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lunes, 19 de mayo de 2025

La Línea que Nunca Debió Cruzarse

Cuando la codicia se disfraza de ciencia o de necesidad, el dolor ajeno se vuelve negocio.

El dolor como mercado

La humanidad ha luchado contra el dolor desde tiempos antiguos. Pero nunca como ahora se ha convertido en una industria. Una industria tan lucrativa, que quienes controlan el suministro de alivio han terminado vendiendo sufrimiento.

En las salas blancas de los hospitales, se administran fórmulas autorizadas por gobiernos y selladas con el prestigio de la medicina. Más allá, en los callejones olvidados de las ciudades, se distribuyen polvos que matan rápido o lentamente, según el azar.

En ambos casos, hay una constante: la codicia.

La promesa blanca: Oxicodona y el rostro amable del daño



La primera vez que Andrés recibió oxicodona fue después de una cirugía en la columna. El dolor era insoportable, y el médico le dijo que esta pastilla, pequeña y blanca, lo ayudaría a dormir tranquilo.

Durante semanas, lo hizo. Pero cuando las dosis se terminaron, el cuerpo de Andrés pedía más. No solo por el dolor, sino por algo más profundo, más oscuro.

Su familia no entendía cómo aquel hombre fuerte y amoroso había cambiado. Lo veían irritable, ansioso, distante.

No sabían que la cura se había convertido en cárcel.

Zombis del apocalipsis moderno: fentanilo en las calles de Los Ángeles



En la esquina de San Pedro y 6th, ya no caminan personas. Se arrastran. Hombres y mujeres doblados sobre sí mismos, cuerpos que ya no obedecen, miradas vacías que no buscan nada. Algunos orinan sobre sí, otros mastican el aire. Nadie reacciona.

Son los nuevos zombis de América.

No salieron de un laboratorio secreto ni de una película de terror. Fueron paridos por la indiferencia, alimentados por la desesperación, y acabados por el fentanilo.

Una dosis cuesta menos que un café. Mata más que una bala. Y sus fabricantes no necesitan esconderse: lo mezclan con lo que sea, lo venden como pastillas falsificadas, lo esconden en caramelos o lo inyectan directo en la vena.

En Skid Row, un joven de 22 años muere en la acera. Nadie grita. Nadie llora. Un voluntario lo cubre con una sábana gris, y continúa repartiendo botellas de agua. En esa calle, la muerte ya no interrumpe.

El fentanilo no perdona. Y el sistema tampoco.

Drogas sucias, muerte barata

En Ecuador —como en muchos países de la región— se ha empezado a registrar la presencia de drogas extremadamente peligrosas como el fentanilo y sus análogos, muchas veces mezcladas con otras sustancias aún más tóxicas. Estas "drogas sucias", baratas y altamente adictivas, no solo destruyen la salud física y mental de quienes las consumen, sino que también socavan el tejido social: aumentan la violencia, el crimen, y debilitan aún más los sistemas de salud y justicia ya sobrecargados.

La codicia no distingue batas ni pasamontañas

¿Quién destruye más vidas: el narco que mete pastillas falsas en mochilas escolares, o el empresario que firma desde su oficina una campaña para decir que la oxicodona “no es adictiva”?

Uno apunta con un arma. El otro, con un portafolio lleno de patentes, abogados y marketing.

En apariencia no se parecen:

Uno vive escondido, con guardaespaldas y miedo.

El otro cena en Manhattan, sonríe en galas benéficas y dona alas enteras de hospitales con su apellido.

Pero ambos venden muerte.

El narcotraficante sabe que sus productos matan. El otro lo sabe también, pero lo maquilla con informes, congresos médicos, palabras como "controlado", "supervisado", "seguro". Y mientras tanto, embolsa millones.

La codicia no discrimina.

No le importa la ley.

No distingue trajes ni acentos, ni si el polvo blanco viene de un laboratorio con licencia o de un rancho oculto entre montañas.

Donde hay alguien dispuesto a pagar por aliviar su dolor, habrá otro dispuesto a aprovecharse.

¿Quién paga el precio?

María encontró a su hijo, Tomás, de 17 años, con espuma en la boca. Había tomado media pastilla azul que le ofreció un compañero del colegio. Creyó que era algo para relajarse antes del examen. Era fentanilo prensado. Murió en menos de cinco minutos. No era drogadicto. Era un chico con miedo al fracaso.

Germán, de 42 años, empezó con una lesión en la espalda. El médico le recetó oxicodona, luego más, luego otra marca más fuerte. Perdió el trabajo por ausencias. Luego la casa. Terminó vendiendo herramientas para comprar pastillas en la calle. Murió en una pensión miserable, solo, de una sobredosis.

Su esposa aún conserva la receta original.

Jessica trabajaba en emergencias. Le ofrecieron una pastilla para aguantar los turnos dobles. Tres años después, la encontraron robando medicamentos del hospital. La despidieron. Hoy vive en una casa de rehabilitación. Lleva 27 días limpia. No sabe si llegará a 28.

Las víctimas no siempre son adictos. A veces son pacientes, adolescentes, madres, abuelos, trabajadores. Son gente que no entendía lo que se estaba metiendo en el cuerpo hasta que fue tarde.

Porque nadie les dijo la verdad.

Porque a alguien le convenía que no la supieran.

Todos sabían, pero callaron

No fue ignorancia.

No fue un error.

Fue una decisión.

Directivos, distribuidores, médicos, autoridades. Todos sabían.

Sabían que la oxicodona era adictiva. Sabían que el fentanilo era una sentencia de muerte en polvo. Sabían que millones caerían.

Pero no detuvieron nada.

Porque el dinero seguía entrando.

Y nosotros, los de a pie, también supimos. Vimos las noticias, los documentales, las calles infestadas, las recetas repetidas. Lo sabíamos, y seguimos adelante. Porque no nos tocaba aún. Porque no era nuestro hijo. Porque no éramos nosotros.

¿Hasta cuándo?

¿Cuánto vale una vida? ¿Cuántas muertes se necesitan para que el dolor deje de ser un negocio?

La codicia no aparece de golpe. Comienza con una justificación. Luego otra. Y otra. Hasta que un día ya no vemos personas. Solo números. Solo ventas. Solo "casos aislados".

Si no trazamos un límite claro, todos, en algún momento, seremos parte del daño.

Por acción.

Por omisión.

Por costumbre.

FIN






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