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sábado, 24 de enero de 2026


 Enero en Guayaquil

Guayaquil no cambia mucho en enero.

Calor espeso, promesas nuevas, las mismas calles con otra esperanza encima.

Se casaron un 28 de enero de 2025.

Clase media, ceremonia cuidada, familias contentas, fotos correctas.

Ella tenía 22.

Él, algunos años más y un hijo de una relación que nunca llegó a matrimonio.

A nadie le sorprendió que él se casara.

A muchos sí les sorprendió con quién.

Él

Ingeniero en sistemas.

Trabajo remoto para una empresa en Estados Unidos.

Buen sueldo, horarios flexibles, laptop abierta hasta la madrugada.

En Guayaquil lo conocían bien:

fiestero, tomador social, enamorador profesional.

Latin lover, conquistador, sonrisa fácil.

No agresivo, no vulgar.

Peor: encantador.

Nunca negó lo que era.

Tampoco lo proclamó.

Simplemente vivía así.

Ella

Analista de sistemas.

Casa de software local.

Inteligente, ordenada, discreta.

No ingenua.

No ciega.

Sabía quién era él.

Pero también sabía otra cosa:

que con ella era distinto.

Más presente.

Más calmo.

Más “hogar”.

Y eso —sin decirlo en voz alta— lo tradujo así:

con amor, él va a cambiar.

El noviazgo

Tres años.

No fue poco.

Fiestas que se negociaban.

Amigas que advertían.

Amigos que sonreían con complicidad masculina.

Él bajó el ritmo.

No dejó de ser quien era.

Ella interpretó la pausa como transformación.

No hubo mentiras claras.

Tampoco verdades completas.

Hubo esperanza.

El matrimonio

Al principio funcionó.

Rutinas nuevas.

Cenas en casa.

Viajes cortos.

Sexo frecuente, intenso, todavía joven.

Ella pensó:

ya está.

Esto era.

Él pensó:

puedo con esto.

Y ambos confundieron adaptación con cambio profundo.

Enero 2026

Un año después, la casa seguía en pie.

La pareja también.

Pero algo ya no encajaba.

Las fiestas volvieron, con excusas laborales.

Los tragos no eran el problema.

Las miradas sí.

Ella empezó a notar que no estaba enojada.

Estaba decepcionada.

No por lo que él hacía,

sino porque no era el hombre que ella había imaginado que sería.

Él, por su parte, se sentía injustamente acusado.

No había prometido nada que no pudiera cumplir.

Solo había aceptado un rol que no era el suyo.

La revelación

No fracasaron por falta de amor.

Fracasaron por romantizar.

Ella no amó al hombre real,

sino al hombre posible.

Él no engañó,

pero permitió que lo imaginaran distinto.

Y cuando la fantasía se agotó,

lo que quedó fue la verdad desnuda.

Epílogo

—Yo pensé que con amor ibas a cambiar.

—Yo pensé que podía.

Se miraron un instante, el reloj marcando la rutina que nunca volvería.

Ella cerró la puerta de la sala, él dejó la llave sobre la mesa.

Los días siguieron, lentos, exactos.

No hubo palabras, ni reproches, ni abrazos.

Solo un hueco donde antes hubo tres años.

El cómo podía ser… quedó en el aire, sin dueño.


FIN

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