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sábado, 22 de marzo de 2025

ROOM 502




Un preámbulo obligado

Algunas de las historias que cuento surgen de la invitación que hago a mis lectores, solicitando su colaboración con temas, anécdotas, etc. Así nació esta historia.

Primero, debo aclarar que está inspirada en hechos reales, basados en lo que mi amigo me contó. Segundo, por ética, no revelaré su identidad ni la de la mujer involucrada. Solo sé que él le lleva algunos años, está casado y que ella es una mujer preparada, inteligente, honesta y leal. Se conocieron en el ámbito profesional.

El inicio de una conexión inesperada

Como si se tratara de una canción de Vicentico:

"¿Hace falta que te diga

que me muero por tener algo contigo?

¿Es que no te has dado cuenta

de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?"

No hubo flores, ni llamadas, ni miradas sostenidas. Solo un día, mi amigo se decidió. Sin más preámbulos, la invitó al hotel donde se alojaba y recibió un "sí" por respuesta.

Ella acudió. Supongo que cuando una mujer acepta una invitación así, sabe lo que le espera y que  no será para una ronda de cachos, una partida de 40, etc., sino que en el mejor de los casos, ha de implicar jugar al teto.

La primera cita: cuando no pasó nada

Tuvieron dos encuentros. Pero en el primero, no pasó nada.

Él me contó que en aquella ocasión estuvieron a punto, pero ella se disculpó: "Hoy no puedo, después lo haremos". Había recibido la visita de Andrés, como muchas llaman a su período.

No todas las mujeres disfrutan del sexo en esos días. Dicen que algunas sí. A mí no me consta, solo lo escuché por ahí y eso fué lo que mi amigo me contó y debo de creerle.

El beso que lo cambió todo

Cuando finalmente ella acudió al hotel, el momento no comenzó con la urgencia del deseo. Hablaron, rieron. Pero la atracción flotaba en el aire.

Mi amigo, nervioso, levantó un mechón rebelde de su cabello. Ella no se apartó. Su mano temblorosa acarició su rostro. Suspiró. Entonces él tomó su cara entre sus manos y la besó suavemente. Otro suspiro.

El beso se volvió profundo. Sus lenguas se buscaron, se devoraron. La ropa comenzó a estorbar. Ella alzó los brazos para dejarse despojar de la blusa. Luego el sostén. Los senos firmes, erguidos, la juventud manifiesta. Él los besó y ella suspiró.

Su respiración se entrecortaba mientras él descendía lentamente por su cuerpo. Ella vestía jeans ajustados. Él desabrochó el botón, bajó el cierre. Apareció una prenda pequeña, roja, una tanguita que apenas ocultaba lo que contenía. Poco a poco, la tanga se deslizó hasta quedar en el suelo.

La entrega absoluta

Y entonces, ya no hubo barreras. Ella se abrió a él, se dejó descubrir, explorar. Él la saboreó con la avidez de quien se embriaga de un licor exquisito.

El juego de la pasión se tornó equilibrado. Él pidió y ella dio, con la misma entrega con la que había recibido. La Ley del Talión, pero aplicada al placer.

El clímax llegó inevitablemente. Sus cuerpos se estremecieron al unísono, fundiéndose en un solo latido.

El tiempo, ese cómplice tramposo

Ambos deseaban que el momento no terminara. Afuera, el mundo seguía su curso, pero en ese cuarto de hotel, el tiempo se detuvo.


Ella se colocó sobre él y comenzó a cabalgar con la energía de la pasión desbordada. Mientras lo hacía, casi podía escucharse la voz de Roberto Carlos:

"Cabalgaré toda la noche

por una senda colorida.

Mis besos te daré en derroche

de una manera algo atrevida."

Después, cambiaron de posición. Ella se apoyó sobre sus brazos, elevó su cadera y lo invitó con la mirada. Él la tomó de los hombros, del cabello, la hizo suya de nuevo. Las nalgadas no despertaban quejidos, sino gemidos de placer. Hasta que, finalmente, no pudieron más y se derrumbaron, agotados, satisfechos.

"Cuando el deseo no admite pausas"


En la penumbra cálida de la habitación, el aire denso de deseo los envolvía. Ella, entregada, con la mirada encendida y los labios entreabiertos, lo incitaba con un susurro que era más una súplica ardiente que palabrNo había dudas en su cuerpo, solo la certeza de que lo quería todo, otra vez, sin pausas ni reservas.

Él no necesitó más. La intensidad en sus ojos, el roce de su piel que temblaba bajo sus manos, el aliento entrecortado que se fundía con el suyo… todo lo empujaba al borde del control. Sus cuerpos se encontraron en un choque que fue hambre y necesidad pura, una danza de piel sobre piel, de presión, de entrega.

Ella lo envolvía, lo atrapaba, lo guiaba sin palabras, con el ritmo de sus caderas y la urgencia de sus manos. Cada movimiento era una invitación al vértigo, al peligro delicioso de perderse en el otro sin frenos. Él respondió con la fiereza de quien ha sido llamado a reclamar su lugar, devorándola en un vaivén que era furia y placer, un golpe de pasión que los arrastraba como una tormenta, como una carrera sin final.

La respiración se convirtió en jadeos entrecortados, el sudor perlaba sus cuerpos, la tensión crecía como una ola imparable. Cada embestida la hacía arquearse, atraparlo más dentro de ella, aferrarse como si pudiera fundirse en él, como si quisiera que ese instante nunca terminara.

Y cuando el clímax los alcanzó, no fue un susurro, sino un grito contenido, un temblor compartido que los dejó sin aliento, suspendidos en el delirio. Entonces, el silencio los abrazó, roto solo por el latido feroz de sus corazones aún sincronizados.

No hubo promesas ni palabras después. Solo la certeza de haber sido, por un instante, uno solo.

Las palabras que quedaron grabadas

Hay frases que se olvidan. Y hay frases que quedan marcadas en la memoria.

"Sabes besar. Besas rico."

"Me cogiste en el momento preciso."

Cuando él le preguntó si lo había disfrutado, ella respondió con otra pregunta:

"¿No fue obvio?"

Y en ese instante, él sintió que había tocado el cielo.

El baño compartido

Antes de partir, compartieron la ducha.

Él la enjabonó, recorriendo con libertad su cuerpo. Ella suspiraba, gimiendo bajito, deseando alargar el momento. Luego fue su turno. Lo enjabonó lentamente, le besó su miembro, lo miró a los ojos y, con una picardía infinita, dejó su tortura a medias.

Él recordó otra canción de Roberto Carlos:

"Ser el jabón que te enjabona,

el baño que te baña."

El adiós y la indiferencia


El tiempo había llegado a su fin. Ella debía volver. Su casa, su familia la esperaba.

Al día siguiente, cuando se vieron, ella se comportó como si nada hubiera pasado.

Él, en cambio, sintió la letra de una canción de Marc Anthony resonando en su mente:

"No me conoces, y hace tres noches que dormiste entre mis brazos.

Ya no recuerdas las tantas cosas que conmigo hiciste tú..."

Pero ella sí lo recordaba. Solo que decidió olvidarlo.

El olvido de ella, el recuerdo de él



por fa haz clic

Fue solo un instante, pero lo atrapó para siempre.

Aquel día, la ciudad parecía suspendida en una quietud engañosa, como si el tiempo se hubiera replegado para concederles un momento fuera de toda lógica.

Él, con la vida escrita en la piel y los años pesando en la mirada, la vio reír con la despreocupación de quienes aún no han acumulado cicatrices. Y, sin pensarlo demasiado, se atrevió a perderse en su juventud.

El encuentro fue breve, intenso, como un relámpago que ilumina la noche solo para dejarla más oscura después.

No hubo promesas, ni nombres grabados en la arena. Solo piel contra piel, susurros que no necesitaban traducción. La fugaz ilusión de que dos caminos podían cruzarse sin consecuencias.

Ella, ella ya me olvidó, yo, yo no puedo olvidarla.


REFLEXION

"En la vida, hay amores que nunca pueden olvidarse,

imborrables momentos que siempre guarda el corazón."

"Hay encuentros que no están destinados a durar, pero que nos marcan para siempre. Son como estrellas fugaces: brillan con intensidad, iluminan nuestro camino y, aunque desaparecen rápidamente, su luz permanece en nuestro corazón. 

Este relato es un homenaje a esos instantes efímeros que, aunque no se repitan, nos recuerdan que el amor, en todas sus formas, es capaz de transformarnos y dejarnos un legado de belleza y nostalgia. Como dice la canción, "todo tiene su final, nada dura para siempre", pero hay finales que valen la pena vivir, porque nos regalan la certeza de que, en algún momento, fuimos capaces de tocar el cielo."

Así termina este relato. Para ella, tal vez solo fue un episodio pasajero. Para él, un recuerdo imborrable.

FIN

Si puedes, comparte esta preocupación con tus amigos o amigas, alguien de seguro se verá reflejado o reflejada en esta historia.

Recuerda que hay lecciones importantes detrás de cada historia y esta es una de esas, bonitas.

Si tienes algún comentario, por favor escríbelo HACIENDO  CLIC  en  Publicar un comentario,  más abajo. Sabes, me encanta que leas mis historias y por eso te lo agradezco, MUCHISIMAS GRACIAS.

INVITACION

¡Te invito a sumergirte en este viaje de historias!

Si haces clic más abajo donde dice Página Principal, podrás disfrutar de todas las historias anteriores, desde la primera hasta la más reciente.

Gracias a la gran acogida de los lectores, este blog ya cuenta con más de 100 relatos, y a partir de este año, publicamos una nueva historia cada semana.

Cada texto es una ventana a emociones, recuerdos y reflexiones que no te puedes perder. ¡Empieza desde el principio y acompáñanos en esta aventura!





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