Una vida bien vivida, un adiós lleno de amor y paz
El último adiós
Don Luis Manuel y su esposa Elba llevaban 65 años de casados. Esa tarde, la familia entera estaba reunida a su alrededor. Reposaba tranquilo, rodeado del amor de los suyos.
—Hijito —le dijo a su primogénito, que llevaba también su nombre, Luis Manuel—, ¿ya está todo arreglado?
—¿Para qué, papá?
—Para mi entierro.
—Ay, papá, no diga eso. Usted no se preocupe.
—Es que sí, hijo… Este cuerpo ya no aguanta más. Quedarse sería hacerlos sufrir. Ya es hora de partir. Pero me voy tranquilo. Fui esposo, fui padre… y tuve buenos hijos.
Cerró los ojos. A los pocos minutos, expiró. Su rostro reflejaba la paz de quien se despide sin miedo ni culpa, con la serenidad de haber amado profundamente.
El dolor de la ausencia
Murió la madrugada de hoy, 7 de mayo, justo el día en que cumplía 99 años.
Por la mañana, Elba, su compañera de vida, se acercó a su hija Elenita con los ojos húmedos por el llanto.
—Ay hijita… yo no sé cómo voy a vivir sin tu papá…
En esa frase cabía todo: la tristeza, la gratitud, el vacío. Lo lloraban con amor, sin remordimientos. Sabían que Don Luis Manuel se fue en paz.
Las puertas del cielo
Don Luis Manuel llegó al cielo. San Pedro lo esperaba a la entrada, serio pero con una mirada amable.
—Antes de entrar, confiésame tus pecados —le dijo.
Luis levantó la cabeza con serenidad.
—Pequé de exceso de amor —respondió con una sonrisa leve.
San Pedro lo miró en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Entonces entras con honor —le dijo, emocionado—. Vamos.
Y lo acompañó hasta la presencia de Dios.
El mejor recuerdo
Dios lo recibió con una sonrisa cálida.
—Luis Manuel —le preguntó—, ¿cuál fue el mejor recuerdo de tu vida?
Luis no dudó ni un segundo:
—Mi familia, Señor. El calor de mi casa, las risas de mis hijos, los domingos juntos, las lágrimas compartidas, la mano de mi Elbita siempre conmigo. Nunca me faltó el amor.
Dios asintió, conmovido.
—Entonces viviste bien, hijo mío. Descansa. Tu lugar está aquí.
Una herencia de amor
Aunque el dolor es profundo, sus hijos y nietos lo saben: Don Luis Manuel no se fue triste. Se fue lleno de paz, con la certeza de haber cumplido su misión en esta vida.
Y alguien, entre los más pequeños, dijo con inocencia:
—El abuelito no murió… Solo fue a ver cómo está el cielo, para cuando nos toque a nosotros.
Reflexión
Porque quien amó tanto, no se va del todo. Se queda en los gestos, en los recuerdos, en las historias… y en cada rincón del corazón de quienes lo amaron.
Es que se cosecha amor cuando se ha sembrado amor con amor.
Porque no basta con dar, hay que hacerlo con entrega genuina, con ternura, con fe. El amor que se ofrece desde lo más profundo del corazón, sin esperar recompensa, encuentra su camino de regreso, florece en otros y vuelve a ti como una caricia del destino.
FIN
Siembra, el tiempo es ahora.
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