Adaptación de "Un Mundo Feliz de Aldous Huxley (1932)"
José miraba al cielo de La Habana como quien mira un espejo quebrado: azul, brillante, pero hecho de pedazos. El calor lo envolvía con la dulzura pegajosa del caramelo derretido, y el aire olía a sal, a mar, y a resignación.
Había llegado como visitante, sí, pero nunca fue turista. Los turistas se enamoran del decorado; los lúcidos se decepcionan del guion. Y José, que traía en el alma una herida vieja de exilios y palabras prohibidas, no podía ignorar lo que sus ojos veían: un pueblo domesticado a punta de consignas, una felicidad forzada como una sonrisa frente a una cámara ajena.
Los cubanos decían “estamos bien”, pero lo decían con hambre en el estómago y miedo en los ojos.
Decían “¡Viva la revolución!”, pero con la voz de quienes no tienen opción.
Y sonreían, sí… porque sabían que la tristeza podía ser sospechosa.
José, en silencio, se rebeló.
No con armas, no con pancartas.
Su rebelión era más íntima, más peligrosa: pensaba.
Pensaba en voz baja, para no traicionar a nadie, pero también escribía.
Cada noche en su libreta anotaba las grietas del sistema como quien dibuja salidas invisibles:
—“Aquí no falta pan, falta verdad.”
—“Aquí no hay igualdad, hay estancamiento compartido.”
—“Aquí no hay libertad, hay euforia de papel.”
Un día, en un bar frente al Malecón, un viejo revolucionario le ofreció ron y nostalgia. Hablaron de Martí, del Che, de sueños oxidados. El viejo le dijo: —Aquí somos felices, ¿no lo ves? Y José respondió: —Sí, pero ¿a costa de qué?
—¿Prefieres el caos capitalista?
—Prefiero elegir mi caos antes que aceptar una felicidad que no es mía.
Esa noche, escribió una sola frase en su cuaderno:
“Prefiero la tristeza de ser libre que la alegría de ser obediente.”
Al día siguiente, antes de partir, cruzó la calle y la vio: una muchacha con cuerpo de tentación y ojos de derrota. No vendía souvenirs ni café: vendía su cuerpo por una cena decente o unos dólares discretos.
No sonrió. Tampoco fingió. Solo lo miró. Y en ese gesto desnudo, José reconoció su última señal de rebeldía:
el cuerpo como trinchera ante un sistema que prometió dignidad y entregó despojos.
Y supo entonces que la revolución más real ya no la hacen los gritos… sino los cuerpos que sobreviven a la mentira sin perder el alma.
FIN
José Fun Sang
Wen Si Yuan
聞思源

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