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martes, 28 de octubre de 2025

REVELACION

 

Cuando Me Cambian el Nombre



Hijo mío…

Has querido comprenderme, defenderme, hablar por Mí,

pero a veces lo haces sin escucharme.

Te hablo hoy, no para reprenderte, sino para recordarte quién soy,

porque muchos, en su celo por Mí, han terminado construyendo un dios a su medida.

---

Yo no soy propiedad de ninguna religión,

ni pertenezco a una sola doctrina.

No tengo bandera, idioma ni templo exclusivo.

Soy el que Soy.

El que estuvo antes del tiempo y seguirá cuando el tiempo se apague.

El que hizo el mar, pero también al hombre que se ahoga.

El que habita en la sinagoga, en la iglesia, en la mezquita y también

en el corazón silencioso de quien no pronuncia Mi nombre,

pero hace el bien.

---

¿Sabes cuándo me duele más el alma?

Cuando me usan para dividir, cuando me convierten en motivo de guerra,

cuando matan en Mi nombre creyendo que así Me sirven.

Entonces miro desde el cielo y veo hombres levantando espadas con cruces grabadas,

banderas bordadas con Mi nombre, y corazones vacíos de amor.

Hijo, yo no bendigo espadas,

yo bendigo manos que curan.

No necesito defensores, necesito testigos.

No quiero templos de piedra, quiero corazones vivos.

---

Me cambiaron el nombre muchas veces:

me llamaron Yahveh, Elohim, Dios, Alá, Brahma…

pero eso no me ofende.

Lo que me duele es que me usen para justificar su odio.

Porque el que odia en nombre de Dios,

no Me conoce.

Yo soy Amor, y fuera del Amor,

todo lo que digas de Mí es mentira.

---

¿Ves, hijo? La verdad no está en los libros, sino en la vida.

Los libros la anuncian; los actos la confirman.

Por eso te dejé una sola ley, sencilla y eterna:

> “Ama a tu Dios con todo tu corazón,

y a tu prójimo como a ti mismo.”

(Mateo 22:37–39)

No hay mandamiento mayor.

No hay religión más grande.

No hay interpretación más exacta.

---

Cuando pienses que eres el custodio de la verdad,

mírate al espejo y recuerda:

el espejo refleja, pero también distorsiona.

Por eso la humildad es el principio de toda sabiduría.

El sabio no presume saberlo todo:

camina despacio, escucha, y aprende del otro.

Porque en el rostro del otro también estoy Yo.

---

No olvides, hijo mío, que la fe que divide no viene de Mí.

La fe que se impone por la fuerza, Me niega.

Yo no obligo, llamo.

No amenazo, espero.

No destruyo, transformo.

No castigo, enseño.

---

Y cuando veas a un hombre que ora distinto,

a una mujer que cree de otra forma,

no pienses que está lejos de Mí.

Quizás Me esté buscando por otro camino,

pero con el mismo amor.

Recuerda esto:

> “Tengo otras ovejas que no son de este redil;

también a ellas debo traer.”

(Juan 10:16)

---

La verdad es una, hijo mío,

pero los caminos que llevan a Ella son muchos.

El Sol es uno, aunque se refleje distinto en cada gota de rocío.

Y así soy Yo:

infinito, inabarcable, presente en todo lo que respira.

---

Vuelve a Mí, no con dogmas, sino con asombro.

No con temor, sino con ternura.

Deja que el amor te revele lo que los libros no pueden enseñar.

Entonces sabrás que nunca estuve lejos,

que siempre habité dentro de ti,

esperando que Me miraras sin intermediarios.


—Tu Padre.


FIN



domingo, 19 de octubre de 2025

EL BLOQUE DEL TIEMPO

Introducción

Hay preguntas que no buscan respuestas, sino claridad.

Entre ellas, una resuena desde el origen:

si Dios es eterno y todo lo abarca, ¿cómo puede existir el tiempo, el cambio, la libertad y el dolor?

Este ensayo no intenta resolver el misterio, sino contemplarlo.

Porque en esa contemplación —no en la certeza— se revela la fe más pura:

la que no teme a la razón, la que no discute con la duda, sino que la abraza.



El Bloque del Tiempo

En el instante en que Dios pronunció el universo, el tiempo nació.

La nada se curvó en sí misma, y la luz comprendió que existía.

Desde entonces, el antes y el después comenzaron su danza interminable.

Pero Dios no danza con ellos.

Permanece fuera del compás, donde no hay ritmo ni duración, solo presencia pura.

Su eternidad no es un camino, sino un punto inmóvil desde el cual todo es visible.

Nosotros, criaturas del fluir, medimos los días y tememos las despedidas; necesitamos los relojes para comprender la espera.

Él no espera: es.

Y en su mirada, el tiempo no avanza, sino que se despliega, como una pintura que revela a la vez su principio, su trama y su final.

> Así, la creación entera —cada estrella, cada lágrima, cada respiro— forma parte del mismo Bloque del Tiempo: un todo suspendido en la eternidad divina, donde lo que fue y lo que será, ya son.

El Saber que no impone

Dios conoce el todo.

No porque adivine el futuro, sino porque el futuro no le es futuro.

Para Él, todo ocurre en el mismo acto eterno de su conciencia.

No hay sorpresa porque no hay espera, pero hay ternura en cada instante que contempla, como si cada decisión humana fuera una nueva chispa de su amor infinito.

Su conocimiento no obliga: revela.

Él no escribe nuestra historia con tinta de destino, sino que la observa mientras la escribimos, y en cada línea que trazamos, su luz nos acompaña, no nos fuerza.

El saber humano se apoya en el tiempo: necesita que algo ocurra para conocerlo.

El saber divino, en cambio, es simultáneo al ser mismo de las cosas.

Dios no sabe porque ve, sabe porque es.

Por eso su conocimiento no destruye la libertad: la hace posible.

Porque en su eternidad, Él sostiene todos los caminos que podríamos elegir, pero solo se cumplen aquellos que nosotros, en el tiempo, decidimos recorrer.

Su saber abarca todas las sendas, su amor nos acompaña en la elegida.

Así, el hombre camina libre dentro de un universo ya conocido por Dios, pero no predeterminado.

Y en ese misterio se funden la omnisciencia y la esperanza: Dios lo sabe todo, y aun así, espera.

El Silencio que Ora

Si Dios todo lo sabe y todo sostiene, ¿qué sentido tiene pedirle algo?

¿Favorece al que implora y desoye al que calla?

No.

Dios no es juez que reparte milagros, ni mercader de consuelos.

El orden que creó no se altera por súplicas, porque su voluntad no es capricho: es ley amorosa y perfecta.

La oración, entonces, no es un acto para mover a Dios, sino para movernos a nosotros.

No cambia el designio divino, sino la conciencia humana.

En ella, el hombre no convence a Dios: se convence de Dios.

El dolor, la pérdida, la enfermedad y la muerte, no son castigos ni olvidos. Son parte del equilibrio invisible por el cual la existencia se renueva a sí misma.

> Por eso, la oración más pura no es la que pide, sino la que acepta.

La que se hace silencio, y en ese silencio, entiende.

La Gracia de Ser

Si somos del divino, orar no es pedir: es recordar.

Recordar que en nosotros arde la misma chispa que dio principio al universo, y que esa llama —por tenue que parezca nunca se extingue.

La oración verdadera no busca cambiar lo que ya es perfecto, sino alinearse con esa perfección.

Es el acto humilde y poderoso de quien comprende que Dios no está fuera, esperando ser convencido, sino dentro, esperando ser despertado.

Orar, entonces, es reconocer la gracia de ser. Es creer que, por el simple hecho de existir, tenemos la fuerza para levantarnos después de caer, para rehacernos del error, para creer en el cambio aunque el pasado murmure lo contrario.

Cuando el hombre ora con fe, no invoca a un Dios lejano: invoca al Dios que ya lo habita.

Y en ese encuentro interior, no pide milagros, los realiza.

La Ley Interior

Antes de que existieran templos, ya existía el bien.

Antes de que el hombre pronunciara el nombre de Dios, ya sabía —sin saber cómo—

que hacer daño era negar algo sagrado dentro de sí.

Esa voz silenciosa que nos orienta no viene de la costumbre ni del miedo, sino del origen mismo de nuestra existencia.

La moral, entendida así, no nace de la religión: la precede.

Es la huella del Creador en la criatura,la brújula interna que nos recuerda hacia dónde apunta la luz.

Por eso, incluso quien no cree, cuando obra con bondad, honra a Dios sin saberlo.

Porque el bien no necesita altar: se basta con el corazón que lo elige.

La religión puede enseñar, guiar, acompañar, pero la moral profunda, la que nace de la empatía y el amor, es un lenguaje universal inscrito en el alma humana.

Mientras esa inclinación exista, habrá esperanza.

Porque en cada acto justo, en cada compasión sin testigos, Dios vuelve a manifestarse.

Epílogo

El Bloque del Tiempo no encierra, revela.

Nos muestra que la eternidad no está después de la vida, sino latiendo dentro de ella.

Que la oración no es súplica, sino conciencia.

Que el bien no pertenece a una religión,

sino al alma que recuerda su origen.

No hay contradicción entre fe y razón

cuando ambas se inclinan ante el mismo misterio.

Porque en lo profundo, no hay duda:

solo presencia.

Hay esperanza, porque Dios trasciende, y nosotros con Él.

FIN


viernes, 3 de octubre de 2025

CRONICA DEL 2060

 

Algunos de la generación del siglo XX habrán llegado vivos hasta el 2060, sostenidos por la medicina genética, los nanobots y los trasplantes impresos en laboratorio. Pero lo que encontrarán será un mundo tan distinto, que quizás se pregunten si valió la pena vivir tanto para ver tanto.

La tecnología nos habrá superado. Las máquinas pensarán, decidirán, crearán. El ser humano, desnudo de su alma, quedará reducido a un cuerpo intervenido, modificado, reciclado. La mezquindad, sin embargo, seguirá intacta: la codicia y el egoísmo no se habrán extinguido, sino refinado con herramientas nuevas.

En ese escenario, los géneros se multiplicarán, las identidades serán fluidas hasta lo inabarcable. Pero más allá del cuerpo, la gran pregunta seguirá siendo si todavía habrá un espíritu, una esencia, un “alma” que dé sentido a tanta mutación.

💭 ¿Y dónde queda el amor en el  2060?

En un mundo saturado de pantallas, algoritmos y cuerpos intervenidos, el amor corre el riesgo de ser la gran víctima invisible del progreso. En el 2060, quizás muchos ya no lo busquen como vínculo del alma, sino como un servicio más en la vitrina digital.

El amor físico quedará reducido a contratos temporales, encuentros programados por aplicaciones que garantizan compatibilidad biológica o placer inmediato. Será un intercambio eficiente, sin misterio, sin fragilidad, sin esa chispa de lo imprevisto que antes hacía latir el corazón.

En el plano virtual, proliferarán relaciones donde dos seres no se toquen nunca. Avatares perfectos reemplazarán la imperfección humana, simulando ternura, pasión o compañía con una fidelidad engañosa. Miles creerán amar, pero en realidad estarán acariciando un espejismo diseñado por software.

La pregunta es si el amor, como lo entendimos en siglos pasados —esa entrega total, esa locura que hace que alguien renuncie a sí mismo por otro— podrá sobrevivir en un tiempo donde todo se calcula, todo se programa, todo se controla.

Tal vez quede reducido a un recuerdo, a una nostalgia heredada de abuelos y bisabuelos que se atrevieron a creer en lo imposible. O quizás, en medio de tanta frialdad digital, resurja como un acto de rebeldía: amar de verdad, sin algoritmos, sin contratos, sin pantallas.

Porque en 2060, tal vez la mayor revolución no sea tecnológica, sino emocional: atreverse a sentir de manera auténtica en un mundo que ya no cree en sentimientos.

Un mundo nuevo y distinto, sí. Pero también un espejo de lo mismo de siempre: la lucha por sobrevivir, por dominar, por no ceder lo poco que tenemos.

FIN

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