El juicio
WSY murió sin arrepentirse.
No con rabia, no con desafío: simplemente no lo hizo.
Cuando abrió los ojos, no hubo fuego ni coros. Solo una claridad sin origen y una presencia que no necesitaba nombre.
—¿Reconoces la falta? —preguntó Dios.
—Sí.
—¿Te declaras culpable?
—Sí.
No hubo defensa. WSY no negaba lo que había hecho.
Entonces Dios anunció la condena.
Eterna.
WSY frunció el ceño, no con miedo, sino con extrañeza.
—Eso… —dijo tras una pausa— suena más humano que divino.
Dios no respondió de inmediato.
—Eres omnisciente —continuó WSY—, así que ya sabes lo que voy a decir. Pero igual te lo digo.
Un acto finito, cometido por un ser finito, en un tiempo finito… castigado con una pena infinita.
Los hombres, aun con todas sus miserias, aprendieron algo llamado proporcionalidad.
Si ellos la tienen, ¿cómo no esperarla de un Dios que se presenta como de misericordia infinita?
¿En qué quedamos?
El silencio pesó.
Y por primera vez, Dios habló distinto.
—Ups… la cagué.
WSY no sonrió.
—¿O sea que he condenado injustamente a millones? —continuó Dios, casi para sí.
—Sí —respondió WSY—. Creyentes y no creyentes.
Dios bajó la mirada. Si el universo tenía un suelo, lo estaba mirando.
Fé y Geografía
—Además —agregó WSY—, la fe está condicionada por la geografía.
—¿Cómo es eso?
—Mira:
Si yo hubiese nacido en China, probablemente sería budista.
En India, hindú.
En Israel, judío.
En Arabia Saudita, musulmán.
La fe no siempre es elección; muchas veces es herencia postal.
Dios guardó silencio largo rato.
—Entonces… —dijo finalmente— ¿la cagué otra vez?
No hubo respuesta inmediata.
Dios se deshizo en llanto.
WSY, sin saber por qué, lo consoló.
Cuando otros lideraron la narrativa
—El problema —dijo— no fue crear. Fue no ser claro.
Dejaste espacio para que los hombres se adueñaran de la narrativa.
Todos dicen hablar en tu nombre.
Quizá debiste presentarte ante todos, sin ambigüedades, y no dejar ninguna duda.
Dios respiró hondo.
—Aun así —respondió—, algunos no creerían.
Y si yo impusiera la fe, estaría atentando contra algo fundamental: el libre albedrío.
—Touché —dijo WSY.
Creyeron haber llegado al fondo. Pero no.
WSY levantó la vista otra vez.
La última pregunta
—Déjame preguntarte algo más.
¿Te parece justo que los hijos paguen las culpas de sus padres?
—No —dijo Dios sin dudar—. Eso no es justo.
—Entonces explícame algo —continuó WSY—.
Dices que el hombre nace con naturaleza pecadora.
Que está inclinado al mal desde el origen.
Si es así, el hombre ya nace condenado.
Yo no pedí nacer.
Y sin embargo, por nacer, ya cargo una culpa.
Hizo una pausa.
—Es como esas viejas series gringas: condenado desde el primer capítulo por un delito que no cometí.
¿Dónde queda el libre albedrío si el juicio empieza antes de la elección?
Dios no respondió.
No porque no supiera.
Sino porque no podía.
El silencio se volvió distinto.
Ya no era el silencio del juez, sino el del autor frente a su propia obra.
Y entonces WSY pensó algo nuevo.
No como hombre.
Como Dios.
Si revelaba todo —pensó—, si decía la verdad completa, sin filtros ni relatos…
se caería todo.
Religiones. Poderes. Identidades.
Y con ellas vendrían masacres, venganzas, asesinatos cometidos en nombre de la verdad definitiva.
No por maldad divina.
Por fragilidad humana.
WSY entendió, por primera vez, el peso del silencio.
Miró a Dios.
Y habló despacio:
—Si revelo todo… se cae todo.
Sonrió apenas, con una tristeza amable.
—Mejor me quedo callado…
que callado me veo más bonito.
Dios no lo contradijo.
No hubo absolución.
No hubo condena.
Solo dos conciencias compartiendo un silencio que ya no era vacío,
sino decisión.
Y el universo siguió en pie.







