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lunes, 18 de agosto de 2025

LA FE DE LA MUJER CANANEA

 


JESUS, LA MUJER Y JOSÉ (WEN SI YUAN)

Camino por los senderos polvorientos de Galilea. La multitud se abre ante mí como un río lento. El sol quema mi nuca, y la tierra seca cruje bajo mis pies, como un eco áspero que acompaña mi súplica, recordándome que incluso la tierra comparte la resistencia del cielo.  Allí está Jesús, rodeado de gente, y a sus pies, arrodillada, una mujer extranjera,  suplica por su hija atormentada. Escucho cómo Él responde:
“No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos”.

Mi corazón se acelera, siento un nudo en la garganta, y no puedo quedarme callado. Doy un paso adelante, mi túnica rozando la arena, y hablo:
—Maestro, ¿cómo puedes hablar así a alguien que sufre? ¿No conoces su dolor? ¿No tienes compasión?

Jesús me mira. Sus ojos, profundos y serenos, parecen leer cada pensamiento que intento ocultar. Su voz, calmada y firme, me responde:
—José, mi camino comenzó con los hijos de Israel. Mi misión tiene un límite inicial.

Frunzo el ceño, mis manos tensas, y replico con firmeza:
—Jesús, pero si tu poder y tu sabiduría son infinitos, ¿por qué excluirla? ¿Por qué la rigidez cuando la misericordia podría ser infinita?

La mujer escucha y, con humildad y astucia, se vuelve hacia Jesús:
—Señor, incluso los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

El aire se vuelve denso. Siento cómo cada respiración es contenida por la multitud. Escucho el crujir de la arena bajo los pies de los presentes y observo a Jesús. Sus párpados se entrecierran; un gesto leve cruza su rostro. La fe activa de la mujer lo ha mostrado algo que él aún no había considerado.

—Oh mujer —dice finalmente, con voz tranquila pero respetuosa—, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.

Un estremecimiento recorre mi pecho mientras la mujer se aleja con su hija liberada. Me acerco, respirando con fuerza, y hablo de nuevo:
—Nuevamente me dirijo a El diciéndole: Maestro, ¿tu dureza inicial no era crueldad, sino prueba? ¿Un modo de enseñar que la fe activa puede transformar la rigidez de la autoridad?

Él asiente apenas. Y mientras camino junto a Él, mis pasos levantan pequeñas nubes de polvo, pienso: No me enfrento a un dios distante e inflexible, sino a un hombre sabio, un profeta, con misión y límites culturales. Y aun así, la gracia se abre a quienes persisten con humildad y audacia.

Mi mente no deja de cuestionar: ¿Cuántas veces he sentido un “no” como injusto, como cruel? ¿Cuántas veces la autoridad humana o divina parece cerrada? Pero tal vez la verdadera prueba está en la fe activa, en no aceptar la primera negativa, en insistir con humildad y creatividad.

Siento el sol en mi espalda, el aroma del polvo y la hierba seca. Reflexiono: Cada límite que la vida me presenta puede ser transformado por la audacia y la perseverancia. Muchas veces no enfrentamos un ser omnipotente, sino humanos sabios, con autoridad parcial. Y aun así, la misericordia puede alcanzarnos, si insistimos, si creemos.

Jesús se detiene junto a mí. Sus ojos me miran con ternura y comprensión. Su voz, suave y serena, llega a lo más profundo de mi ser:
—Me alegro, José, de que hayas entendido. La verdad no es un camino fácil, ni un día claro y diáfano. No todos la alcanzan, pero está ahí, para quien quiera tenerla.

Siento un nudo en la garganta, y sin pensarlo, Jesús me abraza. Sus brazos envuelven mis hombros con firmeza y calor. No hay palabras, solo la sensación de comprensión absoluta. Lágrimas recorren mis mejillas, mezclándose con el polvo de la tierra y con la luz tibia del sol que cae sobre nosotros.

Todo parece detenerse. La tensión, la duda, la pregunta sobre la justicia y la misericordia se disuelven en un silencio cargado de significado. Cada respiración compartida es un lazo invisible que conecta sabiduría, fe y humanidad.

Jesús me suelta lentamente, pero su mirada sigue sosteniéndome. Un último gesto, una sonrisa apenas perceptible, y sé que este encuentro permanecerá conmigo siempre. Camino unos pasos adelante, yo, José Fun Sang, Wen Si Yuan, con el corazón abierto, con la certeza de que la verdad existe, aunque no siempre sea clara, y con la humildad de quien ha visto que la perseverancia, la fe y la audacia pueden abrir caminos donde antes había límites.

El sol de Galilea cae a mi alrededor, tibio y dorado, y siento que llevo conmigo no solo la enseñanza de la mujer cananea, sino la comprensión de que la vida misma es un diálogo constante con la verdad, la misericordia y la propia fe.

FIN


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