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domingo, 6 de septiembre de 2026

LA VIDA ES BELLA

 

Jueves 3 de septiembre de 2026.

17h30.
El Corte, Plaza Lagos, Samborondón.

El motivo oficial era el cumpleaños de Anita y Jimmy.

El motivo verdadero era otro.

Volver a vernos.

Nosotros le llamamos a estas reuniones “Más que Salud”, aunque entre nosotros el nombre ha evolucionado a una denominación mucho más científica y apropiada: “reunioterapia de ex - compañeros”.

Y ahí estábamos.

Casi todos rondando los 67 años. Anita, la cumpleañera, acababa de cumplir 68. Los demás, todavía aferrados a los 67 como quien se aferra a una última tabla de salvación.

Éramos excompañeros del Instituto Particular Abdón Calderón, el IPAC, una escuela mixta en la que algunos de nosotros entramos cuando todavía teníamos cinco o seis años y donde, sin saberlo, comenzamos a construir amistades que sesenta años después todavía siguen funcionando.

Esa tarde estaban:

Tuto Patiño.

Jimmy Salazar, el cumpleañero.

Mario Pacheco.

Y yo, José Fun Sang, que además de asistir tengo la mala costumbre de convertir cualquier reunión en una historia.

Entre las mujeres estaban Tere Solines, Anita Moscoso, Susanita Chootong, Mildred, Tanya Arteaga y María Luisa.

Y faltaban algunos.

Rocío estaba en Quito.

Jorge Nuques había dicho que iba, pero no fue.

Octavio Morán también dijo que iba a ir y tampoco apareció.

Santiago Mendoza no se sintió con ánimo de asistir.

Pero, de alguna manera, también estuvieron.

Porque en estas reuniones uno aprende que la ausencia física no siempre significa ausencia.


Como suele ocurrir en estas ocasiones, Tuto hizo de Uber.

Gratis, naturalmente.

Tuto tiene ese extraño servicio de transporte para excompañeros jubilados: recoge a uno, lleva a otro, a veces pasamos viendo a Rocío y finalmente llegamos al sitio de reunión.

Esta vez recogió primero a Susanita, mi paisana china del grupo, y después me recogió a mí en las afueras de Supermaxi Ceibos.

Cuando llegué, me recibieron como siempre: con una sonrisa cálida.

De esas sonrisas que no necesitan presentación.

No importa que hayan pasado días, meses o años.

Es como si uno hubiera salido ayer del aula.

Nos acomodamos en el carro y comenzó el viaje.

Cuarenta y seis minutos.

Cuarenta y seis minutos hablando de todo.

De los hijos.

De los nietos.

De la vida.

Tuto tiene cuatro hijos.

Yo tengo una nieta, Agustina.

Y Susanita, cero.

Cero polito.

Cero.

Y así, entre conversación y conversación, el tráfico de Guayaquil nos fue llevando hacia Plaza Lagos.

Yo llevaba mi aporte gastronómico: una torta de naranja con chispas de chocolate, rellena de manjar con un toque de Nutella y cubierta con ganache de chocolate.

La había preparado con cariño.

Con pasión.

Porque uno puede hornear para vender.

Puede hornear para cumplir.

Pero hay cosas que uno prepara algo con pasión, porque quiere.

Y esa torta era para mis excompañeros.

Tere también había llevado otra.

Porque en nuestro grupo, aparentemente, un cumpleaños no puede celebrarse con una sola torta.

Hay que asegurarse de que sobrevivan las calorías suficientes para recordar la reunión.


Y entonces apareció Anita.

Anita tiene una característica que todos conocemos.

Le gusta tomar fotos.

Mucho.

Digamos que bastante.

Digamos que es la reina de las fotos.

Anita te toma una foto cuando llegas.

Una contigo.

Otra grupal.

Una con la torta.

Otra con los platos.

Otra porque alguien salió con los ojos cerrados.

Otra porque alguien no sonrió.

Otra porque la anterior no quedó bien.

Solo le falta tomarte una foto entrando al baño.

Y creo que, si pudiera, lo haría.

Aquella noche le pidió al camarero que nos tomara unas fotos.

El hombre obedeció.

Pero cometió un error.

Las fotos no le gustaron.

Anita lo regañó porque, según ella, no sabía tomar fotos.

Después se le cargó a la “attaché”, que sí sabía.

El camarero había pasado de fotógrafo oficial a inútil profesional en cuestión de segundos.

Por supuesto, aquello dio pie a las bromas.

Porque si uno se reúne con sus compañeros de primaria y no se burla de los demás, ¿para qué se reunió?

La versión oficial de la noche es que, después de tanta joda, el camarero se suicidó esa misma noche y la attaché presentó su renuncia.

El dueño del local, horrorizado, habría declarado que prefería pagarnos una reunión completa, con comida y bebida incluidas, en el mejor lugar de Guayaquil, con tal de que no lleváramos a Doña Loquencia, la reina de las fotos.

Todo esto es absolutamente falso.

Pero no por eso deja de ser verdad.


Con Anita, además, yo tengo una relación especial.

Esta noche respondió  a mis bromas con los puños.

No sé si llamarlo amistad o entrenamiento de defensa personal.

En algún momento de la noche, después de una de mis estupideces, Anita comenzó a darme de puñetazos en el brazo derecho.

Uno.

Otro.

Otro.

Y otro.

Hasta que terminé preguntándole al camarero, que en ese momento todavía estaba vivo, si había alguna farmacia cerca.

Necesitaba urgentemente:

Hirudoid.

Voltaren Emulgel.

Mentol chino.

Vick VapoRub.

Linimento Olímpico.

Y, si era posible, un X-Ray como analgésico.

Susanita es doctora.

Así que aproveché para decirle:

—Susanita, para la próxima trae clobazepam. Pero de esos en dosis como para dormir un caballo. A ver si así calmamos a Doña Loquencia.

No sé si Susanita tomó nota.

Pero por seguridad, yo pienso llevar casco a la próxima reunión.


Anita es así.

Es el alma de la fiesta.

Y eso también explica por qué, cuando Anita viaja a Argentina para ayudar a su hija, que es doctora y trabaja allá, nosotros nos quedamos sin reuniones.

Es como si se apagara el motor.

Una vez Anita viajó a Argentina y coincidió en el vuelo con el hijo de Tuto, que era capitán y piloto de LATAM.

Naturalmente, la reconoció.

Naturalmente, la invitó a la cabina.

Y ahí comenzó el problema.

—¿Y esto para qué sirve?

—¿Y esta palanca?

—¿Y esto qué mueve?

—¿Y ese instrumento?

El pobre hijo de Tuto empezó explicando con paciencia.

Hasta que Anita descubrió que había palancas y botones y etc.

Y si hay palancas, hay que preguntar qué pasa cuando uno las mueve.

Según mi versión de los hechos, en determinado momento estuvieron a punto de caer en picada sobre los Andes, Anita había alterado el altímetro de la nave.

Después Anita tomó unas cuantas fotos.

Miles, probablemente.

El piloto ya estaba desesperado.

Y como consecuencia de tanta curiosidad, el avión terminó cambiando el rumbo y aterrizando en Río de Janeiro en lugar de Ezeiza.

Aclaro algo para tranquilidad de LATAM:

todo esto es cuento mío.

Pero si algún día el hijo de Tuto lee esta historia y decide no volver a llevar a Anita a la cabina, yo no me hago responsable.


Mildred había llegado puntualmente a las 17h30.

Pero no sé si demoraron mucho en tomarle la orden, si demoraron en preparar la comida o si simplemente el restaurante había decidido que esa noche cada plato debía ser elaborado artesanalmente desde la siembra de los ingredientes.

Lo cierto es que llegó la hora de las siete y Mildred todavía tenía medio plato.

Ella dijo que solo podía comer hasta las 19h00.

Yo, con la preocupación que caracteriza a un verdadero amigo, le di la solución:

—Atrasa el reloj.

No funcionó.

Después comenzó a decir que sentía mareos.

Entonces le pregunté, muy preocupado:

—Mildred, ¿no será que estás embarazada?

Bueno...

Milagros ocurren.

Je, je.


Jimmy, como siempre, fue generoso.

Pagó toda la cuenta.

Pero lo hizo como siempre lo hace: sin poses, sin alaraca, sin discursos.

Por cariño.

Por el simple gusto de reunirse con los amigos.

Y eso, quizás, es una de las cosas más bonitas de estas reuniones.

Aquí nadie está tratando de demostrar nada.

No estamos compitiendo.

No estamos tratando de aparentar que somos más jóvenes, más exitosos, más ricos o más importantes.

Estamos juntos.

Eso basta.

Porque si comenzamos a compartir desde que teníamos cinco o seis años...

¿cómo no va a dar gusto volver a sentarse juntos?


Y mientras comíamos, comenzaron a aparecer los recuerdos.

Los profesores.

Los compañeros.

Las historias.

El IPAC.

El señor Calderón.

El señor Recalde.

El señor Calle.

Y en sexto grado, el profesor Fiallos.

Como era gordo, naturalmente, nosotros le decíamos a sus espaldas:

el Gordo Fiallos.

También estaba el inspector Cascante.

Bajo.

Gordo.

De bigote.

Odiado por todos.

Un hombre que, según nuestros recuerdos, era más malo que el mismísimo demonio.

Aunque probablemente, visto desde la perspectiva de un niño de seis o diez años, simplemente era un inspector que hacía su trabajo.

Pero la memoria infantil no tiene matices.

Un inspector con bigote podía parecer perfectamente un agente secreto de  Kaos, los rivales del agente de CIPOL.

Y después aparecieron otros recuerdos.

Tuto se acordaba de Susanita.

Su papá la llevaba al Instituto.

Eran siete hermanos y todos estudiaban en el IPAC.

El carro en el que los transportaban era tan grande que le decían el Batimóvil.

O la lancha.

Y Tuto decía que cuando los hermanos Chootong se ponían en fila, del más alto al menor, parecían un rondador.

Una imagen imposible de olvidar.

Y probablemente imposible de reconstruir exactamente.

Porque los recuerdos no son máquinas fotográficas.

No guardan una copia exacta del pasado.

Los recuerdos se reconstruyen.

Se mezclan.

Se equivocan.

Se corrigen.

Se inventan sin querer.

Susanita, por ejemplo, recordaba que yo siempre había sido gordito.

Hasta ahí podía aceptarlo.

Pero también decía que había sido gordito en el Colegio Americano.

Ahí tuvimos un pequeño problema.

Yo nunca estudié en el Americano.

Estudié en el Javier.

Pero lo bonito no estaba en que Susanita tuviera razón.

Lo bonito era que se acordara de mí.

Quizás había mezclado dos colegios, dos épocas o dos recuerdos.

No importa.

El recuerdo no tiene que ser perfectamente exacto para ser verdadero.

Lo verdadero era que, después de casi sesenta años, todavía existía en su memoria un niño gordito llamado José.

Y eso me pareció hermoso.


Después de la primaria, nuestras vidas comenzaron a separarse.

Algunas de las chicas fueron al Americano.

Otras al María Auxiliadora.

Los varones fueron al San José unos  y otros fuimos al Javier

Los cuatro varones que estábamos allí esa noche —Tuto, Jimmy, Mario y yo— terminamos en el Javier.

Y allí, por supuesto, tenemos otro grupo.

Un grupo de vagos.

Jubilados.

Gente de mal vivir.

Barrio bajeros.

Respetables ciudadanos que se reúne en un Sweet & Coffee.

Y que tiene al local al borde de la quiebra.

Porque nos sentamos horas y horas y no consumimos nada.

Somos tan conchudos que algunos llevan las botellas de agua de la casa.

El negocio nos ve llegar y probablemente piensa:

—Otra vez estos, los que ocupan la mesa por tres horas y son tan conchudos que traen botellas de agua de sus casas.

Pero seguimos reuniéndonos.

Porque, al final, eso es lo que importa.


Algunas compañeras se hicieron doctoras.

Tanya y Susanita.

Las dos lindas personas.

Las demás también, aunque no sean doctoras.

Je, je.

Y aparecieron nombres de compañeros que ya no estaban.

Algunos se fueron a otros países.

Otros estaban lejos.

Otros simplemente no pudieron venir.

Rocío estaba en Quito.

Jorge dijo que venía.

Octavio también.

Santiago no se sentía con fuerzas para hacerlo.

Y entonces comprendimos que la vida, en estos casi sesenta años, nos ha llevado por caminos muy distintos.

Algunos cerca.

Otros lejos.

Algunos con salud.

Otros con preocupaciones.

Algunos con hijos.

Otros con nietos.

Otros sin hijos.

Algunos con historias que conocemos.

Otros con historias que apenas imaginamos.

Pero todos llevamos algo de aquel grupo de niños.


Y ahí está, creo yo, el verdadero sentido de estas reuniones.

Aquí no venimos a criticar si estás más feo.

Ni si estás más gordo.

Ni si tienes más arrugas.

Ni si tienes menos pelo.

Ni si caminas más despacio.

Ni si recuerdas mal el colegio donde estudiaste.

Venimos a otra cosa.

Venimos a compartir las alegrías.

Y también a solidarizarnos con las tristezas.

A alegrarnos cuando al otro le va bien.

A preocuparnos cuando no.

A recordar.

A reírnos.

A contar otra vez historias que probablemente ya hemos contado veinte veces.

Y a descubrir que, aun después de sesenta años, seguimos teniendo ganas de escucharlas una vez más.

Eso es amistad.

No la amistad de las fotografías bonitas.

La amistad real.

La que sobrevive a la distancia.

A los años.

A los cambios.

A las equivocaciones.

A los silencios.

A los kilos.

A las canas.

A los recuerdos mal acomodados.

Y hasta a los puñetazos de Anita.


Hay una frase de Facundo Cabral que siempre me ha gustado cuando pienso en los amigos: “A mis amigos les adeudo la ternura”.

Y quizás eso sea exactamente lo que nos debemos unos a otros.

Ternura.

Palabras de aliento.

Un abrazo.

Paciencia para soportarnos nuestras espinas, nuestros arrebatos de humor, nuestras negligencias, nuestros temores y nuestras dudas.

Porque nadie llega a los 67 o 68 años intacto.

Todos hemos perdido algo.

Todos hemos ganado algo.

Todos tenemos alguna pena escondida.

Todos tenemos alguna alegría que queremos compartir.

Y quizá por eso nos necesitamos.


Mientras avanzaba la noche pensé también en aquella otra canción que habla de los amigos y de la distancia, sí, esa de José Luis Perales, la misma (Distancia).

“¿Dónde estarán los amigos...?”

La pregunta tiene ahora otro significado.

Porque algunos están en Quito.

Otros en USA.

Otros en otros países.

Otros ya no están, ya se jueron para el mas allá porque se cansaron de estar en el mas acá.

Y nosotros seguimos aquí.

Sentados alrededor de una mesa.

Comiendo.

Riéndonos.

Recordando.

Viendo fotografías.

Escuchando a Anita discutir con el fotógrafo.

Viendo a Mildred abandonar medio plato.

Yo tratando de salvar mi brazo derecho de tanto golpe.

Jimmy pagando la cuenta.

Tuto haciendo de Uber.

Susanita recordando equivocadamente mi colegio.

Y todos nosotros, por un instante, volviendo a ser aquellos niños que alguna vez entraron al IPAC sin imaginar que sesenta años después seguirían encontrándose.


Llegó el momento de despedirnos.

Uno se levanta.

Otro abraza.

Alguien dice:

—Nos vemos en la próxima.

Y todos sabemos que no hay garantía.

Porque la vida no firma contratos.

Por eso quizás cada reunión tiene algo de celebración y algo de despedida.

Nos vamos con la esperanza de volver a vernos.

Los mismos.

O más.

Porque algunas excompañeras ya han manifestado su deseo de incorporarse a este selecto grupo de vagos y vagas.

Serán bienvenidas.

Aunque deberán cumplir un requisito fundamental:

venir con ganas de reírse.

Y si pueden, que traigan torta.


Mientras regresaba a casa, pensé que quizás la vida no consiste solamente en acumular años.

Consiste en acumular personas.

Momentos.

Historias.

Abrazos.

Risas.

Recuerdos.

Y amigos que, aunque el tiempo haya cambiado sus caras, sus cuerpos, sus vidas y hasta sus recuerdos, todavía pueden sentarse alrededor de una mesa y sentirse, por unas horas, exactamente como cuando tenían seis años.

Sesenta años después seguimos encontrándonos.

Seguimos riéndonos.

Seguimos recordando.

Seguimos preocupándonos por el otro.

Seguimos alegrándonos por sus alegrías y entristeciéndonos por sus penas.

Y entonces entendí algo que quizás ya sabía, pero que esa noche volvió a hacerse evidente:

la vida es bella.

No porque sea perfecta.

No porque siempre nos dé lo que queremos.

Sino porque, de vez en cuando, nos concede estos pequeños milagros.

Un jueves cualquiera.

Una mesa.

Dos tortas.

Unos viejos compañeros, unas compañeras viejas.

Unas cuantas bromas.

Un brazo adolorido.

Un montón de fotografías.

Y la maravillosa posibilidad de volver a encontrarnos.

 

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