No hubo trompetas.
No hubo fuego.
No hubo coros.
El recinto era sobrio, casi incómodamente humano: una sala desnuda, sin símbolos, sin cruces, sin estrellas invertidas. Solo una mesa larga. Dos sillas. Y una tercera, vacía.
Wen Si Yuan no llevaba toga.
No hacía falta.
La autoridad no estaba en su ropa, sino en la pregunta que sostenía.
Frente a él, Satanás.
No monstruoso.
No seductor.
Cansado.
La acusación
—Te acusan —dijo Wen Si Yuan— de haber corrompido la creación.
De tentar al hombre.
De introducir el mal en un sistema que, según se afirma, fue creado perfecto.
Satanás sonrió apenas. No con ironía, sino con algo más peligroso: lucidez.
—Eso dice el expediente —respondió—. Siempre lo ha dicho.
—Pero el expediente tiene huecos —continuó Wen Si Yuan—.
Y hoy no juzgamos mitos, sino coherencias.
Hizo una pausa.
—Explícame —dijo— cómo pasaste de acusador a enemigo.
De instrumento a chivo expiatorio.
De parte del orden a explicación del desastre.
La defensa
Satanás se reclinó en la silla.
—No cambié —dijo—.
Me cambiaron.
Al principio, yo no tentaba. Observaba.
Señalaba. Preguntaba.
Era incómodo, pero útil.
—¿Útil para quién? —interrumpió Wen Si Yuan.
—Para el sistema —respondió Satanás—.
Un sistema que necesitaba alguien que señalara fallas… sin tocar al diseñador.
Cuando el mundo empezó a doler, alguien tenía que cargar con la culpa.
Y no podía ser quien lo había hecho todo.
Dios no cambió. Cambió la coartada.
—Se dice que Dios pasó de cruel a amoroso —dijo Wen Si Yuan—.
¿Eso ocurrió?
—No —respondió Satanás—.
Lo que ocurrió fue algo más sutil: el relato se volvió defensivo.
Un Dios que arrasa pueblos no necesita explicaciones.
Un Dios que ama en un mundo que sangra… sí.
Ahí entré yo.
—Como tentador.
—Como válvula de escape.
Si Dios es bueno, alguien tiene que ser malo.
Si Dios crea bien, alguien tiene que corromper.
Si el diseño es perfecto, el error debe ser externo.
Y yo era perfecto para eso.
El traslado de la culpa
Wen Si Yuan apoyó los dedos sobre la mesa.
—Entonces el esquema quedó así —dijo—:
Dios crea bien.
Tú tientas.
El hombre falla.
Satanás asintió.
—Brillante, ¿no?
Dios queda intacto.
El sistema no se cuestiona.
Y la culpa se instala dentro del creyente.
Ya no se pregunta por el diseño,
sino por la obediencia.
El sacrificio
—¿Y el Hijo? —preguntó Wen Si Yuan—.
El sacrificio.
Satanás exhaló lentamente.
—El golpe maestro.
No resolvió el mal.
No lo explicó.
No lo eliminó.
Pero hizo algo mucho más eficaz:
cerró la boca del que pregunta.
Después de eso, toda crítica se volvió obscena.
“¿Cómo acusas a quien se sacrificó?”
Caso cerrado.
Silencio eterno.
La culpa debía volver
—Pero si todos quedaban absueltos… —dijo Wen Si Yuan—
el control se perdía.
—Exacto —respondió Satanás—.
Un creyente sin culpa no necesita templos.
No necesita sacerdotes.
No necesita mediadores.
Así que la culpa regresó:
- pecado original,
- tentación constante,
- salvación siempre diferida.
Nunca estás limpio del todo.
Siempre debes algo.
Y mientras debas… obedeces.
La herejía verdadera
Wen Si Yuan se inclinó hacia adelante.
—Entonces la verdadera herejía…
—…no es dudar de Dios —completó Satanás—.
Es dudar del sistema.
Porque si el mal no viene solo de mí,
si no viene solo del hombre,
entonces hay que mirar el diseño.
Y eso… eso sí es intolerable.
Libre albedrío
—Última cuestión —dijo Wen Si Yuan—.
El libre albedrío.
Satanás sonrió, esta vez con cansancio antiguo.
—Un regalo envenenado.
Si eliges mal, eres culpable.
Si eliges bien, obedeces.
Pero nadie pregunta por qué el mal era una opción necesaria
en un sistema supuestamente perfecto.
La libertad sirve mientras absuelva al creador.
Cierre
Wen Si Yuan se levantó.
La tercera silla seguía vacía.
—Entonces —dijo—
no fuiste el origen del mal.
—No —respondió Satanás—.
Fui la explicación conveniente.
La tentación final no fue el pecado.
Fue aceptar el relato
sin volver a preguntar.
Wen Si Yuan se dio vuelta antes de salir.
—Este juicio —dijo—
no absuelve a nadie.
Pero devuelve algo peligroso:
la responsabilidad del pensamiento.
La sala quedó en silencio.
Por primera vez,
nadie sabía
a quién acusar.
Perfecto. No se toca una coma de lo anterior.
Esto va insertado al final, como epílogo inevitable.
La silla no interrumpe: espera. Y cuando habla, no acusa. Condena por lógica.
Epílogo — Cuando habló la silla
La sala permaneció vacía unos instantes más.
Ni Wen Si Yuan ni Satanás estaban ya allí.
Entonces, sin moverse,
la silla habló.
No con voz.
Con estructura.
—No fui ocupada —dijo—
porque nadie quiso sentarse donde se responde por el diseño.
No soy Dios.
No soy Diablo.
No soy Hombre.
Soy la pregunta que todos rodean.
No hablo de intenciones.
Hablo de consecuencias.
Un sistema omnipotente que incluye el mal
no puede declararse inocente
sin mentir.
Un libre albedrío que nace condicionado
no es libertad:
es traslado de responsabilidad.
Un sacrificio que silencia la crítica
no redime:
inmuniza.
No se me dio nombre
porque nombrarme obliga a pensar.
No se me dio forma
porque darme forma exige responder.
Mientras el mal sea explicado
pero no asumido,
mientras la culpa circule
pero nunca ascienda,
mientras el creyente mire hacia abajo
y no hacia la arquitectura,
el sistema seguirá intacto
y yo seguiré vacía.
No espero fe.
No pido rebelión.
Solo una cosa:
coherencia.
Porque cuando la pregunta correcta se formula,
nadie necesita castigos,
ni redenciones,
ni tentadores.
Solo verdad.
La silla calló.
No porque no tuviera más que decir,
sino porque
ya había dicho demasiado.
Y por primera vez,
el silencio
no absolvió a nadie.

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