ECUADOR 2029
Tres escenarios posibles. Demasiado probables.
Prólogo
Ecuador no llegará a las elecciones de 2029 discutiendo ideas nuevas.
Llegará discutiendo el pasado, otra vez.
No se votará solo por programas de gobierno,
sino por relatos, por memorias, por heridas abiertas.
Habrá juicios, condenas, pruebas documentadas, sentencias firmes, prófugos.
Y aun así —o precisamente por eso— millones de ecuatorianos volverán a votar por Correa o por quien él decida.
No porque ignoren los hechos.
Sino porque los interpretan desde lugares distintos.
Esta publicación no busca convencer.
Busca mostrar.
Tres escenarios.
Tres votantes.
Una misma elección: Ecuador 2029.
ESCENARIO I — El Intelectual
El intelectual no grita consignas.
Cita libros.
Habla de contextos, no de culpables.
Para él, los juicios contra el correísmo no pueden analizarse sin mirar el sistema judicial ecuatoriano: históricamente frágil, permeable, politizado según quién gobierne.
Recuerda cómo antes y después de Correa, la justicia fue utilizada como herramienta de poder.
No niega las pruebas.
Las relativiza.
—“La legalidad no siempre es justicia”, repite.
Sostiene que el correísmo fue castigado no solo por corrupción, sino por haber concentrado poder, haber desafiado intereses económicos y haber construido un Estado fuerte en una región acostumbrada a Estados débiles.
Cuando se le habla de condenas y prófugos, responde con historia comparada: Brasil, Lula; Argentina, Cristina; Bolivia, Evo.
Patrones regionales, dice.
Para él, votar por el candidato de Correa en 2029 no es fanatismo.
Es una toma de posición intelectual:
contra el lawfare
contra la hipocresía selectiva
contra una democracia que castiga a unos y absuelve a otros
Vota no por el hombre,
sino por la tesis.
ESCENARIO II — El Profesional
El profesional no habla de ideología.
Habla de resultados.
Tiene título, empleo inestable, deudas, miedo a la inseguridad y la sensación constante de que el país no despega.
Recuerda el correísmo no con romanticismo, sino con pragmatismo:
—“Había orden.”
—“Había obra.”
—“Había Estado.”
Sabe de los casos de corrupción.
Los acepta como un costo.
—“Todos roban”, dice.
—“La diferencia es que unos al menos hacían algo.”
Le irrita la moral selectiva:
los corruptos de antes y después del correísmo que nunca pagaron nada.
Le molesta la inestabilidad permanente, los cambios de rumbo, los gobiernos sin proyecto.
Cuando escucha “persecución política”, no lo discute demasiado.
Le da igual si fue persecución o justicia.
Su razonamiento es más simple:
con el correísmo, su vida era más predecible
hoy, todo es incertidumbre
Vota por el candidato de Correa en 2029 no por lealtad,
sino por nostalgia funcional.
No quiere épica.
Quiere normalidad.
ESCENARIO III — El Pueblo
Aquí no hay teoría.
Hay memoria emocional.
El votante del pueblo no cita fallos judiciales ni informes internacionales.
Cita sensaciones:
—“Antes alcanzaba.”
—“Antes no había tanto miedo.”
—“Antes el Estado se acordaba de nosotros.”
Las condenas no lo convencen.
Le suenan lejanas, técnicas, ajenas.
Cuando oye “corrupción”, responde: —“Y ahora, ¿qué?”
Cuando oye “prófugo”, responde: —“Porque no lo dejan volver.”
Para él, el correísmo no es un partido.
Es un tiempo.
Un tiempo donde sintió dignidad, visibilidad, pertenencia.
Donde alguien hablaba como él, contra los mismos enemigos que él resentía.
Por eso, cuando Correa señala a un candidato en 2029, no hay duda.
No vota por una persona.
Vota por el recuerdo de sí mismo cuando se sentía menos olvidado.
ESCENARIO IV — El que no vota
No milita.
No discute.
No comparte cadenas ni estados incendiarios.
Simplemente no va.
No es ignorante.
Está informado hasta el hartazgo.
Ha visto pasar gobiernos, promesas, salvadores, traiciones.
Ha escuchado las mismas palabras recicladas con distintos rostros.
Ha visto cómo los culpables cambian de bando, pero nunca de destino.
Cuando le hablan de Correa, responde: —“Ya fue.”
Cuando le hablan del anticorreísmo, responde: —“También.”
No cree en la justicia.
No cree en la política.
No cree en la épica.
Pero sobre todo, no cree que su voto cambie algo real.
No se abstiene por comodidad.
Se abstiene por desconfianza profunda.
Su silencio no es apatía:
es una forma de protesta muda.
Y sin embargo, su ausencia pesa.
Porque en 2029, mientras los otros tres votan con convicción,
él deja que otros decidan por él.
No legitima, pero tampoco impide.
Y ese vacío —discreto, silencioso—
es uno de los mayores triunfos del sistema que dice detestar.
EPÍLOGO — Ecuador 2029: el verdadero dilema
Al final, Ecuador 2029 no se define por quién gana.
Se define por quién cree, quién justifica, quién recuerda
y quién se rinde.
El intelectual defiende una tesis.
El profesional busca estabilidad.
El pueblo protege su memoria.
El que no vota se protege a sí mismo.
Cuatro posturas distintas.
Un mismo país fragmentado.
No hay engañados.
Hay personas cansadas defendiendo lo poco que sienten propio.
Por eso los juicios no convencen.
Por eso las condenas no cierran debates.
Por eso los prófugos siguen siendo símbolos y no finales.
Porque Ecuador no discute hechos:
discute significados.
Mientras la política no ofrezca un futuro más fuerte que el pasado,
mientras la justicia no sea creída por todos,
mientras la democracia no vuelva a ser esperanza y no trámite,
el 2029 será solo otra estación del mismo viaje.
Y la pregunta real no será
si gana Correa o quien él ponga.
La pregunta será:
¿Cuántos ecuatorianos todavía creen que vale la pena elegir?
Nota del autor
Este texto no fue escrito para convencer a nadie.
No pretende absolver ni condenar,
ni dictar cómo debe votar el lector.
Fue escrito para mostrar.
Mostrar cómo personas informadas, lúcidas y racionales pueden llegar a la misma decisión desde caminos completamente distintos.
Mostrar que la política ya no se mueve solo por hechos, sino por memorias, emociones y pertenencias.
Mostrar que el silencio —la abstención— también es una forma de respuesta, aunque no siempre sea inocua.
Aquí no hay héroes ni villanos puros.
Hay ciudadanos cansados, heridos, desconfiados, aferrados a lo que conocen o retirados de lo que ya no creen.
Si este texto incomoda, cumple su función.
Si provoca discusión, mejor aún.
Y si obliga a alguien a preguntarse por qué piensa como piensa, entonces ya valió la pena.
El futuro no se construye negando el pasado,
pero tampoco repitiéndolo sin cuestionarlo.
Ecuador 2029 no es una predicción.
Es un espejo.
Y los espejos no mienten,
solo muestran lo que preferimos no mirar.
FIN







