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viernes, 3 de octubre de 2025

CRONICA DEL 2060

 

Algunos de la generación del siglo XX habrán llegado vivos hasta el 2060, sostenidos por la medicina genética, los nanobots y los trasplantes impresos en laboratorio. Pero lo que encontrarán será un mundo tan distinto, que quizás se pregunten si valió la pena vivir tanto para ver tanto.

La tecnología nos habrá superado. Las máquinas pensarán, decidirán, crearán. El ser humano, desnudo de su alma, quedará reducido a un cuerpo intervenido, modificado, reciclado. La mezquindad, sin embargo, seguirá intacta: la codicia y el egoísmo no se habrán extinguido, sino refinado con herramientas nuevas.

En ese escenario, los géneros se multiplicarán, las identidades serán fluidas hasta lo inabarcable. Pero más allá del cuerpo, la gran pregunta seguirá siendo si todavía habrá un espíritu, una esencia, un “alma” que dé sentido a tanta mutación.

💭 ¿Y dónde queda el amor en el  2060?

En un mundo saturado de pantallas, algoritmos y cuerpos intervenidos, el amor corre el riesgo de ser la gran víctima invisible del progreso. En el 2060, quizás muchos ya no lo busquen como vínculo del alma, sino como un servicio más en la vitrina digital.

El amor físico quedará reducido a contratos temporales, encuentros programados por aplicaciones que garantizan compatibilidad biológica o placer inmediato. Será un intercambio eficiente, sin misterio, sin fragilidad, sin esa chispa de lo imprevisto que antes hacía latir el corazón.

En el plano virtual, proliferarán relaciones donde dos seres no se toquen nunca. Avatares perfectos reemplazarán la imperfección humana, simulando ternura, pasión o compañía con una fidelidad engañosa. Miles creerán amar, pero en realidad estarán acariciando un espejismo diseñado por software.

La pregunta es si el amor, como lo entendimos en siglos pasados —esa entrega total, esa locura que hace que alguien renuncie a sí mismo por otro— podrá sobrevivir en un tiempo donde todo se calcula, todo se programa, todo se controla.

Tal vez quede reducido a un recuerdo, a una nostalgia heredada de abuelos y bisabuelos que se atrevieron a creer en lo imposible. O quizás, en medio de tanta frialdad digital, resurja como un acto de rebeldía: amar de verdad, sin algoritmos, sin contratos, sin pantallas.

Porque en 2060, tal vez la mayor revolución no sea tecnológica, sino emocional: atreverse a sentir de manera auténtica en un mundo que ya no cree en sentimientos.

Un mundo nuevo y distinto, sí. Pero también un espejo de lo mismo de siempre: la lucha por sobrevivir, por dominar, por no ceder lo poco que tenemos.

FIN

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