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miércoles, 9 de abril de 2025

CUANDO LA REINA SE RINDE

Dominio

Kaela Montserrat.

Cuarenta y seis años. CEO de una de las multinacionales más poderosas del continente. Harvard, dos idiomas, cuatro filiales bajo su mando. Su nombre abría puertas y cerraba contratos. En el piso 47 de la torre de vidrio donde reinaba, nadie osaba contradecirla. Todos sabían que, además de su mente brillante, Kaela era campeona nacional de artes marciales mixtas. Una diosa esculpida en músculo, elegancia y autoridad.

Nadie sabía, sin embargo, qué pasaba cuando se cerraban las puertas de su penthouse.

Aquella noche, tras una junta intensa y un sparring de media hora que la dejó jadeante y sudorosa, se quitó el top deportivo frente al espejo, contemplando su cuerpo como una obra que lleva años esculpiendo: abdomen duro, piernas firmes, brazos que podían someter a cualquier rival. Pero lo que hervía dentro de ella no era poder. Era deseo.

Él llegó puntual. No era parte del mundo empresarial ni del octágono. Era un entrenador personal que conoció por casualidad en un retiro de alto rendimiento. Un hombre joven, seguro, fuerte… pero lo que más le gustaba de él era que no se intimidaba. La miraba a los ojos. Le hablaba directo. Y cuando estaban a solas, sabía cómo leer su cuerpo sin que ella dijera una palabra.

—Desnúdame —le ordenó con una voz grave, suave pero firme.

Él sonrió, se acercó, y comenzó a quitarle las prendas lentamente, disfrutando cada centímetro de piel que se revelaba. Pero antes de que él tomara el control, Kaela lo empujó contra la pared, lo mordió, lo hizo suyo. Lo montó con hambre, con furia, como si fuera una lucha más… hasta que algo en su interior se quebró.

Entonces lo miró a los ojos, jadeando, los muslos aún temblorosos.

—Ahora te toca a ti… y no quiero piedad. Quiero que me uses. Quiero olvidarme que soy yo. Quiero que me tomes como si no fueras a volver a verme nunca más.

Y él lo hizo.

La dominó contra la pared, contra la mesa, en el suelo de mármol frío. La hizo gemir, la hizo gritar, la hizo rogar. Ella, que jamás bajaba la cabeza frente a nadie, la inclinó por deseo. Y en ese abandono encontró algo más profundo que el placer: libertad.

Cuerpo a cuerpo, la Bestia y la Diosa


Esa noche no hubo límites.

Kaela no fue la CEO implacable, ni la guerrera invencible. Fue mujer. Cuerpo, piel, hambre. Se desnudó no solo de ropa, sino de poder, de orgullo, de control. En esa habitación, en la oscuridad cálida de su refugio, ella no mandaba: obedecía.

Se entregó a él con una docilidad que nunca había permitido a nadie. Su cuerpo entero lo recibió sin reservas, sin tregua, sin reglas. Él la tomó como un animal hambriento, con fuerza, con rudeza, con una brutalidad medida solo por la intensidad de su deseo. Kaela no se resistió: se abrió, lo abrazó con las piernas, lo clavó en lo más profundo de sí, le pidió más, aún cuando dolía, aún cuando sentía que el placer se mezclaba con ese ardor punzante que rozaba la frontera del dolor.

Lo deseaba así. Lo necesitaba así.

Sus suspiros se volvieron jadeos, sus jadeos en gritos ahogados entre mordidas. Dejó que él la doblegara, que la inmovilizara, que la penetrara una y otra vez hasta quebrarla. No le importaba sentir su sexo ardiendo, sensible, hinchado. No le importaba la piel marcada por sus manos, por sus dientes. Más bien, lo buscaba. Lo provocaba.

Ella, que en todo gobernaba, se rendía por completo en ese lecho.

Y en esa rendición, en ese abandono absoluto, descubría una forma distinta de poder. El poder de no tener que ser fuerte, ni perfecta, ni invulnerable. El poder de simplemente sentir. De vivir con el cuerpo lo que su alma nunca se atrevía a decir.

Ella lo poseyó

Esa noche, Kaela lo quiso todo.

Cada gota, cada centímetro, cada gesto de entrega. Cuando él gimió, a punto de estallar, ella se arrodilló con la urgencia de quien necesita consagrar un ritual. Lo miró con los ojos brillantes, húmedos, suplicantes. Y lo tomó. Lo envolvió con los labios, lo acarició con la lengua como si bebiera un secreto antiguo, sagrado. Quería que explotara allí, en su boca, porque para ella, ese instante era lo más íntimo que un hombre podía darle a una mujer: su esencia, su alma en forma de deseo líquido. Y cuando lo sintió estallar, profundo y caliente, no apartó la boca. Lo saboreó. Lo atesoró.

Pero no era suficiente.

Lo llevó a la cama, aún jadeando, y se colocó de espaldas, ofreciéndose sin pudor, sin reservas. Le pidió ser traspasada desde atrás, sin compasión, sin freno.

—Hazlo —susurró con voz temblorosa pero decidida—. No me cuides. No esta noche.


Y él obedeció. La tomó con una fuerza cruda, casi salvaje, haciéndola gritar, retorcerse, rendirse en una mezcla perfecta de dolor y placer. Kaela no pidió tregua. Quería perderse. Dejar atrás las reuniones, los trajes, las decisiones, los números. Quería ser solo cuerpo. Ser una mujer atrapada en la embestida de un hombre que no la conocía como CEO, sino como hembra ardiente, voraz, hambrienta.

El Kamasutra pareció quedarse corto.

Los cuerpos, musculosos, elásticos, se fundieron en formas imposibles, en ángulos desconocidos. Cabalgó sobre él con maestría, dominando el ritmo, la profundidad, sus propias olas de placer. Se inclinaba hacia atrás, se arqueaba, se aferraba a su pecho, lo marcaba con uñas y gemidos. Pero también se dejaba cubrir, abrir, penetrar profundamente mientras él la miraba a los ojos, y en ese cruce de miradas ardía todo: la lujuria, el éxtasis, la rendición.

Amaron como si el mundo fuera a terminar esa noche.

Y cuando el alba asomó tímida por las ventanas del penthouse, Kaela yacía sobre las sábanas revueltas, el cuerpo adolorido, sensible, aún palpitante. Sus muslos marcados, su sexo ardiendo con ese "dolorcito rico" que solo queda cuando se ha amado sin freno. Cerró los ojos y sonrió: aún olía a él, a su sudor, a su semen, a la bestia salvaje que creyó poseerla… sin saber que fue ella quien lo había poseído con su fuego.

Esa noche no se quebró.

Esa noche, Kaela fue más que poderosa. Fue libre. Fue ella misma en carne viva.

Y lo volvería a hacer.

Al amanecer, con el cuerpo aún tembloroso, marcada en cada rincón, cerró los ojos y sonrió.

No por él.

Por ella.

Porque esa noche, al fin, fue libre.

Malbec en la piel o

El eco del deseo


Ya sola, en la penumbra tibia de su habitación, Kaela Monserrat dejó que el silencio la envolviera como un amante paciente. Acariciaba con los dedos la copa de vino —Culoroto, su Malbec argentino favorito— mientras una media sonrisa dibujaba en sus labios la nostalgia de lo vivido. El líquido rojo, oscuro y espeso, giraba suavemente entre sus dedos como si imitara los vaivenes de sus recuerdos.

Cada sorbo era un regreso. A la entrega sin límites. A la embestida animal. A las miradas que quemaban. A los gemidos ahogados. Y a la rendición más pura.

Su cuerpo aún ardía en ciertas zonas. No por el dolor, sino por el rastro del placer. Cerró los ojos, reclinó su cabeza hacia atrás, y por un instante revivió el jadeo en su oído, la piel contra piel, el temblor compartido.

Bebió un poco más, despacio, dejando que el vino acariciara su lengua como lo hizo él con su cuerpo.

Qué delicia, pensó. Seguir oliendo a él. A sexo. A desenfreno. A noche infinita.

Y comprendió, en ese instante perfecto, que aunque él creyó dominarla, fue ella quien lo llevó a sus límites.

FIN

Ah, las palabras!

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Hasta la próxima, chaito




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