Los años no han pasado en vano.
Han pasado con peso, con sentido.
Han dejado lecciones que no se aprenden en libros,
memorias que a veces duelen y otras abrigan,
huellas que no siempre son rectas,
alegrías que todavía sorprenden
y tristezas que nos enseñaron a quedarnos.
Aprendí —aprendimos— que la perfección no vive en lo perfecto,
sino en lo que resiste,
en lo que se quiebra y sigue,
en lo que acepta su forma real.
La felicidad no es resignación.
Es aceptación.
Es respeto.
Son límites elegidos, no impuestos.
Ya no somos jóvenes.
Tal vez ya no bellos según el espejo apurado del mundo.
El cuerpo guarda kilos, arrugas, historias.
El amor físico no es tan frecuente,
pero sigue siendo bonito,
porque nace de la risa, de la complicidad,
de ese lenguaje nuestro que no necesita palabras.
Porque aún nos buscamos desde el afecto
y sigo encontrando en tu abrazo un lugar donde quedarme.
Porque el amor, cuando es verdadero y compartido,
no envejece.
Necesito tu calor.
El acurrucarnos.
El silencio que no incomoda.
La paz de saber que estás ahí.
Tuvimos tres hijos preciosos,
cada uno con su propia luz, su gracia irrepetible.
Y una nieta amorosa, curiosa,
que mira el mundo como si todavía todo fuera posible
—y tal vez lo es.
Hemos caminado.
Seguimos tropezando.
Seguimos levantándonos.
Hubo errores.
Los míos, grandes, torpes, dolorosos.
Algunos imperdonables en teoría,
pero aquí estamos.
No por mérito.
Por decisión.
Seguimos andando por la vida.
Aún soñando.
Esperando llegar con salud y dignidad al tramo que falta.
Vivimos tiempos de una incertidumbre que no conocimos antes,
y aun así son maravillosos.
Disfrutamos —tal vez sin saberlo—
de una tecnología que acerca cuando se usa con alma,
que no reemplaza el abrazo ni la mirada.
No hay tiempos malos.
No hay un pasado mejor.
Cada época trae su propio sabor,
su color,
sus sombras necesarias.
Si todos los días fueran soleados,
no sabríamos mirar el cielo de noche.
Las sombras también iluminan.
Estamos por cumplir en este 2026:
Saskya, 35.
Yara, 33.
José Carlos, 29.
Yo, 67.
Tú, 63.
Agustina, 7.
No hay vida perfecta.
Hay vida vivida.
Estoy agradecido.
Por mis padres, Alfonso y Fanny.
Por mis suegros, Marco y doña Elda.
Por mis cuñados: Luis, Rosa, Marco y Abelito.
Por mis hermanos, en el orden del corazón y del tiempo:
Félix (+)
Montse,
Carlos Emilio,
Ana María,
Blanca Sabina,
Fátima Eugenia.
He vivido lo suficiente para pasar del teléfono de ruleta
al celular que promete más de lo que una vida alcanza.
Y en el camino,
los amigos, la familia extendida que la vida puso sin pedir permiso.
Pero sobre todo,
agradecido por los días compartidos contigo.
Por habernos casado en octubre de 1987
sin saber exactamente qué venía,
pero sabiendo que queríamos caminar juntos.
No escribo esto para nadie más.
No es lección.
No es consigna.
Es mi manera de decir:
aquí estoy.
aquí estamos.
Y eso, para mí, ya es mucho.
Y si mañana el cuerpo duele un poco más,
si la memoria a veces se distrae,
si el mundo corre a una velocidad que ya no queremos alcanzar,
no pasa nada.
No tenemos que llegar primeros.
Solo llegar juntos.
He aprendido que amar no es prometer eternidades grandilocuentes,
sino elegir quedarse
cuando ya se conoce el mapa completo:
las curvas, los baches,
los errores repetidos
y también las pequeñas victorias silenciosas.
Amarte hoy no se parece a amarte en 1987.
Es distinto.
Más hondo.
Menos urgente y más necesario.
Es mirarte y saber
que no necesito demostrar nada,
que no tengo que impresionar,
que puedo ser yo,
con todo lo que soy
y con todo lo que no logré ser.
Hay días simples:
un café, una conversación corta,
el cansancio compartido.
Y hay días grandes:
los hijos, la nieta,
las noticias que alegran,
las que asustan.
En todos, estás.
No sé cuánto camino queda.
Nadie lo sabe.
Pero sé cómo quiero recorrerlo:
con dignidad,
con humor cuando se pueda,
con ternura cuando haga falta,
con tu mano cerca.
Si algo deseo es esto:
que cuando miremos atrás,
no veamos una vida perfecta,
sino una vida honesta,
vivida sin huir,
sin fingir,
sin rendirnos del todo.
Eso es lo que somos.
Eso es lo que agradezco.
Y no,
no terminó.
Mientras haya respiración,
memoria,
y ganas de decir gracias,
el texto sigue escribiéndose.
No escribo esto para dar una lección.
Tal vez ni siquiera para dejar un mensaje.
Lo escribo ahora,
porque aún tengo palabras
y porque aún puedo pronunciarlas.
No quiero que llegue el día
en que lo importante se quede adentro
por falta de voz
o por haberlo postergado demasiado.
Si algo hay aquí, quizá sea apenas una invitación sencilla:
a vivir,
a decir a tiempo,
a no dar por sentado lo que tomó años construir.
Con Aurelia no levantamos una casa perfecta.
Levantamos algo más frágil y más valioso:
un hogar.
Hecho de días comunes,
de errores perdonados,
de risas que volvieron después del silencio,
de permanecer.
Eso ha sido bonito.
Y decirlo hoy
también lo es.

Que hermoso!! Te felicito Pepe mi bueb amigo
ResponderBorrarMuy inspirador, felicitaciones
ResponderBorrar