Introducción
Hay preguntas que no buscan respuestas, sino claridad.
Entre ellas, una resuena desde el origen:
si Dios es eterno y todo lo abarca, ¿cómo puede existir el tiempo, el cambio, la libertad y el dolor?
Este ensayo no intenta resolver el misterio, sino contemplarlo.
Porque en esa contemplación —no en la certeza— se revela la fe más pura:
la que no teme a la razón, la que no discute con la duda, sino que la abraza.
El Bloque del Tiempo
En el instante en que Dios pronunció el universo, el tiempo nació.
La nada se curvó en sí misma, y la luz comprendió que existía.
Desde entonces, el antes y el después comenzaron su danza interminable.
Pero Dios no danza con ellos.
Permanece fuera del compás, donde no hay ritmo ni duración, solo presencia pura.
Su eternidad no es un camino, sino un punto inmóvil desde el cual todo es visible.
Nosotros, criaturas del fluir, medimos los días y tememos las despedidas; necesitamos los relojes para comprender la espera.
Él no espera: es.
Y en su mirada, el tiempo no avanza, sino que se despliega, como una pintura que revela a la vez su principio, su trama y su final.
> Así, la creación entera —cada estrella, cada lágrima, cada respiro— forma parte del mismo Bloque del Tiempo: un todo suspendido en la eternidad divina, donde lo que fue y lo que será, ya son.
El Saber que no impone
Dios conoce el todo.
No porque adivine el futuro, sino porque el futuro no le es futuro.
Para Él, todo ocurre en el mismo acto eterno de su conciencia.
No hay sorpresa porque no hay espera, pero hay ternura en cada instante que contempla, como si cada decisión humana fuera una nueva chispa de su amor infinito.
Su conocimiento no obliga: revela.
Él no escribe nuestra historia con tinta de destino, sino que la observa mientras la escribimos, y en cada línea que trazamos, su luz nos acompaña, no nos fuerza.
El saber humano se apoya en el tiempo: necesita que algo ocurra para conocerlo.
El saber divino, en cambio, es simultáneo al ser mismo de las cosas.
Dios no sabe porque ve, sabe porque es.
Por eso su conocimiento no destruye la libertad: la hace posible.
Porque en su eternidad, Él sostiene todos los caminos que podríamos elegir, pero solo se cumplen aquellos que nosotros, en el tiempo, decidimos recorrer.
Su saber abarca todas las sendas, su amor nos acompaña en la elegida.
Así, el hombre camina libre dentro de un universo ya conocido por Dios, pero no predeterminado.
Y en ese misterio se funden la omnisciencia y la esperanza: Dios lo sabe todo, y aun así, espera.
El Silencio que Ora
Si Dios todo lo sabe y todo sostiene, ¿qué sentido tiene pedirle algo?
¿Favorece al que implora y desoye al que calla?
No.
Dios no es juez que reparte milagros, ni mercader de consuelos.
El orden que creó no se altera por súplicas, porque su voluntad no es capricho: es ley amorosa y perfecta.
La oración, entonces, no es un acto para mover a Dios, sino para movernos a nosotros.
No cambia el designio divino, sino la conciencia humana.
En ella, el hombre no convence a Dios: se convence de Dios.
El dolor, la pérdida, la enfermedad y la muerte, no son castigos ni olvidos. Son parte del equilibrio invisible por el cual la existencia se renueva a sí misma.
> Por eso, la oración más pura no es la que pide, sino la que acepta.
La que se hace silencio, y en ese silencio, entiende.
La Gracia de Ser
Si somos del divino, orar no es pedir: es recordar.
Recordar que en nosotros arde la misma chispa que dio principio al universo, y que esa llama —por tenue que parezca nunca se extingue.
La oración verdadera no busca cambiar lo que ya es perfecto, sino alinearse con esa perfección.
Es el acto humilde y poderoso de quien comprende que Dios no está fuera, esperando ser convencido, sino dentro, esperando ser despertado.
Orar, entonces, es reconocer la gracia de ser. Es creer que, por el simple hecho de existir, tenemos la fuerza para levantarnos después de caer, para rehacernos del error, para creer en el cambio aunque el pasado murmure lo contrario.
Cuando el hombre ora con fe, no invoca a un Dios lejano: invoca al Dios que ya lo habita.
Y en ese encuentro interior, no pide milagros, los realiza.
La Ley Interior
Antes de que existieran templos, ya existía el bien.
Antes de que el hombre pronunciara el nombre de Dios, ya sabía —sin saber cómo—
que hacer daño era negar algo sagrado dentro de sí.
Esa voz silenciosa que nos orienta no viene de la costumbre ni del miedo, sino del origen mismo de nuestra existencia.
La moral, entendida así, no nace de la religión: la precede.
Es la huella del Creador en la criatura,la brújula interna que nos recuerda hacia dónde apunta la luz.
Por eso, incluso quien no cree, cuando obra con bondad, honra a Dios sin saberlo.
Porque el bien no necesita altar: se basta con el corazón que lo elige.
La religión puede enseñar, guiar, acompañar, pero la moral profunda, la que nace de la empatía y el amor, es un lenguaje universal inscrito en el alma humana.
Mientras esa inclinación exista, habrá esperanza.
Porque en cada acto justo, en cada compasión sin testigos, Dios vuelve a manifestarse.
Epílogo
El Bloque del Tiempo no encierra, revela.
Nos muestra que la eternidad no está después de la vida, sino latiendo dentro de ella.
Que la oración no es súplica, sino conciencia.
Que el bien no pertenece a una religión,
sino al alma que recuerda su origen.
No hay contradicción entre fe y razón
cuando ambas se inclinan ante el mismo misterio.
Porque en lo profundo, no hay duda:
solo presencia.
Hay esperanza, porque Dios trasciende, y nosotros con Él.
FIN

Dios creo el universo y lo creo en función del tiempo. Los científicos terrícolas nos dicen ….que el universo …se sigue expandiendo….y yo me cuestiono: dentro de que ? Se expande ..? y en función de que tiempo… ? Las leyes que gobiernan la sabiduría del hombre buscan con lógica y razón respuestas a lo desconocido. La Fe en Dios , la desarrollamos …. Segundo a segundo… en cada respiración. Excelente escritura … shie shie !! BK
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