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domingo, 6 de julio de 2025

"El día que el Portón Trasero se cerró"

La reunión



En una asamblea extraordinaria del cuerpo humano, los órganos estaban en plena pelea por el título de "el más importante". La humildad había sido cancelada.

El cerebro, con aires de superioridad, declaró:

— “Yo soy el centro de mando. El que decide, piensa, calcula. Soy el Google del cuerpo. Sin mí, ustedes serían una gelatina sin Wi-Fi.”

El corazón respondió inflado:

— “Y yo soy el que le da vida a todos. Soy el metrónomo de la existencia. ¡Sin mí, ni tú ni nadie tiene chance!”

Los pulmones, indignados, exclamaron:

— “¿Y sin oxígeno, qué? Nosotros somos los pulmones de esta democracia. Literal. Cochinos, fuman, contaminan el ambiente y me sobrecargan de trabajo respirando aire sucio”

El estómago gruñó:

— “¡Trabajador incansable! Yo proceso la comida de la que todos se nutren. Si paro, ustedes se caen, saben lo que es procesar fanesca, caldo de salchicha, chinchulines y tantas otras exquisiteces”

Hasta los riñones levantaron la voz:

— “¡Nosotros filtramos toxinas! No somos influencers, pero sin nosotros, todo el cuerpo apestaría. Se cargan de ibuprofeno, paracetamol y hasta sustancias ilegales”

El despreciado, el menos importante

Entonces, desde lo más bajo —literalmente— se oyó una voz tímida:

— “Yo también tengo algo que decir.”

Silencio incómodo. Todos se giraron. Era el Querido Esfínter, más conocido por su función al final del proceso digestivo.

El cerebro murmuró: “¿Y tú qué haces? ¿Abrir y cerrar? Qué función tan... sencilla.”

El Portón Trasero sonrió con paciencia:

— “Está bien. Si no soy importante, dejo de hacer mi trabajo.”

Y se cerró. Por completo.

Pasaron muy lentos los días.

El estómago rugía como volcán a punto de erupción. El hígado comenzaba a colapsar. El cerebro no podía pensar en nada más que en caca. El corazón latía lento, como si dijera: “Por favor, que esto se resuelva.”

Los pulmones apenas podían respirar del susto.

La Urgencia

Y entonces, llegó ese momento que todos temen... la urgencia. Ese instante en que todo el cuerpo se activa con una sola misión: que el Portón Trasero cumpla con su función liberadora.

Pero él… seguía en huelga.

En desesperación, se reunieron de nuevo:

— “¡Perdónanos, Querido Esfínter! ¡Eres esencial! ¡Abre la compuerta, por favor!”

Él suspiró, con dignidad:

— “Siempre me subestiman. Pero cuando se trata de liberar la caca y los gases, ¡todos me necesitan! En ese instante, soy el jefe, el héroe, el liberador. Así que, por favor, un poco más de respeto.”

Desde entonces, el cuerpo aprendió a trabajar en armonía. Nadie más subestimó la importancia de quien hace el trabajo sucio.

Reflexión final:

En la familia, en el trabajo, en la sociedad... hay quienes hablan mucho, brillan o mandan. Pero también están quienes sostienen, limpian, ordenan y permiten que todo fluya.

Y aunque su trabajo parezca simple o poco glamoroso, cuando llega la urgencia, todos miran hacia ellos, esperando que hagan esa función tan sencilla... y tan vital.

En una operación exitosa, todos aplauden al cirujano, pero detrás de ese triunfo hay manos que no se ven: el anestesista que sostiene la vida, la instrumentadora que anticipa, el enfermero que cuida, el equipo entero que respira al unísono. Solo, el cirujano es talento aislado; en equipo, es posibilidad de milagro.

Así que, ya seas cerebro, corazón o Portón Trasero... haz tu parte con orgullo. Porque solo trabajando juntos, todo circula. Y nadie se queda... "tapado".



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