El primer aliento de la madrugada
El sol apenas asoma por la ventana, tímido, como si temiera interrumpir lo que han creado en la oscuridad.
Pero ya no importa.
Nada importa.
El aire huele a sexo, a sudor, a deseo, a promesas incumplidas.
El colchón está hecho un desastre, los sábanas arrugadas, como si la guerra nunca hubiera terminado.
Y tú, tumbada sobre él, entrelazada en sus brazos, sientes que el mundo vuelve a girar, pero ya no es el mismo.
Ya no eres la misma.
Tu cuerpo late, palpita, aún vibrando de la intensidad de lo que acaba de ocurrir.
Tus piernas lo rodean de nuevo, involuntarias, buscando el calor de su piel.
Él, adormilado, te mira con esos ojos que tienen algo salvaje, algo insaciable, algo que solo él entiende.
Borra y va de nuevo
“¿Otra vez?” pregunta, su voz ronca, como si fuera el primer día que te ve.
Y tú, temblando, sin pensarlo, afirmas con la mirada, sin palabras, solo con un gesto, una sonrisa desafiante que lo enciende una vez más.
Te toma de la muñeca, de la pierna, de la cintura, como si le pertenecieras, como si fueras la única cosa que ha valido la pena en su vida.
No necesita decir nada.
Ya te conoce.
Te necesita.
Y tú lo sabes.
Se lanza de nuevo, no hay suavidad, no hay tregua.
Es la misma urgencia, el mismo fuego, el mismo hambre.
El deseo se multiplica con cada beso, con cada roce, con cada suspiro que escapa de tus labios.
La cama cruje bajo sus cuerpos, pero tú ya no eres consciente del sonido, ni del lugar, ni de nada.
Solo sientes su cuerpo contra el tuyo, su aliento en tu cuello, sus manos recorriéndote con la misma pasión que antes, como si todo fuera un continuo desbordarse, un sinfín de momentos que no cesan, que no terminan.
Dentro
Él está dentro de ti, pero ahora no es solo físico.
Es una conexión más profunda, como si ambos se hubieran fusionado en algo más grande, algo que ni el tiempo ni el espacio pueden detener.
Lo miras y sus ojos, esos ojos que arden, te atraviesan el alma.
La posesión
Él te posee, pero tú lo posees de la misma manera.
Es un juego sin reglas, sin límites.
Es un amor desbordado, un incendio que nunca se apaga.
En el instante en que te estremece otra vez, te sientes perdida, y no te importa.
Porque estar perdida en él es la única verdad que ahora existe.
En su calor, en su abrazo, en la furia de ese momento, solo eres una sombra de deseo que se entrega sin miedo.
Y cuando llegas al final, ya no sabes si es el final o el principio de algo más.
Los dos caen exhaustos sobre el colchón, cuerpos mojados, entrelazados, respirando al mismo ritmo.
No dicen nada.
No hace falta.
Sus corazones hablan, lo dicen todo.
Y ahí, en el silencio, ya no hay más preguntas.
Ya no hay más palabras.
Solo cuerpos, almas, que siguen buscando la forma de estar más cerca, más intensamente.
Y todo comienza de nuevo, no con un beso, sino con un roce de piel que promete, que invita, que desafía.
Porque ahora saben que esto, lo que comparten, no tiene fin.
Es una espiral que los arrastra a ambos, que los consume y los recrea, una y otra vez.
Y tú lo sabes, y él lo sabe.
Nada más importa.
Solo esta locura, esta pasión que se consume en cada segundo, en cada respiro, en cada roce.
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