Algunas casas se levantan sobre cadáveres. Otras, sobre papeles firmados en oficinas sombrías, donde un hombre estampa su rúbrica sabiendo que con eso firma también el deterioro de un hospital, el silencio de una escuela, la desesperanza de un barrio entero. Una muerte lenta. Una ruina elegante.
Decían que don Emilio regalaba viviendas con el dinero de la droga. Pero también estaba el señor Honorio, político intachable en apariencia, que inauguraba canchas con cámaras y cintas coloridas, mientras desviaba millones a cuentas invisibles. Dos hombres diferentes. Un mismo crimen vestido con distinto traje.
Uno mataba con plomo. El otro, con papeleo.
Y en ambos casos, las víctimas se multiplicaban sin rostro. El niño que murió porque no había incubadora. La madre que caminó kilómetros para parir en un centro sin médicos. El adolescente que abandonó la escuela y encontró una pistola más accesible que un libro. Cada coima, cada sobreprecio, cada cargamento, era una sentencia.
La señora Marta vive en un departamento que le fue “asignado” por un organismo estatal manchado de corrupción. Le encanta el piso reluciente, el balcón con vista al río. Pero en las madrugadas, oye golpes secos en las paredes. Como si alguien reclamara.
Siente —no sabe por qué— que sus sueños son visitados por niños flacos, por enfermos sin medicina, por rostros de rabia que la observan desde los azulejos.
“No puede ser”, piensa, “yo no he hecho nada malo”. Y es cierto. Pero se beneficia de un sistema donde el crimen se disfraza de progreso. Y las almas, como en las casas de la colina, regresan. No para culpar, sino para recordarnos lo que no debe repetirse.
Reflexión final:
El dinero que se obtiene a costa del sufrimiento ajeno, sea por la vía del narcotráfico o la corrupción, deja huellas invisibles. Las víctimas no siempre caen bajo las balas. A veces mueren esperando. A veces crecen sin futuro. A veces se convierten en victimarios.
Ni el crimen ni la injusticia se lavan con limosnas ni con discursos. Lo malo, aunque venga envuelto en papel de regalo, sigue siendo malo. Y tarde o temprano, nos toca, nos ronda, nos susurra desde los rincones.
Porque la ética no es negociable. Y el alma, lo sepa o no, siempre sabe cuándo habita en una casa que no le pertenece.
FIN
Se disimula con perfume pero hiede a muerte
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Hasta la próxima, chaito
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