La promesa de la lluvia y el murmullo del parque
Era un sábado 5 de Abril, 2025 casi el ocaso, no hay necesidad de tanta precisión. Habíamos pasado todo el día en casa. José Carlos, nuestro hijo, nos había pedido el auto para asistir a una competencia atlética en Salinas. La casa se quedó en calma, con esa tibieza amable de las tardes sin apuro.
—Voy al parque del Orquideario —me dijo Aure, mi esposa—. Quiero seguir con mis plantitas.
—Te acompaño —le respondí.
—Vamos pronto, antes de que llueva —añadió, mirando al cielo que comenzaba a cubrirse de nubes doradas.
Así, salimos. Ella con su azadita, sus guantes y su entusiasmo. Yo con mi libreta y las ganas de seguir puliendo mis historias, esas que pronto verían la luz del blog.
La visita inesperada
No pasó mucho tiempo cuando un vehículo se detuvo cerca. Era José Enrique y su esposa Patricia. Qué grata sorpresa. Son de esas personas que uno siempre se alegra de ver.
—¡Qué bonito encontrarles aquí! —dijo Patricia con una sonrisa franca.
Ella se acercó donde Aure a conversar de plantas, de hijos, de la vida. José Enrique, mi tocayo, se me unió, conversamos parados, aún no hay bancas donde sentarse. Miramos el parque y comentamos lo bien que se ve.
—¿Sabías que en días despejados se alcanza a ver el Chimborazo desde aquí? —me dijo, mostrándome una foto en su celular.
El cráter nevado, majestuoso, se recortaba contra un cielo azul imposible. Le dije que, desde ese rincón de Ceibos Norte, también podíamos ver a los vecinos de Prosperina. El contraste no empañaba la belleza. Todo tenía su lugar, su historia.
Las preguntas de mamá y el cerro lleno de vida
Le conté que cada vez que miraba hacia la Prosperina, me acordaba de los cuadros de Endara Crow y que también recordaba a mi madre. Siempre se preguntaba cómo vivía la gente allá arriba, cómo llegaban a sus casas, cómo subían un tanque de gas. Ella, con su alma buena, no entendía que entre la precariedad también hay dignidad y amor.
José Enrique me señaló una casita en lo alto. Allí vivía uno de sus colaboradores, me dijo. Desde allá arriba, ese hombre podía ver su casa aquí, en Ceibos Norte. Una metáfora de dos mundos que se observan sin tocarse.
Guía no oficial, corazón lleno
Me convertí en guía no oficial del parque. Le conté cómo era antes: un terreno baldío, sucio, olvidado. Ahora era un espacio vivo. Flores que parecían pintadas, con aromas dulzones, casi frutales. Tal vez a melón, dije. Muy rico.
Hablé de las suchis que parecen pintados a mano, que tienen una aroma delicada, frutal, suave, dulzona, de la rosa de novia, del zapallo que pronto estaría listo y de la mata de papaya. Las orquídeas que pronto llegarían. Y las hierbas: menta, albahaca, hierbabuena, cola de caballo, oréganon… Como un jardín de la esperanza, diverso y útil.
—¿Y qué harán en ese montículo? —preguntó José Enrique.
—Terrazas —respondió Aure sin levantar la vista—. Con variedades ornamentales.
Comentamos la necesidad de cerrar con un murito bajo, unos 50 cm, para evitar que los perros ingresen, hagan sus necesidades y escarben. Todo había sido hecho con esfuerzo y amor, hay que cuidarlo para seguir disfrutándolo.
Un proyecto mayor, un sueño comunitario
Con mi tocayo hablamos de lo que falta: piso, bancas, energía eléctrica —porque las lámparas actuales son solares—, y una pérgola para protegernos del sol inclemente. Le conté que ya había hablado con el presidente del directorio para que entregara el proyecto oficialmente a la ciudadela.
—Y después —le dije—, rescatar el Parque del Picnic. Ir por fases, pero soñar en grande. Hacer de estos espacios un pretexto para encontrarnos, para vivir sin miedo, para convivir.
Asintió. Entendía. Compartía esa visión.
Tecnología, drones y el alma de las cosas
Terminamos hablando de tecnología, de inteligencia artificial, de drones, de chats. Temas que nos apasionan. Pero incluso ahí, en medio de la modernidad, sabíamos que nada reemplaza la calidez humana de una buena charla, en una tarde serena.
—¿Sabes? —me dijo en voz baja—. A veces pienso que, por más que avance la tecnología, nada supera esto: una tarde así, entre amigos, con la tierra entre los dedos.
El retorno a casa, el ritual sencillo
Se hizo hora de despedirse. Nos ofrecieron llevarnos, pero declinamos. Preferimos caminar. Vivimos tan cerca, a tiro de piedra.
Quedamos en tomarnos un café pronto. Regresamos a casa, contentos. Preparamos la cena: sánduches de pan integral con mayonesa, mostaza, lechuga, tomate, jamón ahumado y queso mozarela. Ella con cola cero. Yo con limonada de frutilla con toque sutil de coco y melón.
La noche y los mundos ajenos
Después, nos refugiamos en la habitación para ver otro capítulo de *Empress Ki*, esa serie coreana que nos mostraba un mundo de intrigas palaciegas, donde el poder corrompía hasta las almas más nobles.
Reflexión final
—Qué diferente es nuestra vida —murmuró Aure, apoyando la cabeza en mi hombro—. Nosotros tenemos esto: un parque, amigos, tardes que saben a felicidad.
Asentí. La verdadera riqueza no estaba en el oro, ni en los títulos, sino en esos instantes pequeños, construidos con paciencia y amor.
—Buenas noches, mi vida —le dije antes de apagar la luz.
—Hasta mañana —respondió ella, sonriendo en la oscuridad.
Y afuera, en el parque, las flores seguían creciendo, silenciosas, bajo la luz de una noche sin luna.
FIN



Me encantó como describe José su tranquila tarde de sábado,junto a personas q comparten sus ideales y piensan igual que el en las cosas q faltan por hacer y que con fé y tenacidad se lograrán , yo felicito a Anita por q he visto su dedicación a sacar adelante el orquidiario, hay otras personas como Aurelia q también han colaborador pero Anita ha Sido el.motor
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