Hay dos situaciones cotidianas que, aunque parecen inofensivas, generan un malestar que se acumula con el tiempo.
La primera:
> Alguien pregunta: "¿Prefieres arroz con pollo o salteado?"
Uno contesta: "Salteado."
Y la respuesta es: "Mejor arroz con pollo.
La segunda:
> Alguien dice: "No sé, cena lo que sea."
Uno pide pizza o trae KFC…
Y la reacción es: "Eso no era lo que quería."
Ambas escenas, tan comunes, revelan problemas de fondo en la comunicación. Analicémoslas.
1. Preguntas que en realidad no son preguntas
Cuando alguien ofrece dos opciones pero luego elige por uno, lo que está ocurriendo es una falsa pregunta. La persona ya tenía una preferencia interna, pero en lugar de decirla directamente, pregunta como si estuviera abierta a cualquier respuesta.
Esto genera molestia porque:
Invalida la opinión del otro. Si se va a imponer la decisión de todos modos, ¿para qué consultar?
Simula una democracia donde no la hay. Se aparenta apertura al diálogo, pero el resultado ya está decidido.
En el fondo, muchas veces esto viene de una dificultad para expresar lo que uno quiere sin sentirse egoísta o autoritario. Es más fácil preguntar y luego corregir que decir directamente: "Quiero arroz con pollo."
2. Delegar sin estar preparado para aceptar
En la segunda situación, hay una especie de renuncia emocional: "Lo que sea." Pero no es real. Muchas veces esa respuesta oculta un deseo no verbalizado o una expectativa invisible.
Entonces, cuando llega la pizza o el KFC, surge la molestia. ¿Por qué?
Porque no se dijo lo que realmente se quería.
Porque se esperaba que el otro “adivinara”.
Porque se evitó decidir, pero se quiere controlar el resultado.
Esto puede ser frustrante para quien tomó la decisión de buena fe, creyendo que tenía libertad, cuando en realidad estaba caminando en un campo minado de expectativas no expresadas.
¿Ocurre más en mujeres?
No es un asunto biológico, sino cultural. Muchas mujeres han sido socializadas para evitar el conflicto directo, para ser complacientes, para decir “está bien” cuando no lo está. Esto las lleva, a veces, a formular preguntas indirectas o a dejar decisiones en manos de otros, sin estar del todo cómodas con el resultado.
También ocurre al revés: muchos hombres tienden a callarse el malestar y no decir que algo no les gustó, generando silencios incómodos en lugar de discusiones abiertas.
El punto es que este tipo de dinámicas no dependen del género, sino de los hábitos emocionales y de comunicación que se arrastran —y que muchas veces nadie se detiene a revisar.
Entonces, ¿qué hacer?
Si preguntas, acepta la respuesta. Y si ya sabes lo que quieres, dilo.
Si delegas, hazlo con la madurez de aceptar lo que venga.
Y si no sabes qué quieres, dilo también, pero sin juzgar al otro por decidir.
La honestidad emocional no es solo para los grandes momentos. Se construye en cosas tan pequeñas como una cena o una conversación de cinco minutos. Y si no se cuida ahí, es donde comienzan los resentimientos innecesarios.
El último recurso es el suicidio, el divorcio o un sicariato. Qué opina usted?
Epílogo
Sabias palabras de mi querido amigo Santiago Mendoza:
"Pide lo que tú quieras que yo te traigo lo que me dé la gana"
Pensar que yo gasté tanta saliva y él, en dos líneas lo sintetizó.
Maestro, me inclino ante su sabidurìa y genialidad.
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Si creo q es común eso de preguntar q quieres y al rato las opiniones quedaron en el aire y pide lo q a esa persona le agrada
ResponderBorrarEl problema es preguntar que quiere y luego decidir lo que uno realmente quiere, eso puede ocasionar molestias. Gracias por tu comentario. Que tengas un buen dia. Bendiciones.
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