adversidad. Cada paso cuenta, y el apoyo, el destino y la superación muestran que los desafíos se pueden vencer. La resiliencia, la motivación y la fe son los faros que guían a quienes no dejan de intentar, recordándonos que alcanzar lo que anhelamos siempre vale la pena.


FIN


domingo, 20 de julio de 2025

Inseguridades a la carta: el lucrativo negocio de hacernos sentir insuficientes

Introducción

Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a cambiar, mejorar, corregir. Desde la publicidad hasta las redes sociales, parece que siempre hay algo en nosotros que necesita arreglarse. Pero ¿y si te dijera que muchas de esas “necesidades” fueron sembradas a propósito? Que detrás de cada inseguridad hay una industria dispuesta a lucrar con tu duda. En este artículo quiero invitarte a mirar de frente esa maquinaria que transforma la insatisfacción personal en un negocio multimillonario.

La raíz de la inseguridad: ¿nacemos con ella o nos la siembran?

La inseguridad es parte de la experiencia humana, pero no nace sola. Aunque todos enfrentamos dudas internas, gran parte de nuestras inseguridades se alimentan desde fuera: en casa, en la escuela, en los medios. Desde niños se nos compara, se nos señala lo que “falta”, lo que “sobra”, lo que “debería ser”.

> “Ningún niño nace odiándose a sí mismo. Eso se aprende.” – Brené Brown

Publicidad emocional: vendiéndonos carencias disfrazadas de soluciones

Las marcas ya no venden productos; venden emociones. No te ofrecen una crema, sino juventud. No te venden un coche, sino estatus. A través de la publicidad emocional, nos recuerdan nuestras carencias y nos presentan su producto como la salida.

 “La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos.” – El club de la pelea

El cuerpo perfecto, la vida perfecta, el éxito perfecto: el espejismo aspiracional

Vivimos rodeados de modelos que parecen tenerlo todo. Es una narrativa cuidadosamente construida para hacernos sentir que debemos alcanzar ese ideal —y para lograrlo, hay que consumir.

> “Compararse con los demás es robarse a uno mismo la alegría.” – Theodore Roosevelt

Industria de la belleza, moda y fitness: promesas que cuestan millones

Estos sectores han perfeccionado el arte de vender inseguridad. El mensaje es claro: no estás bien como estás. Y muchas veces, quienes más invierten en estas industrias no lo hacen por vanidad, sino por miedo a no ser aceptados.

> “Nos convencen de que algo está roto en nosotros, para vendernos la cura.” – Naomi Wolf

Tecnología y redes sociales: el espejo que deforma nuestra autoestima

Las redes sociales han amplificado todo. La comparación ya no es solo con los cercanos, sino con millones de personas cuidadosamente editadas y filtradas. La vida ajena parece siempre mejor, y la nuestra, siempre insuficiente.

> “No compares tu tras cámaras con el montaje final de los demás.” – Steven Furtick

El ciclo del consumo: comprar para llenar vacíos que no se llenan

La industria sabe que la inseguridad no se cura con una compra, sino que se alivia momentáneamente. Y eso garantiza un consumidor constante.

> “El consumismo es el opio moderno: alivia el malestar sin curarlo.” – Anónimo

Romper el hechizo: conciencia, autoestima y consumo responsable

Salir de este juego no es fácil, pero sí posible. Todo empieza con la conciencia: identificar cuándo un deseo es auténtico y cuándo es inducido. Fortalecer nuestra autoestima no con productos, sino con vínculos, conocimiento y autocuidado real.

> “Tú no eres una gota en el océano. Eres el océano en una gota.” – Rumi

Conclusión: el poder de mirarnos con otros ojos

Nos han enseñado a vernos con los ojos de la escasez, del “no soy suficiente”. Pero cada vez que decidimos consumir desde la conciencia y no desde la carencia, recuperamos un poco de nuestra libertad.

> “Cuando dejamos de buscar aprobación afuera, empezamos a encontrar paz por dentro.” – Anónimo

Si dejamos de medirnos con reglas impuestas y comenzamos a construir nuestra propia idea de bienestar, seremos consumidores más libres… y personas más íntegras.

¿Y tú?

¿Alguna vez compraste algo pensando que te haría sentir mejor contigo mismo? ¿Lo logró? Te leo en los comentarios. Compartamos experiencias y aprendamos a vernos con otros ojos.

FIN

José Fun Sang

Wen Si Yuan

聞思源


miércoles, 7 de mayo de 2025

Don Luis Manuel, el hombre que amó demasiado

Una vida bien vivida, un adiós lleno de amor y paz

El último adiós

Don Luis Manuel y su esposa Elba llevaban 65 años de casados. Esa tarde, la familia entera estaba reunida a su alrededor. Reposaba tranquilo, rodeado del amor de los suyos.

—Hijito —le dijo a su primogénito, que llevaba también su nombre, Luis Manuel—, ¿ya está todo arreglado?

—¿Para qué, papá?

—Para mi entierro.

—Ay, papá, no diga eso. Usted no se preocupe.

—Es que sí, hijo… Este cuerpo ya no aguanta más. Quedarse sería hacerlos sufrir. Ya es hora de partir. Pero me voy tranquilo. Fui esposo, fui padre… y tuve buenos hijos.

Cerró los ojos. A los pocos minutos, expiró. Su rostro reflejaba la paz de quien se despide sin miedo ni culpa, con la serenidad de haber amado profundamente.

El dolor de la ausencia

Murió la madrugada de hoy, 7 de mayo, justo el día en que cumplía 99 años.

Por la mañana, Elba, su compañera de vida, se acercó a su hija Elenita con los ojos húmedos por el llanto.

—Ay hijita… yo no sé cómo voy a vivir sin tu papá…

En esa frase cabía todo: la tristeza, la gratitud, el vacío. Lo lloraban con amor, sin remordimientos. Sabían que Don Luis Manuel se fue en paz.

Las puertas del cielo



Don Luis Manuel llegó al cielo. San Pedro lo esperaba a la entrada, serio pero con una mirada amable.

—Antes de entrar, confiésame tus pecados —le dijo.

Luis levantó la cabeza con serenidad.

—Pequé de exceso de amor —respondió con una sonrisa leve.

San Pedro lo miró en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Entonces entras con honor —le dijo, emocionado—. Vamos.

Y lo acompañó hasta la presencia de Dios.

El mejor recuerdo

Dios lo recibió con una sonrisa cálida.

—Luis Manuel —le preguntó—, ¿cuál fue el mejor recuerdo de tu vida?

Luis no dudó ni un segundo:

—Mi familia, Señor. El calor de mi casa, las risas de mis hijos, los domingos juntos, las lágrimas compartidas, la mano de mi Elbita siempre conmigo. Nunca me faltó el amor.

Dios asintió, conmovido.

—Entonces viviste bien, hijo mío. Descansa. Tu lugar está aquí.

Una herencia de amor

Aunque el dolor es profundo, sus hijos y nietos lo saben: Don Luis Manuel no se fue triste. Se fue lleno de paz, con la certeza de haber cumplido su misión en esta vida.

Y alguien, entre los más pequeños, dijo con inocencia:

—El abuelito no murió… Solo fue a ver cómo está el cielo, para cuando nos toque a nosotros.

Reflexión

Porque quien amó tanto, no se va del todo. Se queda en los gestos, en los recuerdos, en las historias… y en cada rincón del corazón de quienes lo amaron.

Es que se cosecha amor cuando se ha sembrado amor con amor.

Porque no basta con dar, hay que hacerlo con entrega genuina, con ternura, con fe. El amor que se ofrece desde lo más profundo del corazón, sin esperar recompensa, encuentra su camino de regreso, florece en otros y vuelve a ti como una caricia del destino.

FIN

Siembra, el tiempo es ahora. 




domingo, 2 de marzo de 2025

Quito en los sentidos: un viaje de encuentros y memorias


EL VIAJE

Viernes 28 de Febrero, 2025


El viernes 28 de febrero, Aurelia y yo emprendimos un viaje a Quito. Íbamos con ilusión, no solo por el reencuentro con nuestra hija Saskya, quien vive en el Valle de Cumbayá, sino también por el deseo de sumergirnos en la riqueza de la capital, de sentirla más allá de los titulares que a diario la pintan con sombras de inseguridad, aunque mucho menos que Guayaquil siendo honestos.

El trayecto desde el aeropuerto transcurrió sin mayores novedades, salvo por un episodio que nos dejó el corazón en la boca: dos motociclistas de una caravana oficial salieron de una intersección con tal imprudencia que por poco provocan un choque múltiple. Fue un instante de tensa anticipación, donde los reflejos de los demás conductores evitaron lo que pudo haber sido una tragedia. Un recordatorio de cómo, a veces, la vida pende de un hilo, sostenida apenas por la suerte y la atención de quienes nos rodean.

Al llegar al departamento de Saskya, nos envolvió un ambiente que solo puede describirse como "muy de ella": pequeño, encantador, con arte respirando en cada rincón. Conversamos sobre su próxima exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Quito, sobre sus sueños, sus proyectos y el amor que pone en cada pieza que crea.

En el depa de Saskya no hay TV y les cuento que ni falta que nos hizo.

SABADO, MARZO 1, 2025

Sabor a casa

A la mañana siguiente, el desayuno fue un tributo a nuestras raíces. Habíamos traído desde Guayaquil tortillas de verde con queso manaba chicloso, regalo de mi cuñado Luis, quien los trajo desde El Carmen. Con estos ingredientes y la destreza de Aurelia y Saskya en la cocina, nació un tigrillo que, acompañado de café pasado, se convirtió en la manera perfecta de empezar el día. El sabor nos transportó a otros tiempos, a esos desayunos familiares donde la comida no es solo alimento, sino un lazo con la memoria y la identidad.

El Choque

José Carlos había decidido quedarse en Guayaquil. Nos dijo que iría a Olón, a la playa con sus amigos y, fiel a su costumbre, llamó antes de salir.

—Ya estamos en camino —anunció, entusiasmado—. Nos vamos con Andrés, Romina, Tito y Noa, nuestra perrita, no cabía dejarla sola tantos días.

Eran casi las 09h15 o por ahí. Calculé que llegarían sin problemas despuecito al mediodia, pensando que habría caravana por lo del feriado . Pero apenas media hora después, el teléfono volvió a sonar. Contesté de inmediato.

—¿Qué pasó?

—Nos chocaron.

El corazón se me aceleró.

—¿Cómo que los chocaron? ¿Están bien?

—Sí, sí, tranquilos. Fue en la carretera. Llovía, todos frenaron de golpe y el carro de atrás no alcanzó a hacerlo. Nos golpeó en la cajuela. Estábamos a la altura de Terranostra, ni siquiera habíamos pasado el peaje de Chongón.

Imaginé la escena: pavimento mojado, autos frenando de improviso, el sonido del impacto. ¿Llantas lisas? ¿Venía demasiado pegado? Preguntas inútiles. El tiempo es lineal, no hay forma de cambiar lo que pasó, ya está.

—¿Noa está bien? —pregunté.

—Sí, solo se asustó.

—¿Y el carro?

—No se ve nada grave, pero después revisamos mejor.

Suspiré aliviado. Llamé a la aseguradora para reportar el siniestro. Como era feriado, los trámites tendrían que esperar hasta el miércoles. Aquí nadie trabaja en estos días.

—¿Qué van a hacer ahora? —le pregunté a José Carlos.

—Vamos a seguir. No tiene sentido volver.

No me gustó la idea, pero entendí su lógica. Si no había desperfectos mecánicos visibles, no valía la pena arruinar el viaje.

—Maneja con más cuidado.

—Lo haré.

Colgué, aún con la sensación de que el susto no se me iría tan fácil.

"Cuentos y Aventuras desde Egipto: El Mundo de Agustina"


Mientras tanto, los días se llenan de alegría gracias a las videollamadas de Agus, mi nieta, y de Yara, desde Egipto. La tecnología nos acorta distancias y nos permite disfrutar de las travesuras y las historias que Agus inventa sin parar. Ahora, con sus pequeños "muñecos de peluche", ha creado un mundo de fantasía lleno de personajes entrañables. Ya lleva más de diez, algunos con nombres como los perritos, y otros que identifica por su especie. Tiene un unicornio que es toda una estrella, un pulpo llamado, acertadamente, "Pulpo", y una tortuga que responde al nombre de, adivinen... ¡"Tortuga"! Pero eso no es todo, Agus también cuenta con un camello con una "ghutra" y que se ha convertido en su compañero de aventuras.


Entre risas, nos deleita con sus volantines y volteretas sobre la cama, mientras nosotros, entre risas y un poco de preocupación, le decimos: "¡Ten cuidado, Agus!" Pero ella, valiente como siempre, sigue demostrando que su imaginación y energía no tienen límites. Cada videollamada es una nueva dosis de ternura y diversión.

En su cabecita se tejen historias maravillosas. Por ejemplo, asegura que su abuela no puede ir a Egipto porque no habla ni inglés ni árabe. ¡Pero yo, su abuelo, sí puedo viajar, ya que domino ambos idiomas! Seguro que ese don para contar cuentos se lo heredó de mí, o al menos se inspiró en mis aventuras.

QUITO, LA CIUDAD QUE CANTA Y CUENTA HISTORIAS

A media mañana, Germán, nuestro taxista de confianza, nos llevó hasta la Plaza Grande. Bajamos del auto y la ciudad nos abrazó con su vida vibrante. 

"Daniel andaba por Olón y no pudimos visitarlo"


Las guitarras rasgueadas de artistas callejeros llenaban el aire con melodías que se mezclaban con el bullicio de vendedores ofreciendo desde artesanías hasta dulces y helados. Los empleados de las tiendas voceaban sus productos, y los meseros de los restaurantes nos invitaban con entusiasmo a probar sus menús.

Palacio Arzobispal, interior

La primera parada fue el Palacio Arzobispal, una joya arquitectónica donde nos encontramos con un restaurante de techos tallados en madera, tan elaborados que parecían contar historias propias. 

JAIME ANDRADE

Desde allí, caminamos hasta el Centro Cultural Metropolitano que alberga la exposición "Modernidad en Movimiento", con la obra de Jaime Andrade, un artista capaz de transformar simples piedras en esculturas que desafiaban la realidad. 

Jaime Andrade Moscoso (Quito, 1913–1990) fue un destacado artista ecuatoriano, reconocido por su labor como muralista, escultor, dibujante y educador. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Quito y en la New School for Social Research de Nueva York. Su obra, influenciada por el realismo social y el cubismo, incluye murales y esculturas en espacios públicos de Quito, como el mural Historia de la Humanidad en la Universidad Central del Ecuador. También fue fundador y primer decano de la Facultad de Artes de la misma universidad, dejando un importante legado en la educación artística del país.



Obra, parte de la Colección "El Abrazo"



LA MIRADA DE LUIS MEJIA, PASANDO REVISTA

También nos sumergimos en el trabajo fotográfico de Luis Mejía, cuyas imágenes capturaban la historia del país con una sensibilidad excepcional. Luis Mejía Cevallos (1938-2024), conocido como 'El Ojo de Quito', fue un destacado fotógrafo ecuatoriano que, a lo largo de cinco décadas, capturó momentos cruciales de la historia del país. Nacido en Guamote el 26 de julio de 1938, se trasladó a Quito a finales de los años 50, donde inició su carrera fotográfica. Su lente inmortalizó eventos como el golpe de Estado de 1963 y el desfile del primer barril de petróleo en 1972. Fue el primer fotógrafo ecuatoriano en colaborar con la agencia internacional Associated Press, y su trabajo se caracterizó por un estilo único que reflejaba la realidad social del Ecuador. 

Soldado durante el golpe de estado de 1963


pero también la emoción genuina de los rostros en escenas cotidianas, como ésta: "La Betunera"


La cita



La joven esperaba en una esquina, con un gesto que oscilaba entre el nerviosismo y la urgencia, la anécdota contada por el hijo de Luis Mejìa narra que la chica se fué a vivir a Guayaquil y que la cita se hizo realidad 40 años después, gracias al lente de Luis, qué maravilla.

El chicle

En otra, tres niños compartían un banco mientras uno pegaba un chicle en el cabello de su amiga sin que ella se diera cuenta, mientras el tercero reía con picardía. Me disculpan que no he podido obtener la foto en la red, pero gocé mucho al ver a estos niños sonriendo con las travesuras inocentes de "tiempos idos y no volvidos".

Cada imagen era un espejo de la vida misma.



El almuerzo nos llevó a la terraza del Restaurante Vista Hermosa, un lugar que hace honor a su nombre. Desde allí, Quito se extendía a nuestros pies en una panorámica de 360 grados: 

Con Aure, a la izquierda, la imponente Basílica del Voto Nacional


En medio de "ambos dos", la colina del Panecillo con su Virgen alada,


Con Saskya, el Panecillo al fondo a la derecha


Y el histórico Templete de la Libertad, el cual quedaba muy lejos para el lente de mi cel, por lo que no pude captar la escena, me disculpo

El restaurante estaba decorado con objetos de los años setenta: teléfonos monederos, un surtidor de gasolina de CEPE, detalles que evocaban épocas pasadas y enriquecían la experiencia. Disfrutamos de una fritada con chicharrón y mote que nos dejó sin palabras, un festín digno de la sierra ecuatoriana.

EN LA CUMBRE DEL TIEMPO

Nuestra siguiente parada fue la torre del campanario de la Iglesia de la Compañía de Jesús, una joya barroca envuelta en historia. Nos enteramos de que esta iglesia está rodeada por otras cuatro y de que los jesuitas, quienes la construyeron, fueron expulsados de América durante el siglo XVIII, solo para regresar bajo el mandato de Gabriel García Moreno. 

Una joven guía, con una simpatía contagiosa, nos hizo vivir la historia como nunca antes. Pensé en lo distinto que habría sido mi paso por el Colegio Javier si la historia nos la hubieran enseñado así: con pasión, con vida, con emoción.

Interior de la Cúpula



Encima de la Cúpula, mas cerca del Cielo


EL QUITO MODERNO Y EL REGRESO AL DEPA

Tomamos el metro desde la estación San Francisco hasta la de Iñaquito, una experiencia que nos sorprendió por su eficiencia y modernidad. A lo largo del trayecto, la mezcla de rostros y acentos nos recordó que Quito es un crisol de historias, donde cada pasajero lleva consigo un pedazo de esta ciudad milenaria.

Este regalo nos cayó del cielo

Cuando llegamos al Valle, la tarde nos regaló un arco iris espléndido, un cuadro natural que sellaba la jornada con un toque de magia.

SALIDA A CENAR

La Unica

Para la cena, decidimos probar los tacos de camarón y lengua en La Única, un restaurante mexicano en Cumbayá. Sin embargo, la comida no estuvo a la altura de nuestras expectativas. Quizás porque, después de un día tan intenso, nuestros estándares estaban más altos que nunca. Pedimos de postre churros con helado, con salsa de chocolate y dulce de leche, buenos pero no memorables. No sé si ésta vaya a ser "la única" vez en "La Única" y no vuelva a regresar, solo el tiempo lo dirá.

QUE PASARÁ EL.DOMINGO?

Caminar por el Chaquiñán



A eso de las 10:15 de la mañana, con Aurelia y Saskya, nos aventuramos por el Chaquiñán, entrando por el Portal de Cumbayá. A 2.350 metros sobre el mar, el aire es fresco y, de vez en cuando, un susurro de eucalipto lo perfuma. La ruta ecológica nos envuelve con su verdor, los árboles se alzan como guardianes silenciosos mientras el camino nos guía entre sombras y destellos de sol. Familias pasean a sus perros, perros arrastran felices a sus familias, ciclistas pasan veloces, caminantes y trotones de todas las edades disfrutan el recorrido. Son 5.000 metros ida y vuelta desde el depa, pero la distancia se disuelve en la simple alegría de estar aquí, respirando naturaleza, sintiéndonos parte de ella. Me fuè bien, ni jadeos ni gemidos, respiración normal, nada de ahogarme.


Para cerrar con broche de oro, nos detuvimos en una acogedora cafetería. Saskya pidió una intrigante limonada de café, un equilibrio inesperado entre la acidez refrescante del limón y el amargor aromático del café. Yo opté por un frappelatte, frío y cremoso, con el dulzor justo para despertar los sentidos. Aurelia, en cambio, se dejó envolver por la calidez de un chocolate espeso y reconfortante. Entre los tres compartimos una porción de torta rusa, una delicia de seis capas de masa suave, bañadas en miel dorada y coronadas con una generosa capa de queso crema. Cada bocado era un contraste perfecto entre lo dulce y lo ligeramente salado, una combinación que se derretía en la boca y nos dejaba con ganas de otro instante así.

Feria, compras y decisiones (muchas decisiones)



El día estaba perfecto, de esos que invitan a disfrutar sin prisas. De regreso, nos topamos con una feria popular. Pequeña, pero bien organizada y limpia, con puestos llenos de color y aroma.

Flores y plantas, libros usados, ropa, hierbas aromáticas y medicinales, miel, polen y propóleo. Pulseras y collares, listos para llevar o hechos al momento, según el capricho del comprador. Nos detuvimos un instante en un puesto donde unas mujeres rusas vendían galletas y rollos de canela, el olor era una tentación.

Seguimos nuestro recorrido hasta llegar a donde un francés ofrecía jabones, champús y acondicionadores en barra. “Naturales, buenos para la piel, con aromas exquisitos”, decía con un acento encantador y un discurso tan bien ensayado que ni Saskya pudo resistirse. Terminó comprando un par de cosas, claro.

Pero ahí no terminó la jornada de compras. También cayó un vestido. Café, no tan oscuro, perfecto para su tono de piel y su cabello. Eso sí, la decisión tomó su tiempo… digamos que una hora de análisis, comparaciones y consultas. Un récord bastante aceptable.

Después de una pausa en la cafetería, tocaba otra misión: plantas para alegrar su dormitorio. Nos tomó media hora elegir las adecuadas (parece que elegir vida vegetal también requiere reflexión profunda). Al final, nos llevamos un macetero con tres variedades distintas, una combinación vibrante.

Pero claro, no todo estaba resuelto. El macetero necesitaba una base. A menos de cien metros del departamento había un vivero que las vendía. Allí empezó la siguiente odisea: que si bajita o alta, que si dorada, blanca o negra, de hierro o madera. Prueba una, prueba otra, hasta que por fin… ¡una dorada, alta y elegante!

Al llegar al dormitorio, la colocó en un rincón y sí, había valido la pena todo el proceso. La habitación se veía más alegre, la planta en su base dorada quedaba perfecta. Misión cumplida.



El día seguía brillante, el ánimo ligero. No hay nada como una feria, una compra bien elegida y la satisfacción de un espacio embellecido.

Resto del día

Por la tarde, alrededor de las 15:00, recibimos la visita de Giovanna, la sobrina de Aurelia, y para la ocasión decidí preparar un fetuccini con camarones. Lo que parecía una tarea sencilla terminó convirtiéndose en toda una odisea: era mi primer encuentro con una cocina de inducción y, para complicarlo más, no contábamos con sartenes ni ollas del tamaño adecuado. A esto se sumó el eterno engaño de los camarones congelados, que al descongelarse liberan una cantidad absurda de agua—fácilmente un cuarto de su peso—un negocio redondo para quienes los venden. Pero más allá de los inconvenientes, lo importante es que salió bien. Con la gran ayuda de Aurelia, logramos un plato delicioso, y lo mejor de todo fue compartirlo en familia, entre risas y buena conversación.

LUNES 3 DE MARZO, 2025

Tiempo con Montse



El lunes, junto con Germán, fui a buscar a mi hermana Montse a Angelitos del Tiempo, el centro donde ahora la cuidan. Pasaremos el día juntos, como antes, como siempre. Montse, la hermana que me sostuvo cuando apenas daba mis primeros pasos, la que nunca dudó cuando le pedí ayuda para cuidar a nuestros padres en sus últimos años, entregándose por completo hasta el último suspiro de ellos. Hoy, la memoria le juega trucos, se olvida de lo inmediato, pero no de "esos tiempos vividos y no volvídos". Aún brilla en sus ojos la dulzura de quien solo supo dar amor. El almuerzo—lomo de cerdo con puré y crema de zapallo—lo preparó Aure aquí en el depa, pero lo que realmente nutre este día es el simple hecho de estar juntos.

Sabi

Aprovecho para hacerle una videollamada a Sabi. Me contesta Arturo, mi cuñado, quien, en tono bromista, me dice que hace cuatro semanas que no hablamos, aunque ambos sabemos que han sido muchas más.

—¡Por fin te acuerdas de nosotros! —dice, riendo.

—No exageres, Arturo —le sigo el juego—. ¿Dónde anda Sabi?

—Ha salido a una cuestión fuera, pero te llamará apenas regrese.

Sabina es la tercera de cuatro hermanas y vive en Barcelona desde 1976. Nos tocó compartir una etapa en Toronto, donde forjamos recuerdos que aún nos unen. Está casada con Arturo Martí, un catalán de pura cepa, y tienen dos hijos: Mireia, la mayor, que vive en Nueva Zelanda y está casada, y Artur, el menor, que desde hace cuatro años reside en Singapur.

Aprovechamos la charla para ponernos al día, recordar los tiempos de infancia en Quevedo y Guayaquil, hablar de nuestros padres, de la inseguridad, de la salud y de aquellos años bonitos que ahora parecen tan lejanos.

Nos despedimos con la alegría de habernos visto y conversado, con la tranquilidad de saber que, dentro de todo, estamos bien.

Minka Parque Central Cumbayá


Mouse de cacao al 50% Tentación de chocolate


Salimos a pasear con mi hermanita y con Aurelia, esta vez sin Saskya, y yo que desde que llegué, no dejo de antojarme de helado. Justo cuando menos lo esperábamos, nos topamos con Minka, un lugar que no conocía, donde, además de sus famosas barras de chocolate, tienen una pastelería-cafetería encantadora aquí en el Valle. Como buenos golosos, nos pedimos y compartimos helados de guanábana y chocolate Rocher, y yo, para consentirme aún más, pedí de postre lo que ya habrán visto. Todo esto fue el pretexto perfecto para seguir conversando con mi hermanita.

Luego dimos una vuelta por el parque, y entramos a un taller de vidrio donde se imparten cursos para confeccionar vitrales. Aurelia se quedó fascinada, escuchando con atención todos los detalles sobre los cursos: su duración, contenido y precio. La artesanía es una de sus pasiones, y en ella siempre hay algo de artista. ¿Será que Saskya heredó esa chispa creativa de Aure? No lo dudo.

Nos sentamos en una banca desocupada del parque a esperar a Saskya, mientras observábamos la feria artesanal que aún seguía allí, con su oferta variada, llena de curiosos, compradores compulsivos y ocasionales. El clima nos acompañó con su sol radiante y sin lluvia, un día perfecto para pasear en familia, para mirar al cielo y a la gente, y pensar: ¡sí, la vida es bella!

De regreso al depa

En una panadería de barrio, de esas que huelen a hogar, compramos rosquitas de manteca y pan de Ambato, perfectos para la merienda de las cinco. Acompañados de pan de yuca, jamón y queso, no hacía falta más. El café humeante, las risas suaves, las miradas cómplices llenas de recuerdos. Luego, la despedida, siempre emotiva, porque los momentos juntos son pocos, pero el cariño es inmenso. A las 18:10, Germán llegó por Montse. Nos quedamos con la sensación de que el tiempo fue breve, pero pleno. Pasamos bonito, y al final, eso es lo que realmente importa.

Nosotros los de la Fé

Fuimos a ver Nosotros los de la Fe con Aurelia y Saskya, y debo decir que es una de esas películas que te deja pensando mucho después de que las luces se apagan. Es una mezcla perfecta de comedia y profundidad, invitando a cuestionar, a reflexionar sobre el desenfoque de nuestras certezas. No les voy a adelantar nada, solo les digo: ¡no se la pueden perder! Vayan con su familia, no dejen pasar la oportunidad de disfrutarla juntos. Nosotros la vimos en el Multicine del Paseo San Francisco, y fue otro de esos momentos que no se repiten fácilmente. Es de esas películas que te mueven, te hacen reír y, al mismo tiempo, te invitan a replantearte seriamente muchas cosas dentro del contexto religioso. ¡Prográmense y vayan!

MARTES, 4 DE MARZO, 2025

Me despierto temprano, con la mente alerta y las manos en la escritura, atrapando reflexiones y recuerdos de esta visita a Quito. Repaso momentos memorables, sumo fotos, atesoro instantes, construyendo una historia que quiero preservar antes de que el Alzheimer, traicionero como es, intente arrebatármelos.

El día empieza con un regalo de amor en forma de desayuno. Saskya, con ese cariño que pone en cada detalle, nos sorprende con un café pasado, de aroma profundo y acogedor, ese que despierta los sentidos y el alma. Sobre la mesa, un pan tostadito, rescatado de ayer, convertido en un sándwich perfecto: huevo frito, queso derretido y jamón, un bocado sencillo pero lleno de intención. Acompaña un jugo de naranja fresco, dulce y vibrante como la mañana.

No es solo un desayuno, es un gesto de amor, de esos que no necesitan palabras. Es el sabor de la familia, el calor del hogar. ¿Para qué más?

Visita al Teleférico

A las 10h45, Germán nos recogió para llevarnos al teleférico.

Fuimos con Aure y Saskya, emocionados por ver la ciudad desde las alturas. La pena vino al ver las instalaciones algo descuidadas, pero el viaje valió la pena. Quito, desde los 4.100 metros de altura, es un espectáculo. La vista se desplegaba majestuosa hasta que la neblina, caprichosa, decidió envolvernos antes de llegar a la cima. 


No importó. Disfrutamos cada segundo, muchas fotos, muchas risas, el corazón firme y contento. 




Al bajar, Germán ya nos esperaba para la siguiente parada: la Mitad del Mundo.

Visita a la Mitad del Mundo

El recorrido desde el Teleférico hasta la Mitad del Mundo es largo, unos 40 minutos en los que Quito nos muestra su alma. Atravesamos barriadas enteras, entre ellas La Gasca, donde la vida sigue su curso incluso en feriado. Vemos a la gente en su ir y venir, algunos apurados, otros con la calma de quien disfruta el día libre. Las calles son un mosaico de contrastes: pequeñas tiendas con carteles escritos a mano, vendedores ambulantes con canastos rebosantes de frutas, niños jugando en la vereda, madres que llaman desde las puertas, ancianos que observan el paso del tiempo desde una banca. El paisaje urbano tiene el inconfundible sabor quiteño, una mezcla de tradición y modernidad que se siente en cada esquina.



Boletería: $5 por adulto, la mitad para mí, privilegios de la tercera edad. Un boleto que abre las puertas a la historia, la cultura y los sabores de nuestra tierra. Recorrimos los museos, subimos al trencito, visitamos el museo de la cerveza y del cacao, esa joya ecuatoriana que conquista paladares en todo el mundo. 

En la tienda boutique, admiramos los mejores cacaos artesanales del país y, en la cafetería, nos deleitamos con el aroma del tueste perfecto. Aún quedaban por conocer las viviendas ancestrales y la réplica de la Iglesia de Balbanera, la más antigua de Sudamérica (1534), pero el hambre llamó primero.




Fuera del parque, buscamos un buen locro quiteño, una fritada o unos chicharrones con mote, pero terminamos en El Hornero, con una comida igualmente deliciosa. Una tarde de sol espléndido y clima perfecto, el tipo de día que invita a enamorarse más de esta tierra.

Si tienen la oportunidad, hagan este recorrido sin prisas, con familia, con tiempo para sentir, para aprender, para disfrutar. La Mitad del Mundo es más que un punto geográfico: es historia, identidad y un motivo para recordar lo grande que es Ecuador.

Regresamos al depa a las 16h00, con el corazón lleno y la certeza de que estos momentos son los que dan sentido a la vida.

Orgullo y conocimiento: un recorrido por la USFQ



Antes de regresar al depa, Saskya nos sorprende con una visita guiada por la USFQ. Con entusiasmo nos señala el edificio del decanato de Artes y el lugar donde queda su oficina.

Caminamos por un campus que respira conocimiento, un espacio que invita al estudio y a la creatividad. Mientras recorremos sus jardines y pasillos, sentimos ese orgullo inmenso de padres, el orgullo de ver a una hija que cada día lucha por superarse, construyendo su propio camino con dedicación y pasión.


"Arte y Complicidad: Un Toque Especial en Casa"

Ahora, madre e hija están colgando cuadros en el depa, cada uno con su lugar perfecto, elegido con el ojo artístico que sólo ellas tienen. Saskya, confiada y atenta, se apoya en Aure para asegurarse de que todo quede en su lugar. Yo simplemente sirvo para hacer huecos en las paredes, por eso ni me llaman. Ellas saben bien cómo cada cuadro debe lucir, cómo cada imagen encaja en el espacio, creando una atmósfera que refleja su estilo y su amor por el arte. Es un momento de complicidad, de esa conexión tan especial entre madre e hija, que transforma la tarea cotidiana en algo lleno de cariño y creatividad.

   MIERCOLES, 5 DE MARZO, 2025


Hoy, de regreso al manso Guayas, una sensación de gratitud llena el aire. Germán nos recogerá a las 09h20, y aunque tomemos vuelos diferentes, con horarios muy cercanos, sé que la despedida es solo física. Yo salgo a las 11h00 por Avianca y Aure a las 11h20 por Latam, pero en el aeropuerto nos encontraremos nuevamente, compartiendo ese último instante juntos.

Este tiempo en familia ha sido hermoso, lleno de momentos que quedarán grabados en el corazón, y aunque el regreso marque el fin de este capítulo, lo vivido no se borra. Lo que compartimos sigue con nosotros, y será la base para las próximas memorias que, más allá de la distancia, nos siguen conectando. La cotidianidad nos espera, pero el eco de estos días será el faro que ilumina lo que viene.

Este viaje fue mucho más que una visita turística. Fue una reafirmación de que Ecuador es mucho más que sus problemas. Es su gente, su arte, su historia, su comida, su música, su cielo surcado por un arcoiris inesperado. Fue un recordatorio de que, pese a todo, hay mucho de lo que podemos sentirnos orgullosos.

Recorrimos museos, iglesias y plazas, pero lo mejor del viaje fue compartirlo en familia. Las risas con Aurelia, las conversaciones con Saskya, las visitas de Giovana, la sobrina, de mi hermana Montse, los momentos simples que, con el tiempo, se convierten en tesoros. Y mientras Quito nos despedía con su brisa fría y su cielo nublado, supe que este viaje no era un adiós, sino un hasta luego.

El abrazo de la despedida

Las despedidas, siempre llenas de emoción, nos envuelven en su manto silencioso, y un abrazo cálido con Saskya se convierte en el refugio de esos sentimientos que se agolpan. Fue largo, lleno de todo lo que no se dice, de todo lo que se siente y se guarda. Una lágrima furtiva, traicionera, intenta escaparse, pero se queda atrapada en el alma, cobarde en su tímido intento de brotar. Aurelia, con su pragmatismo de siempre, dice “ya”, pero yo, sin poder evitarlo, le respondo: “deja, que las emociones no deben quedar truncas”. Y en ese instante, el corazón sabe que, aunque las palabras se escapen, los abrazos y los recuerdos se quedan, grabados en la piel, en el alma, en cada rincón. Una despedida que no se olvida.

FIN

Hasta aquí, señor juez, mi historia perfectamente apegada a la verdad, como no podría ser de otra manera, sin omitir ni un solo detalle, y con la imparcialidad de un testigo ocular en una película de Hollywood.

Un feriado, un viaje, un bonito pretexto para reunirnos. La vida no espera, los momentos no se repiten. Es ahora o nunca, porque “pa’ luego es tarde”. No se trata solo de estar juntos, sino de vivirlo intensamente, de saborear cada risa, cada historia, cada café compartido. El tiempo se escapa, pero lo que realmente importa es cómo lo llenamos.

Recuerda que hay lecciones importantes detrás de cada historia.

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INVITACION

¡Te invito a sumergirte en este viaje de historias!

Si haces clic más abajo donde dice Página Principal, podrás disfrutar de todas las historias anteriores, desde la primera hasta la más reciente.

Gracias a la gran acogida de los lectores, este blog ya cuenta con más de 100 relatos, y a partir de este año, publicamos una nueva historia cada semana.

Cada texto es una ventana a emociones, recuerdos y reflexiones que no te puedes perder. ¡Empieza desde el principio y acompáñanos en esta aventura!






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