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domingo, 17 de agosto de 2025

Cuenca, Dios, truchas y rodillas en oferta


AQUI SE INICIA TODO



Todo comenzó el sábado 9 de agosto del 2025, cuando nos subimos a una furgoneta de pasajeros en Guayaquil rumbo a Cuenca. El viaje, como casi todo en la vida, fue una mezcla de paisajes hermosos y tramos de carretera que parecen diseñados para probar la fe… y las suspensiones. Pero si uno aprende a disfrutar de lo perfecto con imperfecciones, Cuenca se vende sola.


Llegamos y el primer día fue de puro caminar: recorrido a pie por el centro, sintiendo el aire fresco y la historia que se respira en cada esquina. La Catedral de la Inmaculada Concepción se alzaba con sus cúpulas azules como globos a punto de soltar el cielo. Hermosa, imponente… e inconclusa. A un costado, la vieja Iglesia del Sagrario, que en tiempos de la colonia solo permitía entrar a los españoles. Los indígenas, aunque bautizados, quedaban afuera, en las sombras o en el atrio, escuchando la misa desde lejos, como si el pan y el vino fueran reservados para paladares selectos. Y claro, uno se pregunta: si existe un Dios, ¿de verdad sería tan mezquino como para disfrutar de esas distancias? No. Ese no puede ser Dios. Ese es el dios que inventan los hombres para reforzar sus sillones de poder.


Ese sábado, después de caminar, almorzamos en Bogolí —porque la espiritualidad también necesita buena comida, yo pedí Panceta — y rematamos la tarde con el tour en el bus de dos pisos, escuchando historias, disfrutando del sol y de una ciudad repleta de turistas.


El domingo empezó con desayuno en el departamento y luego fuimos al Parque Amaru. Tres horas de recorrido que comienzas amando y terminas odiando, con senderos que parecen diseñados para poner a prueba rodillas, tobillos y cualquier articulación que creías joven. Vas viendo fauna y flora, y cada vez que piensas “ya llegamos”, el camino te recuerda que en Amaru nunca llegas… solo sobrevives.

En la visita al Parque Amaru, al observar a los osos, Agustina comentó:

—Ahí está la mamá oso preparando la comida para la cría… ¿y el papá oso? ¡Roncando!


Ya ven, así es cómo comienzan los líos de las mujeres… Agustina, con apenas 6 años, y ya detecta el patrón milenario: ellas trabajan, ellos roncan. Si sigue así, a los 10 años ya da conferencias motivacionales para esposas y, a los 15, escribe un libro titulado Manual para que los Osos se Levanten del Sofá.

Después, sin planearlo, terminamos en Dos Chorreras. Cuenca ha crecido, y Dos Chorreras también. Ya no es solo la montaña, el río y las truchas; ahora es un centro turístico completo. Pesca, restaurantes, kioskos de dulces, heladería, panadería-pastelería de tamaño industrial, y hasta una chocolatería inmensa (capacidad para unas 300 personas, calculo yo). Y entre todo eso, las típicas y deliciosas empanadas de viento, rebosantes de “harsto” queso, de esas que te hacen cerrar los ojos al primer mordisco. Las montañas, el aire limpio, el paisaje… ahí sí que Dios —la Madre Naturaleza— se lució.


Le prometí a mi hija que, al regreso a Guayaquil, yo —que me las doy de panadero, pastelero y chocolatero— le voy a preparar unas empanadas de viento dignas de concurso.

El lunes 11, antes del almuerzo con hornados y cascaritas, fuimos al Jurassic Park de Paute. Muy didáctico, valió la pena. La visita a Cuenca se cerró con un almuerzo en Mubaru con hornado, cascaritas, mote, tortillas de papa, salsa de maní. Un cierre perfecto antes de volver al manso Guayas.


Vinimos todos: Yara, mi hija, con Agustina, mi nieta. Carlita, amiga de Yara, con su hijo Nicolás. Aurelia, mi esposa, y yo. José Carlos, mi hijo, se quedó en Guayaquil y Saskya, mi hija mayor, que reside en Quito, no pudo acompañarnos.

Agustina y Nicolás… amor y peleas, abrazos y empujones, dulzura y llanto.

Y mientras los veo correr y reconciliarse en cuestión de segundos, pienso que la vida es esto: un viaje, una mesa compartida, una conversación que no se olvida, un cansancio feliz al final del día.

Porque no sabemos cuándo nos tocará bajar del bus para siempre. Así que, mientras podamos, sigamos viajando juntos, comiendo juntos, riendo juntos. El resto… que lo arregle Dios. El verdadero, no el de las bancas reservadas.

FIN




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