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sábado, 10 de enero de 2026

Mocolí, cuando la violencia toca lo que creíamos seguro



Mocolí, cuando la violencia toca lo que creíamos seguro

En los últimos meses, la realidad de nuestra sociedad se ha vuelto demasiado evidente y demasiado inquietante para seguir ignorándola. Asesinatos selectivos, hechos de violencia en espacios cotidianos y nombres que antes solo aparecían en las noticias hoy forman parte de una conversación recurrente. No son episodios aislados: son señales.

Durante años nos convencimos de que la violencia estaba “en otro lado”. Que existían territorios ajenos al conflicto y burbujas de protección: urbanizaciones cerradas, garitas, vigilancia privada, estatus social. Creímos que eso nos hacía inalcanzables. Hoy, esa ilusión se desvanece.

La violencia atraviesa muros, rompe geografías simbólicas y deja un mensaje inquietante: no hay persona ni lugar donde no se pueda llegar. No se trata solo de matar; se trata de demostrar poder, de instalar miedo, de recordar que nadie está completamente a salvo.

A esto se suma una impunidad que se disfraza de corrección jurídica. Narcotraficantes y criminales peligrosos recuperan la libertad por “fallas técnicas”, mientras se invoca un discurso elegante sobre derechos humanos. Suena bien en el papel. En la práctica, significa devolver a la calle a quien ya ha demostrado desprecio absoluto por la vida y la ley. Ya no solo es Ecuador, esta semana fué España.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿dónde quedaron la conciencia, el remordimiento, la compasión? Tal vez nunca estuvieron donde quisimos verlas. Tal vez esperamos humanidad donde solo hay vacío, cálculo y violencia como lenguaje.

Cuando el Estado falla en garantizar seguridad y justicia, no solo fracasa una institución: se erosiona la confianza social, se normaliza el miedo y se degrada la vida cotidiana. Cafeterías, canchas, barrios, espacios comunes dejan de ser lugares y se convierten en escenarios posibles de tragedia.

Nombrar esta realidad no es alarmismo; es lucidez. Y la lucidez, aunque incómoda, es necesaria. Porque una sociedad que permite que la violencia se normalice y la impunidad gobierne, no está viviendo: está esperando su próximo cadáver. Y cada día, con cada falla, nos acerca a ese futuro que nadie quiere, pero que estamos construyendo sin oposición.

Las soluciones fáciles —más armas, más cárceles, garitas reforzadas— funcionan solo como parches temporales. Contienen el reclamo, pero no rompen el ciclo. La violencia no se detiene con miedo ni fuerza; se detiene construyendo justicia real, oportunidades, educación y una ética colectiva que vuelva a colocar la vida en el centro.

Mientras tanto, seguimos caminando por calles que antes eran seguras, entre luces que parpadean como advertencias silenciosas. Cada sombra, cada silencio, nos recuerda que no basta sobrevivir: debemos despertar y exigir, antes de que el vacío se haga dueño de todo lo que amamos.


Mientras tanto, seguiremos comentando desde la comodidad de nuestros celulares, protegidos por pantallas y burbujas que creemos seguras, desplazando la violencia con el dedo como si fuera una noticia más. Rogaremos, en silencio, que ese día no nos toque, que el nombre sea otro, que el lugar sea ajeno. Así, entre la indiferencia y el miedo, no cambiamos nada: solo esperamos. Y esperar, en un país donde la violencia avanza y la conciencia retrocede, no es neutralidad; es una forma lenta y elegante de rendirse.




1 comentario:

  1. Es muy lamentable pero casualmente esos sitios que supuestamente son seguros allí viven los q pueden y tienen y hoy en día el que menos te imaginas te sorprenden viviendo en lugares con alta plusvalía , ahora asumo q en la garita deberían tenerlo botón de pánico para q la gente esté alerta

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