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martes, 27 de enero de 2026

Dlos hombres golpeando la misma pared

 



Cuando la fe y la razón se equivocan igual


-José Fun Sang (el escritor):

Defiendo al creyente.

No porque tenga razón,

sino porque la fe nace donde la razón no alcanza.

En el dolor, en el miedo, en el límite.

-Wen Si Yuan (el filósofo):

Y yo lo cuestiono.

Porque cuando la fe exige apagar el pensamiento,

deja de ser camino

y se vuelve refugio cerrado.

-José:

Ahí ya discrepamos.

La fe no es renuncia al pensar,

es otra forma de sostenerse.

-Wen:

Pero cuando se vuelve literal,

cuando confunde texto con verdad,

ahí sí hay renuncia.

(Pausa)

-José:

Lo atacas desde la literalidad.

Tomas el texto como si fuera Dios.

-Wen:

Y tú lo defiendes igual.

Proteges la literalidad

como si fuera sagrada.

(Silencio breve)

-José:

Entonces no estamos discutiendo sobre Dios.

-Wen:

Estamos discutiendo sobre una lectura.

-José:

Y lo hacemos sin preguntar por el tiempo,

por la historia,

por lo que el hombre sabía entonces

del cuerpo, de la mente, del mundo.

-Wen:

Sin ver la evolución del pensamiento.

La filosofía.

La medicina.

La psicología.

La ciencia.

La tecnología.

(Pausa más larga)

-José:

El creyente literal cree honrar a Dios

defendiendo una comprensión antigua.

-Wen:

Y quien ataca la fe cree destruir a Dios

atacando esa misma comprensión.

-José:

Ambos confunden a Dios con el lenguaje.

-Wen:

Y al lenguaje con la verdad.

(Silencio)

-José:

Tal vez la fe no estaba equivocada.

-Wen:

Tal vez lo equivocado era no dejarla crecer.

-José:

Dios no cambia.

-Wen:

Cambia el hombre que intenta nombrarlo.

(Silencio final)

-José Fun Sang (el escritor):

Defiendo al creyente literal.

No porque tenga razón, sino porque su fe es sincera.

Cree que Dios habló así, tal cual,

y confía.

-Wen Si Yuan (el filósofo):

Y yo lo ataco.

Porque esa fe exige que suspenda la razón.

Porque me pide aceptar historias

como hechos brutos

sin hacer preguntas.

-José:

¿Como cuáles?

-Wen:

El diluvio.

Un Dios que se arrepiente, se enfurece

y decide ahogar a casi toda la humanidad,

niños incluidos.

Si eso es literal, es moralmente monstruoso.

-José:

Lo dices porque lo lees como crónica.

El creyente lo lee como voluntad divina.

-Wen:

Y tú lo defiendes igual:

aceptando la literalidad

y suavizándola con fe.

(Pausa)

-José:

Sodoma y Gomorra, entonces.

Ciudades destruidas por fuego

como castigo.

-Wen:

Exacto.

Si es literal, Dios extermina pueblos

por conductas humanas.

Y la mujer que mira atrás

convertida en estatua de sal:

castigo absurdo, casi infantil.José:

Pero el creyente ve obediencia, advertencia, ejemplo.

-Wen:

Y yo veo un mito leído como informe policial.

(Silencio breve)

-José:

¿Y Job?

-Wen:

Peor aún.

Un hombre justo

convertido en ficha de una apuesta

entre Dios y Satanás.

Si eso es literal, Dios juega con el sufrimiento humano.

-José:

Ahí también discrepo contigo.

Lo atacas como si fuera una tesis teológica,

no un poema trágico.

-Wen:

Y tú lo defiendes

como si el poema describiera hechos reales.

(Silencio más largo)

-José:

Espera.

Tal vez ninguno de los dos está leyendo bien.

-Wen:

Tal vez ambos discutimos con la misma pared.

-José:

El creyente literal cree que defender la fe

es defender la literalidad.

-Wen:

Y el crítico de la fe cree que destruir la literalidad

es destruir a Dios.

-José:

Pero nadie pregunta

por el momento histórico,

por el lenguaje simbólico,

por lo que el hombre de entonces

sabía —o no sabía—

del mundo.

-Wen:

Nadie cruza estos relatos

con la evolución del pensamiento,

con la filosofía,

la psicología,

la medicina,

la ciencia,

la tecnología.

(Pausa)

-José:

El diluvio no hablaba de hidrología.

-Wen:

Sodoma no hablaba de urbanismo ni de sexo moderno.

-José:

Job no hablaba de apuestas celestiales.

-Wen:

Hablaban del miedo,

del mal,

del dolor,

del límite humano.

(Silencio)

-José:

Tal vez la fe no falla.

-Wen:

Tal vez falla cuando se congela.

-José:

Dios no cambia.

-Wen:

Cambia el hombre que intenta entenderlo.

(Silencio final)



domingo, 25 de enero de 2026

OCTUBRE DE 1987

 


Los años no han pasado en vano.

Han pasado con peso, con sentido.

Han dejado lecciones que no se aprenden en libros,

memorias que a veces duelen y otras abrigan,

huellas que no siempre son rectas,

alegrías que todavía sorprenden

y tristezas que nos enseñaron a quedarnos.

Aprendí —aprendimos— que la perfección no vive en lo perfecto,

sino en lo que resiste,

en lo que se quiebra y sigue,

en lo que acepta su forma real.

La felicidad no es resignación.

Es aceptación.

Es respeto.

Son límites elegidos, no impuestos.

Ya no somos jóvenes.

Tal vez ya no bellos según el espejo apurado del mundo.

El cuerpo guarda kilos, arrugas, historias.

El amor físico no es tan frecuente,

pero sigue siendo bonito,

porque nace de la risa, de la complicidad,

de ese lenguaje nuestro que no necesita palabras.

Porque aún nos buscamos desde el afecto

y sigo encontrando en tu abrazo un lugar donde quedarme.

Porque el amor, cuando es verdadero y compartido,

no envejece.

Necesito tu calor.

El acurrucarnos.

El silencio que no incomoda.

La paz de saber que estás ahí.

Tuvimos tres hijos preciosos,

cada uno con su propia luz, su gracia irrepetible.

Y una nieta amorosa, curiosa,

que mira el mundo como si todavía todo fuera posible

—y tal vez lo es.

Hemos caminado.

Seguimos tropezando.

Seguimos levantándonos.

Hubo errores.

Los míos, grandes, torpes, dolorosos.

Algunos imperdonables en teoría,

pero aquí estamos.

No por mérito.

Por decisión.

Seguimos andando por la vida.

Aún soñando.

Esperando llegar con salud y dignidad al tramo que falta.

Vivimos tiempos de una incertidumbre que no conocimos antes,

y aun así son maravillosos.

Disfrutamos —tal vez sin saberlo—

de una tecnología que acerca cuando se usa con alma,

que no reemplaza el abrazo ni la mirada.

No hay tiempos malos.

No hay un pasado mejor.

Cada época trae su propio sabor,

su color,

sus sombras necesarias.

Si todos los días fueran soleados,

no sabríamos mirar el cielo de noche.

Las sombras también iluminan.

Estamos por cumplir en este 2026:

Saskya, 35.

Yara, 33.

José Carlos, 29.

Yo, 67.

Tú, 63.

Agustina, 7.

No hay vida perfecta.

Hay vida vivida.

Estoy agradecido.

Por mis padres, Alfonso y Fanny.

Por mis suegros, Marco y doña Elda.

Por mis cuñados: Luis, Rosa, Marco y Abelito.

Por mis hermanos, en el orden del corazón y del tiempo:

Félix (+)

Montse,

Carlos Emilio,

Ana María,

Blanca Sabina,

Fátima Eugenia.

He vivido lo suficiente para pasar del teléfono de ruleta

al celular que promete más de lo que una vida alcanza.

Y en el camino,

los amigos, la familia extendida que la vida puso sin pedir permiso.

Pero sobre todo,

agradecido por los días compartidos contigo.

Por habernos casado en octubre de 1987

sin saber exactamente qué venía,

pero sabiendo que queríamos caminar juntos.

No escribo esto para nadie más.

No es lección.

No es consigna.

Es mi manera de decir:

aquí estoy.

aquí estamos.

Y eso, para mí, ya es mucho.


Y si mañana el cuerpo duele un poco más,

si la memoria a veces se distrae,

si el mundo corre a una velocidad que ya no queremos alcanzar,

no pasa nada.

No tenemos que llegar primeros.

Solo llegar juntos.

He aprendido que amar no es prometer eternidades grandilocuentes,

sino elegir quedarse

cuando ya se conoce el mapa completo:

las curvas, los baches,

los errores repetidos

y también las pequeñas victorias silenciosas.

Amarte hoy no se parece a amarte en 1987.

Es distinto.

Más hondo.

Menos urgente y más necesario.

Es mirarte y saber

que no necesito demostrar nada,

que no tengo que impresionar,

que puedo ser yo,

con todo lo que soy

y con todo lo que no logré ser.

Hay días simples:

un café, una conversación corta,

el cansancio compartido.

Y hay días grandes:

los hijos, la nieta,

las noticias que alegran,

las que asustan.

En todos, estás.

No sé cuánto camino queda.

Nadie lo sabe.

Pero sé cómo quiero recorrerlo:

con dignidad,

con humor cuando se pueda,

con ternura cuando haga falta,

con tu mano cerca.

Si algo deseo es esto:

que cuando miremos atrás,

no veamos una vida perfecta,

sino una vida honesta,

vivida sin huir,

sin fingir,

sin rendirnos del todo.

Eso es lo que somos.

Eso es lo que agradezco.

Y no,

no terminó.

Mientras haya respiración,

memoria,

y ganas de decir gracias,

el texto sigue escribiéndose.


No escribo esto para dar una lección.

Tal vez ni siquiera para dejar un mensaje.

Lo escribo ahora,

porque aún tengo palabras

y porque aún puedo pronunciarlas.

No quiero que llegue el día

en que lo importante se quede adentro

por falta de voz

o por haberlo postergado demasiado.

Si algo hay aquí, quizá sea apenas una invitación sencilla:

a vivir,

a decir a tiempo,

a no dar por sentado lo que tomó años construir.

Con Aurelia no levantamos una casa perfecta.

Levantamos algo más frágil y más valioso:

un hogar.

Hecho de días comunes,

de errores perdonados,

de risas que volvieron después del silencio,

de permanecer.

Eso ha sido bonito.

Y decirlo hoy

también lo es.


sábado, 24 de enero de 2026


 Enero en Guayaquil

Guayaquil no cambia mucho en enero.

Calor espeso, promesas nuevas, las mismas calles con otra esperanza encima.

Se casaron un 28 de enero de 2025.

Clase media, ceremonia cuidada, familias contentas, fotos correctas.

Ella tenía 22.

Él, algunos años más y un hijo de una relación que nunca llegó a matrimonio.

A nadie le sorprendió que él se casara.

A muchos sí les sorprendió con quién.

Él

Ingeniero en sistemas.

Trabajo remoto para una empresa en Estados Unidos.

Buen sueldo, horarios flexibles, laptop abierta hasta la madrugada.

En Guayaquil lo conocían bien:

fiestero, tomador social, enamorador profesional.

Latin lover, conquistador, sonrisa fácil.

No agresivo, no vulgar.

Peor: encantador.

Nunca negó lo que era.

Tampoco lo proclamó.

Simplemente vivía así.

Ella

Analista de sistemas.

Casa de software local.

Inteligente, ordenada, discreta.

No ingenua.

No ciega.

Sabía quién era él.

Pero también sabía otra cosa:

que con ella era distinto.

Más presente.

Más calmo.

Más “hogar”.

Y eso —sin decirlo en voz alta— lo tradujo así:

con amor, él va a cambiar.

El noviazgo

Tres años.

No fue poco.

Fiestas que se negociaban.

Amigas que advertían.

Amigos que sonreían con complicidad masculina.

Él bajó el ritmo.

No dejó de ser quien era.

Ella interpretó la pausa como transformación.

No hubo mentiras claras.

Tampoco verdades completas.

Hubo esperanza.

El matrimonio

Al principio funcionó.

Rutinas nuevas.

Cenas en casa.

Viajes cortos.

Sexo frecuente, intenso, todavía joven.

Ella pensó:

ya está.

Esto era.

Él pensó:

puedo con esto.

Y ambos confundieron adaptación con cambio profundo.

Enero 2026

Un año después, la casa seguía en pie.

La pareja también.

Pero algo ya no encajaba.

Las fiestas volvieron, con excusas laborales.

Los tragos no eran el problema.

Las miradas sí.

Ella empezó a notar que no estaba enojada.

Estaba decepcionada.

No por lo que él hacía,

sino porque no era el hombre que ella había imaginado que sería.

Él, por su parte, se sentía injustamente acusado.

No había prometido nada que no pudiera cumplir.

Solo había aceptado un rol que no era el suyo.

La revelación

No fracasaron por falta de amor.

Fracasaron por romantizar.

Ella no amó al hombre real,

sino al hombre posible.

Él no engañó,

pero permitió que lo imaginaran distinto.

Y cuando la fantasía se agotó,

lo que quedó fue la verdad desnuda.

Epílogo

—Yo pensé que con amor ibas a cambiar.

—Yo pensé que podía.

Se miraron un instante, el reloj marcando la rutina que nunca volvería.

Ella cerró la puerta de la sala, él dejó la llave sobre la mesa.

Los días siguieron, lentos, exactos.

No hubo palabras, ni reproches, ni abrazos.

Solo un hueco donde antes hubo tres años.

El cómo podía ser… quedó en el aire, sin dueño.


FIN

viernes, 16 de enero de 2026

Las 07h00 en la Perimetral



Nota aclaratoria

Esta historia está inspirada en hechos reales. El accidente que se menciona ocurrió; sin embargo, las circunstancias, pensamientos, motivaciones y consecuencias emocionales que rodean el hecho forman parte de una construcción narrativa de mi autoría. El objetivo no es establecer culpables ni emitir juicios, sino explorar el drama humano que suele quedar oculto detrás de un accidente y reflexionar sobre la fragilidad de la vida en medio de la rutina cotidiana.

La Historia

A las siete de la mañana la Perimetral no despierta: ruge.

Cuatro carriles tensos, tráileres cargados de madrugada, buses que ya llegan tarde, motos que se filtran como pensamientos apurados. El aire huele a diésel y a prisa.

Él iba por el carril izquierdo.

Casco puesto. Chaqueta gastada.

Un motociclista más, anónimo para todos, imprescindible para alguien.

No corría. Tampoco dudaba.

Hasta que algo —mínimo, brutal— lo atravesó por dentro.

¿Por qué se detuvo?

No fue una falla mecánica.

Fue un recuerdo.

En el tablero vibró el celular. No sonó, pero vibró lo suficiente para sentirse en el pecho. Un nombre apareció, apenas un segundo antes de que él soltara el acelerador:

“Mamá”

No contestó. No podía.

Pero algo se rompió ahí.

Habían discutido la noche anterior.

Nada grave. De esas discusiones que se dejan para “mañana hablamos”.

Mañana siempre parece un derecho adquirido.

Pensó en detenerse solo un segundo.

Respirar.

Orillarse después.

Pero el cuerpo a veces obedece antes que la razón.

Y en medio del carril izquierdo, en la vía más cruel para el error, detuvo la marcha.

Tal vez quiso llorar.

Tal vez solo cerrar los ojos un instante.

Tal vez pensó: “solo un segundo”.

Lo que pasó por su cabeza

No vio el tráiler.

Pensó en su hija —siempre en su hija—

en que no había llevado el cuaderno azul a la escuela,

en que el sueldo no alcanzaba,

en que debía cambiar la llanta trasera de la moto.

Pensó, absurdamente, que todavía estaba a tiempo de enderezar muchas cosas.

No hubo miedo.

No hubo dolor.

El impacto fue seco. Definitivo.

La muerte fue inmediata.

No sufrió.

Eso dicen. Y esta vez es verdad.

El tráiler

El chofer no venía distraído.

Venía cansado.

Había salido de madrugada.

Horas sin dormir bien.

Un peso imposible detrás y una distancia de frenado que no perdona.

Vio la moto detenerse.

Pisó frenos.

El mundo se le vino encima.

No pudo hacer nada.

El ruido lo perseguirá toda la vida.

No escapó.

Se bajó temblando.

Gritó por ayuda.

Se sentó en el asfalto, con la cabeza entre las manos, repitiendo una frase inútil:

—No lo vi parar… no lo vi parar…

¿Homicidio involuntario?

La ley hará lo suyo.

Habrá un parte.

Habrá titulares pequeños, sin rostro.

“Motociclista fallece en la Perimetral.”

Investigaràn.

Peritajes.

Distancias.

Frenos.

¿Lo acusarán?

Probablemente sí.

Porque alguien debe cargar con la palabra responsable, aunque nadie haya querido matar a nadie.

¿Lo dejarán libre?

Tal vez, después.

Pero antes vendrán noches en vela, declaraciones, el miedo de perderlo todo por un segundo ajeno.

Si lo encarcelan, su familia también caerá.

Una esposa que no entiende cómo un accidente puede convertirse en condena.

Hijos que preguntarán por qué papá no llega.

Dos familias destrozadas.

Ningún culpable verdadero.

La familia del motociclista

A las 08h15 alguien golpea una puerta.

Una madre siente el frío antes de escuchar la noticia.

Una hija deja de ser niña sin saberlo.

Una silla queda vacía para siempre.

Nadie les explicará que él no sufrió.

Eso no consuela.

Nunca consuela.

Solo quedará la pregunta que no tiene respuesta:

—¿Por qué se detuvo?

Y la culpa inútil:

—Si hubiera salido cinco minutos después…

—Si no hubiera discutido…

—Si hubiera contestado el teléfono…

Epílogo

La Perimetral seguirá rugiendo mañana.

Los tráileres pasarán.

Las motos se filtrarán.

El asfalto no recordará nada.

Pero dos hogares sí.

Porque a veces la tragedia no nace de la imprudencia ni del crimen,

sino de algo mucho más humano y peligroso:

un segundo de quiebre en medio de un mundo que no sabe detenerse.

sábado, 10 de enero de 2026

Mocolí, cuando la violencia toca lo que creíamos seguro



Mocolí, cuando la violencia toca lo que creíamos seguro

En los últimos meses, la realidad de nuestra sociedad se ha vuelto demasiado evidente y demasiado inquietante para seguir ignorándola. Asesinatos selectivos, hechos de violencia en espacios cotidianos y nombres que antes solo aparecían en las noticias hoy forman parte de una conversación recurrente. No son episodios aislados: son señales.

Durante años nos convencimos de que la violencia estaba “en otro lado”. Que existían territorios ajenos al conflicto y burbujas de protección: urbanizaciones cerradas, garitas, vigilancia privada, estatus social. Creímos que eso nos hacía inalcanzables. Hoy, esa ilusión se desvanece.

La violencia atraviesa muros, rompe geografías simbólicas y deja un mensaje inquietante: no hay persona ni lugar donde no se pueda llegar. No se trata solo de matar; se trata de demostrar poder, de instalar miedo, de recordar que nadie está completamente a salvo.

A esto se suma una impunidad que se disfraza de corrección jurídica. Narcotraficantes y criminales peligrosos recuperan la libertad por “fallas técnicas”, mientras se invoca un discurso elegante sobre derechos humanos. Suena bien en el papel. En la práctica, significa devolver a la calle a quien ya ha demostrado desprecio absoluto por la vida y la ley. Ya no solo es Ecuador, esta semana fué España.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿dónde quedaron la conciencia, el remordimiento, la compasión? Tal vez nunca estuvieron donde quisimos verlas. Tal vez esperamos humanidad donde solo hay vacío, cálculo y violencia como lenguaje.

Cuando el Estado falla en garantizar seguridad y justicia, no solo fracasa una institución: se erosiona la confianza social, se normaliza el miedo y se degrada la vida cotidiana. Cafeterías, canchas, barrios, espacios comunes dejan de ser lugares y se convierten en escenarios posibles de tragedia.

Nombrar esta realidad no es alarmismo; es lucidez. Y la lucidez, aunque incómoda, es necesaria. Porque una sociedad que permite que la violencia se normalice y la impunidad gobierne, no está viviendo: está esperando su próximo cadáver. Y cada día, con cada falla, nos acerca a ese futuro que nadie quiere, pero que estamos construyendo sin oposición.

Las soluciones fáciles —más armas, más cárceles, garitas reforzadas— funcionan solo como parches temporales. Contienen el reclamo, pero no rompen el ciclo. La violencia no se detiene con miedo ni fuerza; se detiene construyendo justicia real, oportunidades, educación y una ética colectiva que vuelva a colocar la vida en el centro.

Mientras tanto, seguimos caminando por calles que antes eran seguras, entre luces que parpadean como advertencias silenciosas. Cada sombra, cada silencio, nos recuerda que no basta sobrevivir: debemos despertar y exigir, antes de que el vacío se haga dueño de todo lo que amamos.


Mientras tanto, seguiremos comentando desde la comodidad de nuestros celulares, protegidos por pantallas y burbujas que creemos seguras, desplazando la violencia con el dedo como si fuera una noticia más. Rogaremos, en silencio, que ese día no nos toque, que el nombre sea otro, que el lugar sea ajeno. Así, entre la indiferencia y el miedo, no cambiamos nada: solo esperamos. Y esperar, en un país donde la violencia avanza y la conciencia retrocede, no es neutralidad; es una forma lenta y elegante de rendirse.




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