Cuando la Biblia desafía la conciencia
En muchos templos se repite con firmeza que “la Biblia es la palabra de Dios, sin errores, sin interpretaciones”. Se nos enseña que todo lo que allí aparece fue dictado directamente por Dios, que no hay espacio para dudas, matices ni cuestionamientos.
Pero entonces… ¿cómo explicar que ese mismo Dios —que supuestamente es amor, compasión y justicia— haya ordenado en varios pasajes del Antiguo Testamento la matanza de pueblos enteros, incluyendo mujeres, ancianos, y hasta niños de pecho?
Ejemplos que incomodan
En Josué 6, durante la conquista de Jericó, se narra con crudeza:
> “Destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, ovejas y asnos.”
Más adelante, en 1 Samuel 15, Dios supuestamente le ordena a Saúl que no deje sobreviviente alguno:
> “Ve y destruye completamente a los amalecitas: no los perdones. Mata a hombres, mujeres, niños y aún a los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.”
Y en Números 31, tras una batalla contra los madianitas, Moisés —guiado por mandato divino— ordena matar a todos los varones y mujeres que hayan conocido varón, dejando vivas solo a las vírgenes.
¿Es esto justicia divina? ¿Es esta la voz de un Dios perfecto, o la de un jefe tribal justificando sus conquistas en nombre del cielo?
La contradicción que duele
Si Dios es amor, si es el protector de los inocentes, ¿por qué aparece ordenando matar precisamente a quienes no pueden defenderse ni tienen culpa alguna?
¿Qué pecado puede tener un bebé?
¿Acaso un niño que aún no ha aprendido a hablar merece ser pasado por la espada porque nació en el pueblo “equivocado”?
Estas preguntas no son blasfemas. Son humanas. Son necesarias.
Porque creer con los ojos cerrados no es fe, es sometimiento.
¿Palabra de Dios o palabra del hombre?
Aquí aparece una disyuntiva crucial para todo creyente:
Si la Biblia fue dictada palabra por palabra por Dios, entonces debemos aceptar que Dios ordenó esas matanzas, y reconciliar eso con su supuesta perfección y amor infinito.
Pero si la Biblia fue inspirada por Dios pero escrita por hombres, entonces debemos reconocer que esos hombres pudieron haber proyectado en Dios sus propias guerras, sus odios, su sed de poder y su necesidad de justificar lo que hacían en nombre de la divinidad.
No es una idea nueva. Muchos teólogos han afirmado que la Biblia refleja tanto la búsqueda de Dios como los errores del ser humano. Y que no todo lo que está en ella debe leerse como mandato eterno, sino como testimonio de una evolución moral y espiritual.
El problema del literalismo
Cuando se toma la Biblia literalmente, sin análisis ni contexto, se corre el riesgo de justificar lo injustificable:
Genocidios como el de los amalecitas
Castigos colectivos
Esclavitud como derecho divino
Sumisión forzada de la mujer
Pena de muerte por infracciones morales
¿De verdad eso refleja al Dios que hoy decimos adorar? ¿O refleja a una humanidad que necesitaba controlar, temía al diferente, y usaba a Dios como excusa?
¿Dios se equivoca?
No. Pero quienes hablaron en su nombre, sí pueden haberse equivocado.
La fe madura no es la que acepta todo sin pensar. Es la que se atreve a confrontar, a cuestionar y a seguir buscando con honestidad.
La Biblia puede ser un libro sagrado sin que todo en ella sea infalible.
Tal vez Dios no habló en gritos de guerra ni en órdenes de exterminio. Tal vez su verdadera voz fue la que más tarde se oyó en labios de los profetas que clamaban por justicia… y mucho más tarde, en las palabras de aquel hombre que dijo:
> “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…”
Un llamado a repensar
No escribo esto para negar la fe, sino para sanarla.
Para invitarte a pensar con libertad, sin miedo, sin cadenas.
Porque si un niño inocente no puede ser culpable de guerra alguna, entonces Dios tampoco puede ser su verdugo.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de temerle a las preguntas y empezar a abrazarlas.
Tal vez cuestionar la violencia en nombre de Dios sea la forma más honesta de buscarlo.
José Fun Sang
Wen Si Yuan
冯上哲

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