
Cuando el hombre miró al cielo
Desde que el ser humano alzó la vista al firmamento y no
encontró respuestas, empezó a inventarlas.
Imagina una noche primitiva. El fuego chisporrotea, la selva
murmura. Una tribu se abraza al calor del misterio. ¿Qué hay más allá de esa
negrura infinita? ¿Quién hace llover? ¿Por qué muere un hijo? ¿A dónde va el
alma? La religión nació con las primeras preguntas, no con las respuestas.
Surgió del asombro, del miedo, de la necesidad de encontrar sentido en un
universo indiferente.
Pero pronto, ese sentido se convirtió en estructura. La fe
en consuelo. El consuelo en poder. Y el poder… en arma.
Este viaje no busca atacar creencias, sino entenderlas. No
se trata de negar a Dios, sino de descubrir por qué lo hemos necesitado. Y
cómo, en su nombre, hemos creado maravillas y cometido atrocidades.
La religión es uno de los grandes relatos de la humanidad.
Un relato que ha unido y separado, que ha inspirado catedrales y cruzadas,
caridad y censura, amor y fanatismo. ¿Qué es lo divino? ¿Y qué tan humano es lo
que llamamos fe?
Acompáñame. Vamos a sumergirnos en la historia de los
dioses, en la evolución del alma colectiva, en el uso –y abuso– de la
espiritualidad. Un camino lleno de luz… y de sombras.
"El origen
del mito: dioses en todas partes"
Antes de que existiera el templo, estuvo la cueva.
Antes de la Biblia o el Corán, hubo historias susurradas al calor del fuego.
El mito fue el primer lenguaje sagrado de la humanidad. Una
mezcla de poesía, temor y necesidad. Cuando aún no sabíamos lo que era un
trueno, un eclipse o una enfermedad, llenamos esos vacíos con relatos. Y en
ellos, los dioses no estaban lejos: habitaban en todo. En la lluvia, en la
roca, en el animal, en el fuego. Eran parte del mundo, no superiores a él.
Ese fue el tiempo del panteísmo primitivo, cuando el
ser humano veía lo divino en cada hoja que crujía, en cada estrella fugaz. No
se rezaba a un solo dios, sino que se convivía con muchos: el dios del río, la
madre tierra, el espíritu del bosque. No había dogma, sino asombro.
El mito tenía una función: dar sentido al caos. Y a la vez,
establecer un orden. ¿Por qué se cazaba sólo en ciertas lunas? ¿Por qué las
mujeres daban a luz cerca del agua? ¿Por qué el sol regresaba cada día? Todo
tenía un porqué, aunque no fuera científico. Y ese porqué era contado,
repetido, transmitido. Nacía así la tradición, esa memoria colectiva que,
generación tras generación, moldeaba no sólo el pensamiento, sino también la
conducta.
Y con los mitos, emergió también la figura del mediador:
el chamán, el brujo, la sabia de la tribu. Personas que “sabían leer” los
signos del mundo invisible. Así nacen los primeros líderes espirituales, los
primeros guardianes del misterio. A partir de ahí, el paso hacia la religión
organizada era cuestión de tiempo.
El mito no era mentira. Era una forma de verdad, adaptada al
alma de su tiempo.
Pero esa verdad pronto sería codificada, jerarquizada… y
utilizada.
Del mito al
templo: cuando la fe encontró el poder
Cuando las tribus crecieron y dejaron de ser nómadas, cuando
se asentaron junto a los ríos y aprendieron a cultivar, también empezaron a
construir templos. Ya no bastaban las historias junto al fuego. Ahora hacía
falta erigir lugares sagrados, marcar fronteras entre lo divino y lo profano.
Así nació la religión organizada.
Los dioses, antes libres y dispersos en cada árbol o
montaña, fueron encerrados en columnas de piedra. Se les asignaron nombres,
funciones, jerarquías. Surgieron los sacerdotes, los rituales, los sacrificios,
los calendarios religiosos. La espiritualidad, que era íntima y natural, se
volvió sistema.
Y con el sistema vino el poder.
Porque quien controla el vínculo con los dioses, controla a
los hombres.
Las primeras civilizaciones –Sumeria, Egipto, la India
védica, los pueblos mesoamericanos– fueron también teocracias: gobiernos donde
la autoridad era divina. Los reyes eran hijos del cielo. Las leyes, mandatos
sagrados. Cuestionarlos era ofender no solo al hombre, sino al cosmos mismo.
La religión ya no era sólo consuelo o explicación del mundo.
Era una herramienta de control.
Las grandes liturgias no se hacían para Dios, sino para el
orden social. Los rituales mantenían el equilibrio, no sólo entre lo humano y
lo divino, sino entre los que mandaban y los que obedecían. Y así, sin darnos
cuenta, la fe se volvió estructura de poder. Y el poder, cada vez más,
hablaba en nombre de Dios.
Un solo Dios para
gobernarlos a todos: el nacimiento del monoteísmo
Durante siglos, la humanidad vivió rodeada de dioses. Eran
muchos, tenían formas humanas o animales, sentían celos, amaban, guerreaban.
Había un dios para cada necesidad, cada pueblo, cada monte. Y así parecía que
sería siempre.
Pero algo cambió.
En algún momento —incierto, fragmentario, pero crucial—
nació una idea revolucionaria: ¿y si solo hubiera un Dios?
Un dios único, invisible, todopoderoso. Que no compartiera
el cielo con nadie. Que no se viera limitado por la geografía, el tiempo o el
idioma. Un dios que lo abarcase todo, que estuviera en todas partes… pero que
solo hablara con un pueblo.
Así nació el monoteísmo. Primero con los antiguos
hebreos, luego con fuerza imparable a través del cristianismo y el islam.
Religiones que no ven al mundo como un mosaico de divinidades, sino como una
creación de un único ser supremo, eterno e incuestionable.
Este cambio no fue solo teológico, sino político.
Un solo dios permitía una autoridad unificada, una ley
única, una verdad absoluta. Ya no se trataba de convivir con los dioses
vecinos: ahora había que convertirlos o destruirlos. La fe dejó de ser
un lenguaje común y pasó a ser una bandera. Y como toda bandera, empezó a
usarse en guerras.
El politeísmo toleraba la diferencia. El monoteísmo la
perseguía.
Las religiones monoteístas trajeron orden, sí, pero también
cruzadas, inquisiciones, yihad. Donde antes había templos para todos, ahora
había herejes. Lo que antes era diversidad, ahora era blasfemia.
Pero también trajeron una promesa poderosa: la de un Dios
cercano, justo, que escucha, que salva. Una promesa que aún hoy moviliza
millones de almas.
Porque lo fascinante del monoteísmo no es solo su
estructura, sino su capacidad de dar sentido universal. No importa de
dónde vengas: si crees, eres parte. Si no, estás fuera.
La fe impuesta: en
nombre de Dios se mata
Nada resulta más peligroso que una verdad absoluta en manos
de hombres imperfectos. Y cuando esa verdad se cree dictada por Dios, el
resultado puede ser aterrador.
Desde los albores del monoteísmo, la fe ha sido usada no
sólo para consolar, sino para conquistar. La historia de la humanidad está
marcada por guerras santas, conversiones forzadas, y pueblos enteros arrasados
por no adorar al dios correcto.
En nombre de Dios se han quemado libros, mujeres, ciudades.
En su nombre se han justificado imperios, genocidios, esclavitud.
Los cruzados marcharon hacia Jerusalén con la cruz como
estandarte y la espada en la mano. Los misioneros llegaron a América con la
Biblia, pero detrás venían los soldados. El islam expandió su fe a través del
comercio… y también a través del filo del alfanje. Y más allá de Occidente y
Medio Oriente, la historia se repite en otras latitudes: el hinduismo radical,
el budismo nacionalista, el judaísmo extremista. Toda religión, cuando olvida
su esencia, puede volverse arma.
Porque imponer la fe es negar el alma del otro. Es declarar
que tu Dios vale más que su libertad.
Y lo más inquietante: quien mata por fe, no cree estar
haciendo el mal. Cree servir a un bien mayor. Cree obedecer una orden
divina.
Así, la religión deja de ser encuentro con lo sagrado y se
convierte en excusa para el dominio. El templo se convierte en cuartel. El
profeta en general. Y la oración en consigna.
Pero no todo fue impuesto con violencia. A veces, la
manipulación fue más sutil… y más eficaz.
Dios en campaña:
cuando la fe se convierte en política
Cuando los reyes descubrieron que hablar en nombre de Dios
otorgaba más poder que cualquier ejército, el juego cambió para siempre.
Desde entonces, la religión no solo fue guía espiritual: fue
estrategia de gobierno.
Los faraones eran dioses vivientes. Los emperadores romanos
se divinizaban. Los monarcas medievales gobernaban “por gracia divina”. Cada
gesto político venía acompañado de un ritual religioso. Cada discurso, de una
cita sagrada. Porque ¿quién se atreve a cuestionar a un gobernante si se
presenta como elegido por el cielo?
Pero el matrimonio entre fe y poder no terminó con las
coronas. En las democracias modernas, los políticos siguen invocando a Dios, a
la moral cristiana, a la defensa de “valores tradicionales”, como si aún
llevaran sotana bajo el traje.
Usan la fe para construir enemigos: “nosotros, los buenos
creyentes”, contra “ellos, los impíos, los inmorales, los distintos”.
La religión se vuelve entonces frontera, y no puente.
Y en las campañas electorales, lo sagrado se convierte en
eslogan. Las iglesias se llenan de promesas, los púlpitos se contaminan de
propaganda. El votante no elige con la razón, sino con el temor. Y muchos
líderes religiosos, lejos de denunciar este uso espurio de la fe, se suman al
reparto del poder.
Así, Dios se convierte en herramienta de manipulación.
Una divinidad domesticada, puesta al servicio del partido, del caudillo, del
interés.
Una fe que ya no busca elevar el alma, sino ganar votos.
Y mientras tanto, millones siguen creyendo. Con esperanza.
Con necesidad. Con entrega.
Porque en medio de todo, la fe sigue siendo una fuerza
colosal. Y lo será aún más, cuando se encuentra con otro actor inesperado: la
ciencia.
Fe, poder y obediencia
A lo largo de la historia, los tronos han aprendido a hablar
desde los púlpitos.
Los líderes entendieron pronto lo que los sacerdotes ya
sabían: la fe no solo mueve montañas… también mueve votos, ejércitos y
economías. Donde hay religión, hay obediencia. Donde hay obediencia, hay
control. Y donde hay control, hay poder.
Así, muchos gobernantes no han necesitado proclamarse dioses
—como lo hacían los faraones—. Les ha bastado con proclamarse elegidos por
Dios.
El discurso religioso tiene una ventaja que ningún otro
puede igualar: promete sentido, promete orden, y lo más poderoso de todo… promete
salvación. No solo aquí, sino en la eternidad.
Y eso, en épocas de crisis, hambre o guerra, se vuelve oro
puro.
No es casual que en campañas electorales proliferen las
referencias bíblicas, los rezos públicos, los candidatos fotografiados con
pastores o recitando suras del Corán. La religión se convierte en escudo y en
espada. En vacuna contra el escándalo y en arma contra el oponente.
Porque si estás “con Dios”, tu enemigo no solo se equivoca: es
el mal encarnado.
Desde dictadores latinoamericanos hasta populistas modernos
en Europa y Asia, la religión ha sido agitada como bandera para justificar
medidas impopulares, excluir minorías, silenciar a la prensa, o incluso
reescribir la historia. Todo en nombre de la fe.
Pero el gran truco no está solo en el discurso político.
Está en cómo se moldea la conciencia colectiva, cómo
se alimenta el fanatismo, cómo se construyen enemigos imaginarios y se viste de
“pecado” todo lo que incomoda al poder.
Así, millones de personas, con buenas intenciones, terminan
siendo piezas de un engranaje mucho más grande. No obedecen a Dios, sino a
quien dice hablar por Él.
El precio de la salvación: cuando la fe se cotiza en
efectivo
La fe mueve corazones, pero también mueve fortunas.
Durante siglos, la religión prometió redención… a cambio de
algo. Antes fueron sacrificios, luego diezmos, indulgencias, joyas para los
templos, tierras para la Iglesia. Hoy, son transferencias bancarias, tarjetas
de crédito, ofrendas “voluntarias” que se reparten bajo techos de vidrio
templado y pantallas LED.
Porque la fe también es un negocio. Y para muchos,
uno muy lucrativo.
Basta ver a ciertos predicadores en televisión: trajes de
diseñador, relojes de lujo, aviones privados, fortunas inexplicables. Mientras
predican humildad, viven como príncipes. Y su mensaje es claro: “Dios quiere
verte prosperar, pero primero… demuestra tu fe con tu dinero”.
Es el evangelio de la abundancia: si das, recibirás. Si no
prosperas, es porque no creíste lo suficiente.
Una teología que transforma al creyente en cliente, y al templo en empresa.
Pero el fenómeno no es exclusivo del cristianismo
carismático. En otras religiones también se venden objetos sagrados,
bendiciones, lugares en el paraíso. Se cobra por acceder a lo divino.
El alma se convierte en mercancía.
Y lo más cruel es que los más pobres son los más
vulnerables. Porque cuando todo va mal, la fe ofrece esperanza. Y si alguien
les promete un milagro —a cambio de unos dólares—, lo pagarán, aunque no
puedan. Porque la fe no es racional… pero el negocio sí.
Detrás del púlpito muchas veces no hay un guía espiritual,
sino un empresario del más allá.
Y sin embargo, la gente sigue creyendo. Porque necesita
creer. Porque algo, dentro de nosotros, anhela lo sagrado.
Ese anhelo, tan humano, es también el que puede ser
manipulado. Es allí donde nace el fanatismo.
Fanatismo: cuando
la fe se transforma en furia
Toda fe auténtica nace del misterio, de la duda, del
asombro. Pero el fanatismo nace del miedo a dudar.
Cuando alguien deja de creer con el corazón y empieza a
creer con los dientes apretados, el alma ha dejado de buscar a Dios para
comenzar a temerlo. O peor: a usarlo.
El fanático no es un creyente más devoto. Es un creyente que
ha dejado de pensar.
Para él, no existen matices. Solo hay blanco y negro, cielo o infierno,
nosotros o ellos.
El fanatismo comienza como una pasión… y termina como una
trinchera.
Las religiones, cuando se absolutizan, crean identidades
rígidas. Y cuando esas identidades se sienten amenazadas, responden con
violencia, intolerancia, exclusión.
Lo hemos visto una y otra vez: atentados, persecuciones, censuras,
linchamientos morales. Todo en nombre de una fe que ya no busca el encuentro,
sino el control.
El fanático no duda. No escucha. No dialoga. Está convencido de tener la verdad, y esa certeza lo convierte en ciego con
espada.
Y no hablamos solo de bombas ni guerras. Hay fanatismo en
redes sociales, en púlpitos, en grupos de WhatsApp donde se demoniza al
diferente. Hay padres que rompen con sus hijos por no compartir la fe. Hay
comunidades que expulsan a quienes piensan distinto.
Todo eso también es violencia.
El fanatismo es la antítesis del pensamiento crítico.
Y sin pensamiento crítico, la fe se convierte en una cárcel con rejas de oro.
Por eso, más que nunca, la única fe valiente es la que se
atreve a preguntarse a sí misma.
Y en ese ejercicio, en ese cruce entre duda y anhelo, entra en escena una
compañera incómoda pero indispensable: la ciencia.
Fe y ciencia: dos
lenguajes para lo mismo
Desde que el primer rayo cayó sobre una cueva, el ser humano
quiso entender.
Primero, inventamos mitos. Luego, encendimos antorchas. Después,
construimos telescopios y colisionadores de partículas.
Pero el deseo fue siempre el mismo: comprender quiénes
somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos.
La fe y la ciencia no nacieron como enemigas.
De hecho, durante siglos caminaron de la mano. Monjes copiaban tratados de
astronomía. Científicos eran sacerdotes. El asombro era compartido. Porque
mirar una estrella también podía ser una forma de orar.
Pero algo cambió.
Cuando la ciencia comenzó a explicar lo que antes solo Dios
podía justificar —el rayo, la peste, el eclipse, el origen del universo—, la fe
se sintió amenazada. Y entonces comenzó la separación. Y, a veces, la guerra.
Galileo fue obligado a retractarse. Darwin fue tachado de
hereje. Freud fue ignorado. Y sin embargo, mientras algunos levantaban muros, otros descubrían puentes.
Porque la ciencia no puede decirnos si existe Dios, pero sí
puede maravillarse con la precisión del universo. Y la fe no tiene por qué rechazar la evolución o el Big Bang, si puede ver en
ellos el eco de una inteligencia misteriosa.
Ambas, fe y ciencia, intentan responder preguntas
esenciales, aunque lo hagan con lenguajes distintos:
- La
ciencia pregunta “¿cómo?”
- La
fe pregunta “¿por qué?”
Y cuando se respetan, se enriquecen.
Pero cuando se odian, se mutilan.
La tragedia ocurre cuando la fe niega los datos, o cuando la
ciencia se burla de lo sagrado.
El dogma ciega tanto como el cientificismo arrogante. Y entre ambos extremos,
lo que se pierde es la humanidad del buscador.
Hoy, en tiempos de inteligencia artificial, exploración
espacial y manipulación genética, la conversación entre fe y ciencia es más
urgente que nunca.
Porque si no dialogan, se instrumentalizan.
Y cuando eso ocurre, ambas pueden ser usadas para lo peor.
Creer o no creer:
la fe en tiempos de manipulación
En este siglo de algoritmos y saturación digital, la fe
sigue siendo una herramienta poderosa.
No porque se haya purificado, sino porque sigue siendo útil para quienes
saben usarla.
Políticos que se rodean de pastores. Caudillos que juran en
nombre de Dios. Líderes que bendicen armas y criminalizan derechos. Todos ellos
entienden algo básico:
la fe, bien dirigida, puede mover multitudes sin levantar sospechas.
Porque una masa creyente no necesita pruebas, solo un dogma.
No necesita diálogo, solo un enemigo.
Y no necesita pensar, solo obedecer.
Así, millones son arrastrados a votar contra sus propios
intereses, a rechazar la ciencia, a odiar al diferente.
Todo porque alguien en el púlpito, en el estrado, en la televisión o en el
WhatsApp dijo:
“Dios lo quiere así.”
Y esa frase, sin cuestionamiento, puede justificar la
homofobia, el racismo, la misoginia, la exclusión, el odio.
La religión que pudo ser encuentro se vuelve trinchera.
El templo se vuelve plaza de armas.
La fe, que pudo ser vuelo, se convierte en cadena.
Pero no todo está perdido.
Porque también hay quienes creen con libertad.
Quienes rezan y dudan.
Quienes buscan a Dios sin intermediarios.
Quienes no necesitan imponer su verdad para sentirla viva.
Hoy, más que nunca, creer debe ser un acto rebelde.
No contra la fe, sino contra su manipulación.
No contra Dios, sino contra quienes se lo apropian para dominar.
Y si hay una religión posible en este mundo saturado de
ruido, es esta:
la del pensamiento crítico, la del corazón libre, la de la búsqueda sincera.
Porque el verdadero milagro nunca fue convertir agua en
vino.
Fue, y será siempre, convertir el miedo en conciencia.
Nota del autor:
Este texto no busca ofender
creencias, sino invitar a cuestionarlas.
Porque solo lo que se cuestiona de verdad puede sostenerse de pie.
Si algo de lo aquí dicho te incomodó, te enojó o te hizo pensar, te invito a
compartir tu visión.
La conversación —respetuosa, abierta, sincera— es también un acto de fe.
¿Y tú? ¿Crees
por convicción… o por costumbre?
FIN
Si llegaste hasta aqui, eso significa curiosidad o que venciste el miedo a la duda, no hay por qué temer, el viaje por la vida está lleno de cuestionamientos y son esas preguntas las que al irse contestando de a poco, te van liberando, te van enriqueciendo.
INVITACION
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Cada vez se suman mas lectores y eso me inspira y me impulsa a continuar escribiendo.
Cada texto es una ventana a emociones, recuerdos y reflexiones que no te puedes perder. ¡Empieza desde el principio y acompáñame en esta aventura!