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domingo, 29 de junio de 2025

"¿Y tú, cuál sueño cargas?"


 🇺🇸 1. “Make it or break it” – El Sueño Americano

Bradley, 27 años, de Ohio, abandonó la universidad para crear su propia startup.

Sus padres trabajaban los dos: su madre limpiaba oficinas de noche, su padre conducía camiones.

Pese a tener dos empleos cada uno, nunca pudieron pagarle los estudios.

Cuando su madre enfermó de cáncer, el seguro no cubrió todo. Perdieron la casa.

Bradley decidió que no volvería a depender de nadie.

Ahora vende suplementos para el gimnasio y criptomonedas.

Vive en un pequeño departamento, duerme poco y repite que la “zona de confort mata los sueños”.

Su meta es hacerse millonario antes de los treinta.

Hoy publicó en Instagram: “I’d rather die trying than live average.”

> ¿Y si el verdadero riesgo no fuera fracasar, sino no saber para qué estás corriendo?

🇪🇺 2. “Todos deberíamos tener derecho a esto” – El Sueño Europeo

Inés, 26 años, vive en Rotterdam, donde estudia biotecnología gracias a una beca estatal.

Va en bicicleta a la universidad, hace prácticas en un laboratorio público y los viernes juega ajedrez en el parque.

Nunca ha temido enfermar, ni endeudarse por estudiar.

“El sistema no me regaló nada. Solo hizo lo justo: darme las mismas oportunidades que a todos”, dice.

Le preocupa el cambio climático más que el salario. Cree en los impuestos. En lo común.

> ¿Qué tipo de libertad es la que se construye entre todos?

🇪🇨 3. “Yo no puedo rendirme” – El Sueño Latinoamericano

Andrés, 30 años, vive en Guayaquil, en el Guasmo Sur.

Madruga para ir al taller donde arregla motos, estudia contabilidad los sábados y los domingos juega fútbol con su hijo… cuando no hay balaceras.

Hace años que el bus ya no pasa por su calle. El agua llega con suerte, y la luz se va sin aviso.

Su mamá vende bolones y café en la esquina, mirando de reojo por si pasa una moto con dos.

Él sueña con algo sencillo: montar su propio taller y comprarle un local a su madre.

No le interesa ser famoso ni millonario. Solo quiere dejar de vivir al día… y sin miedo.

Cada noche se repite:

“Yo no nací para mendigar futuro. Yo voy a construirlo. Aunque este país me lo niegue.”

> ¿Es más fuerte el que llega lejos o el que se niega a hundirse donde todos se ahogan?

🧠 Reflexión final

No todos nacemos con las mismas cartas, pero todos soñamos.

Unos corren solos, convencidos de que el éxito depende solo de ellos.

Otros avanzan en grupo, confiando en que nadie debería quedarse atrás.

Y hay quienes caminan con el barro hasta las rodillas, esquivando balas y apagones, sin dejar de mirar al cielo.

Los sueños revelan más que metas: muestran el sistema que habitamos, el dolor que arrastramos y la esperanza que nos empuja.

> ¿Cuál es tu sueño? ¿Y qué tan tuyo es realmente?


lunes, 16 de junio de 2025

A IMAGEN DEL HOMBRE


 Advertencia al lector

Este texto no es para los devotos del confort espiritual.

No es una homilía, ni una oración disfrazada.

Es una provocación. Un espejo sin filtro.

Un salto al vacío.

Si usted, amable lector, no está dispuesto a cuestionar

lo que le enseñaron como sagrado,

le recomiendo cerrar esta página de inmediato

y odiarme si así lo prefiere. Está en su derecho.

Pero si, en cambio, tiene el valor de adentrarse

en abismos abisales de los que quizás no se regrese intacto,

entonces… bienvenido, pero lea todo, llegue hasta el final y ahí encontrará la respuesta a su pregunta: entonces, usted no cree en Dios?

REFLEXION

Dicen que Dios es perfecto.

Omnipotente. Omnisciente. Amor infinito.

Pero, curiosamente, no soporta que lo contradigan.

Necesita que lo adoren día y noche,

que lo alaben, que lo glorifiquen,

como si tuviera una autoestima frágil.

Exige sacrificios. Ofrendas. Genuflexiones.

Y si no se le da lo que quiere, castiga.

Envía plagas, diluvios, rayos y enfermedades.

¿Y todo eso siendo perfecto?

Me dicen que me conoce desde antes de nacer.

Aquí es cuando llega este hombre—con Biblia en mano y libreto en la boca—

a explicar por qué Dios no te respondió.

No con hechos, sino con frases…

esas frases gastadas, pero eficaces,

que sirven lo mismo para consolar que para controlar.

"Los tiempos de Dios son perfectos."

Y si nunca llega, es que el tiempo perfecto… era nunca.

"Dios te está procesando."

Porque al parecer, el Creador necesita quebrarte primero

para luego mostrarte su amor.

"No es lo que quieres, es lo que necesitas."

Conveniente forma de justificar cualquier ausencia con un acto de sabiduría celestial.

"Dios está probando tu fe."

Y tú, con tu dolor, eres el experimento.

"No sabes orar."

Claro, Él es omnisciente, pero exige una fórmula exacta para escucharte.

¿Será que necesita que le hablen en código o debo tomar el Curso Avanzado de Oratoria y Súplica Divina?

"Dios te tiene algo mejor."

Palabras bellas que a menudo son solo eso: palabras para justificar lo que no te llegó.

"Todavía no estás listo."

Pero no te dirán cuándo sí lo estarás… ni qué tienes que hacer para estarlo.

"El enemigo está impidiendo tu bendición."

Porque si Dios no actuó, seguro es culpa del diablo, esta sí que es buena.

Y si actuó, fue gracias al pastor.

"Tienes pecado oculto."

Aunque ni tú lo sepas, algo estás haciendo mal. Tienes que revisar tu pasado, hay una sombra, hay algo oscuro, debes revisar bien.

La culpa siempre es útil.

"Tu milagro viene en camino."

Un paquete celestial con envío diferido…

sin guía de rastreo de Correos del Ecuador, seguramente ahí te lo perdieron.

"Estás siendo moldeado como el barro."

O triturado. Es lo mismo, pero suena más bíblico.

"Estás sembrando en el espíritu."

Eso sí: no dejes de sembrar en efectivo también.

"Dios a veces dice ‘sí’, otras ‘no’, y otras ‘espera’."

Una frase a prueba de balas, perfecta para explicar lo inexplicable… o no explicar nada.

"Estás siendo atacado porque eres una amenaza para el diablo."

Un halago con disfraz de calamidad.

"Es que no has dado pasos de fé"

Esta frase,  es una de las que mas me encanta.



Pero la explicación nunca falta.

Quizás no es que Dios no quiera responder,

sino que el sistema religioso necesita que no responda.

Porque mientras esperas en fe, diezmas con fe,

y obedeces… también con fe.

Y si te atreves a cuestionar, te acusan de falta de fe.

Y si te alejas, te tachan de rebelde.

Y si piensas, te llaman orgulloso. Solo debes creer, aquí no hay ni lógica ni razón.

Te hicieron creer que Dios es tu mandadero, que està para cumplir con lo que pidas.

Tal vez el problema no es Dios.

Entonces me quedo así:

viendo cómo el corrupto prospera,

el narco bendice a su madre con una iglesia propia,

y el honesto ayuna con fe… pero con hambre.

Y no puedo evitar pensar:

¿No será que ese Dios tan contradictorio,

tan necesitado, tan selectivo,

es simplemente una creación nuestra?

¿Un reflejo de nuestras culpas,

nuestro miedo a no tener el control,

nuestro deseo de que alguien ponga orden…

cuando ni nosotros sabemos qué hacer?

Tal vez el verdadero Dios no pide nada,

no promete premios ni castigos,

ni necesita que lo defiendan ni lo alaben, ni glorias ni hosannas.

Tal vez solo espera —si acaso—

que seamos mejores humanos,

no mejores religiosos.

Y ese “pueblo elegido”...

quizás solo fue el primero que se lo inventó

y redactó su propia bendición.

Y entonces



¿por qué un ser perfecto exigiría sacrificios?

¿Para qué necesita sangre el que es eterno? Corderos o platita, será que tiene hambre o que va a comprarse algo?

¿Se alimenta acaso del dolor humano?

¿O fue el hombre quien, al no entender otra forma de poder,

proyectó su sed de control en los cielos?

La Biblia, lejos de ocultarlo, lo confirma:

– A Abraham se le pidió matar a su hijo (Génesis 22)

– Jefté sacrificó a su hija por una promesa a Dios (Jueces 11)

– Dios mató a todos los primogénitos de Egipto (Éxodo 12:29)

– David entregó siete descendientes de Saúl y la lluvia volvió (2 Samuel 21)

– Y Jesús… el sacrificio humano más célebre (Juan 3:16

Eso no suena a perfección divina.

Suena a costumbre de reyes antiguos.

A dioses con hambre de obediencia y miedo.

Y es que si el ser humano solo conocía en los reyes el poder a través del castigo,

¿cómo iba a imaginar un Dios distinto?

Lo hizo a su imagen y semejanza, porque no tenía otro referente.

Y si algún día hubiésemos sido visitados por seres de otro planeta,

seguramente los habríamos puesto en ese mismo altar.

Quizás no fue Dios quien nos hizo a su imagen…

sino nosotros quienes lo construimos con las sobras de nuestros miedos.

EPILOGO


Pero no en ese Dios de trono y látigo, de listas negras y cielos con cupo: los 144.000, el rapto, el pueblo elegido, de los apartados, de los que ya no son de este mundo, de los que creen que ellos nomás son los salvos, de los que dejan a sus familias porque algunas religiones así se los manda.

No en el que reparte culpas como castigos escolares,

ni en el que necesita incienso, himnos y cheques para ser adorado.

Creo en un Dios que no necesita que lo defiendan,

porque quien ama de verdad no exige reverencias.

"No creo en un Dios sordo. Un Dios que no escucha cuando, con todo el corazón, suplicas que no muera ese ser que amas. No creo en un Dios que calla justo cuando más necesitas una señal, una respuesta, una esperanza."

Creo en un Dios que no pide cuentas

por lo que hicieron otros antes que yo, porque yo? ni interado, a mí que ni me busquen si la culpa dicen que es de un tal Adán, pero ni siquiera tenía mi apellido.

Ni por lo que yo fui antes de entender quién era.

Ese Dios —el mío, el que imagino, el que presiento—

no cobra con enfermedades, ni premia con loterías.

No te hunde en la miseria para enseñarte humildad,

ni te manda a terapia emocional cada domingo vestido de culto.

Dios, si es perfecto, no necesita nada.

Y si me ama, me deja elegir.

Me dio vida… y luego el segundo regalo más grande:

la libertad de caminar a donde me dé la gana,

aunque me equivoque de puerta.

Y si al final del camino me espera,

no será con un tribunal ni con balanzas de fuego,

sino con una sola pregunta:

¿Fuiste tú, o solo una copia con miedo?

Porque si algo tengo claro,

es que el hombre nunca entenderá a Dios.

Y eso lo sé no porque me falte fe,

sino porque me sobra honestidad.



Tú verás qué haces con esto:

seguir creyendo como si nada

o excomulgarme con gusto,

y desear que arda por toda la eternidad en ese "infierno aterrador" por no creer,

por el simple crimen de pensar.

La decisión es tuya.

Yo ya hice la mía:

no me arrodillo ante el miedo,

ni ante dioses que necesitan sacrificios para sentirse divinos.

"Dios no es tu empleado. No está a tu servicio para cumplir cada deseo, por justo o urgente que parezca. Si hiciera todo lo que pedimos, el mundo sería un caos: unos piden lluvia, otros sol; unos quieren justicia, otros venganza. Lo que para ti es vital, para otro es tragedia. Por eso, más que pedir que Dios haga tu voluntad, quizá el desafío está en entender la suya —o aprender a vivir sin entenderla del todo."

Pero a pesar de todo y aunque nunca alcance a entenderlo

YO SI CREO

Pero te dejo con este interrogante







¿Para qué preguntas si ya decidiste? ¿Y por qué te molestas si me dejaste decidir?

Hay dos situaciones cotidianas que, aunque parecen inofensivas, generan un malestar que se acumula con el tiempo.

La primera:

> Alguien pregunta: "¿Prefieres arroz con pollo o salteado?"

Uno contesta: "Salteado."

Y la respuesta es: "Mejor arroz con pollo.

La segunda:

> Alguien dice: "No sé, cena lo que sea."

Uno pide pizza o trae KFC…

Y la reacción es: "Eso no era lo que quería."

Ambas escenas, tan comunes, revelan problemas de fondo en la comunicación. Analicémoslas.

1. Preguntas que en realidad no son preguntas

Cuando alguien ofrece dos opciones pero luego elige por uno, lo que está ocurriendo es una falsa pregunta. La persona ya tenía una preferencia interna, pero en lugar de decirla directamente, pregunta como si estuviera abierta a cualquier respuesta.

Esto genera molestia porque:

Invalida la opinión del otro. Si se va a imponer la decisión de todos modos, ¿para qué consultar?

Simula una democracia donde no la hay. Se aparenta apertura al diálogo, pero el resultado ya está decidido.

En el fondo, muchas veces esto viene de una dificultad para expresar lo que uno quiere sin sentirse egoísta o autoritario. Es más fácil preguntar y luego corregir que decir directamente: "Quiero arroz con pollo."

2. Delegar sin estar preparado para aceptar

En la segunda situación, hay una especie de renuncia emocional: "Lo que sea." Pero no es real. Muchas veces esa respuesta oculta un deseo no verbalizado o una expectativa invisible.

Entonces, cuando llega la pizza o el KFC, surge la molestia. ¿Por qué?

Porque no se dijo lo que realmente se quería.

Porque se esperaba que el otro “adivinara”.

Porque se evitó decidir, pero se quiere controlar el resultado.

Esto puede ser frustrante para quien tomó la decisión de buena fe, creyendo que tenía libertad, cuando en realidad estaba caminando en un campo minado de expectativas no expresadas.

¿Ocurre más en mujeres?

No es un asunto biológico, sino cultural. Muchas mujeres han sido socializadas para evitar el conflicto directo, para ser complacientes, para decir “está bien” cuando no lo está. Esto las lleva, a veces, a formular preguntas indirectas o a dejar decisiones en manos de otros, sin estar del todo cómodas con el resultado.

También ocurre al revés: muchos hombres tienden a callarse el malestar y no decir que algo no les gustó, generando silencios incómodos en lugar de discusiones abiertas.

El punto es que este tipo de dinámicas no dependen del género, sino de los hábitos emocionales y de comunicación que se arrastran —y que muchas veces nadie se detiene a revisar.

Entonces, ¿qué hacer?

Si preguntas, acepta la respuesta. Y si ya sabes lo que quieres, dilo.

Si delegas, hazlo con la madurez de aceptar lo que venga.

Y si no sabes qué quieres, dilo también, pero sin juzgar al otro por decidir.

La honestidad emocional no es solo para los grandes momentos. Se construye en cosas tan pequeñas como una cena o una conversación de cinco minutos. Y si no se cuida ahí, es donde comienzan los resentimientos innecesarios.

El último recurso es el suicidio, el divorcio o un sicariato. Qué opina usted?

Epílogo

Sabias palabras de mi querido amigo Santiago Mendoza:

"Pide lo que tú quieras que yo te traigo lo que me dé la gana" 

Pensar que yo gasté tanta saliva y él, en dos líneas lo sintetizó. 

Maestro, me inclino ante su sabidurìa y genialidad.


sábado, 7 de junio de 2025

El Laberinto del Sicariato Infantil en Ecuador: Cuando las Balas Reemplazan a los Juguetes

            

 

            Introducción

El fenómeno del sicariato perpetrado por menores de edad en Ecuador no es un crimen aislado; es un síntoma agudo de un sistema social fracturado. Adolescentes que deberían estar en aulas o canchas deportivas empuñan armas con frialdad, ejecutan órdenes de muerte y exhiben un cinismo perturbador ante la justicia. Este ensayo expone las complejas causas —familiares, sociales, estatales y económicas— que arrastran a estos jóvenes hacia el abismo, y las perversas dinámicas que normalizan su brutalidad.

I. El Vacío que Precisa el Crimen: Factores de Reclutamiento

  • Familias Rotas o Ausentes: Muchos de estos menores provienen de hogares disfuncionales: padres encarcelados, desaparecidos, o sumidos en adicciones. La ausencia de figuras de autoridad y afecto establece un vacío que llenan los líderes de pandillas, ofreciendo falsa pertenencia y "respeto" mediante la violencia.

  • Pobreza Extrema y Exclusión: En barrios marginales con servicios básicos inexistentes y oportunidades nulas, el crimen organizado se presenta como el único "empleador" visible. La promesa de dinero rápido ("plata"), ropa de marca, drogas y estatus es un imán poderoso.

  • Fracaso del Sistema Educativo y Social: Escuelas colapsadas, sin capacidad de retención ni proyectos de vida alternativos, expulsan a los jóvenes. La sociedad les ha fallado primero, negándoles educación de calidad, espacios seguros de recreación y esperanza en el futuro.

II. La Psicología del Desapego: Asesinar sin Remordimiento

  • Deshumanización del "Enemigo": Las pandillas adoctrinan a los menores, presentando a sus víctimas (rivales, "sapos", civiles en zonas disputadas) como obstáculos o amenazas, no como seres humanos. Matar se convierte en un "trabajo" necesario para la supervivencia del grupo.

  • Cultura del Poder Instantáneo: El arma en la mano transforma al adolescente marginado en alguien temido y "respetado". Este poder ilusorio —la capacidad de decidir sobre la vida y muerte de otros— genera una sensación adictiva de control e impunidad que suple su profunda inseguridad.

  • Anestesia Emocional por Trauma y Adicción: Muchos menores sicarios son víctimas previas de violencia extrema o abuso, desarrollando mecanismos de disociación. El consumo constante de drogas como la pasta base (altamente adictiva y barata) o el alcohol adormece aún más la conciencia y la empatía.

  • Cínica Aceptación del Destino: La exposición constante a la muerte (ajena y propia) genera una fatalidad distorsionada. La prisión o la muerte violenta ("morir joven es una gloria" en cierta jerga pandillera) se perciben como desenlaces inevitables y hasta "honrosos" dentro de su código de guerra. El cinismo ante los interrogatorios es una máscara de desafío y desesperanza.

III. El Estado y la Sociedad: Entre la Impotencia y la Complicidad

  • Policía y Justicia: Impunidad y Desbordamiento:

    • Las fuerzas policiales, a menudo desbordadas, infiltradas o carentes de recursos, luchan por investigar eficazmente. La captura de un menor sicario rara vez desmantela la red que lo opera.

    • El Dilema Legal: El sistema penal juvenil, diseñado para la reinserción, se ve pervertido. La Ley suele interpretarse de forma que favorece la impunidad:

      • El Mito del "Narcodependiente en Tratamiento": Es cierto que existe la figura jurídica. Algunos menores capturados (o sus defensores) alegan adicción para acceder a medidas socioeducativas o tratamiento en lugar de privación de libertad, argumentando que el delito fue cometido bajo influencia. Esto, en la práctica, puede ser explotado como una vía rápida de salida, especialmente si no hay un seguimiento estricto y prolongado.

      • Penas Bajas y Reincidencia: Las sanciones para menores son significativamente mas leves que las impuestas a los adultos, incluso por homicidio. Esto, sumado a la falta de programas efectivos de rehabilitación dentro de los centros, facilita la reincidencia.

  • Sociedad: Entre el Miedo y la Estigmatización: La ciudadanía vive aterrorizada. Esta violencia genera rechazo y estigmatización masiva hacia todos los jóvenes de barrios marginales, alimentando un ciclo de exclusión y resentimiento. Sin embargo, también hay sectores que, por miedo o complicidad silenciosa, optan por no denunciar.

  • La Siniestra Explotación por Actores Políticos y "DDHH":

    • Partidos Políticos: Es real que ciertos grupos políticos, locales o nacionales, han buscado cooptar o pactar con estructuras pandilleras para obtener votos, control territorial o usar su brazo armado contra rivales. Esto les otorga a las pandillas un escudo político y sensación de invulnerabilidad.

    • La Distorsión de los DDHH: Algunas organizaciones, con discursos rígidos o agendas cuestionables, pueden caer en la trampa de defender solo los derechos del menor victimario, minimizando el horror de sus actos y el derecho a la justicia de las víctimas y la sociedad. Esto genera profunda indignación ciudadana y debilita la credibilidad de la defensa genuina de los DDHH.

IV. El Negocio Macabro: La Economía de la Violencia

  • Secuestro y Explotación de Menores: Es cierto y documentado por investigaciones periodísticas y organismos que las pandillas secuestran adolescentes para forzarlos a trabajar como sicarios o "halcones". Sí, en muchos casos se paga a familias empobrecidas o amenazadas a cambio de "prestar" a sus hijos, un negocio perverso donde la vida juvenil es una mercancía. Las pandillas los ven como herramientas desechables y rentables: reciben castigos menores si son capturados, generan terror y producen ingresos mediante extorsión y narcotráfico.

Conclusión: Romper el Círculo, una Imperiosa Necesidad Ética
El sicariato infantil en Ecuador es un espejo deformante que refleja el colapso de múltiples estructuras: familias desintegradas, un Estado incapaz de garantizar seguridad y oportunidades básicas, un sistema judicial permeable a la manipulación, una sociedad fragmentada entre el miedo y la indiferencia, y actores políticos y pseudo-defensores que instrumentalizan el dolor.

La frialdad con la que estos menores matan no es monstruosidad innata; es el producto final de una cadena de deshumanización, que comienza con la desesperanza, pasa por la adoctrinación violenta y se consolida con la impunidad y la falsa promesa de poder.

La reflexión obligada es amarga: ¿Qué futuro se construye cuando la niñez se arma? La solución no radica solo en endurecer penas (necesario, pero insuficiente), sino en un compromiso integral y urgente: atacar la pobreza extrema, fortalecer familias y comunidades, reformar radicalmente la educación y el sistema de justicia juvenil (con rehabilitación real y supervisión estricta), desmantelar las redes criminales y su financiamiento, y erradicar la corrupción política que las protege. Exigir justicia para las víctimas es también prevenir que otros niños se conviertan en victimarios. El precio de la inacción es una generación perdida y un país sumido en el caos. El momento de actuar es ahora, antes de que el laberinto devore todo futuro.

Qué opina usted?


domingo, 1 de junio de 2025

🎉 Día del Niño (versión retro)

Cuando la infancia venía con chancleta incluida

Hoy celebramos el Día del Niño…

Pero no cualquier niño.

¡Celebramos al niño de antes!

Ese que sobrevivió a las amenazas con nombre propio: Chancleta, Cinturón, Mirada Amenazante,  Fuete… y su primo lejano, “¡Te espero en la casa!”

¿Tú tenías derechos? ¡Claro!

Derecho a tender tu cama sin que nadie te lo pidiera (porque la mirada de mamá dictatorial y enérgica ya era una orden).

Derecho a comer lo que había, y si no te gustaba: “¡Pues no comas! o te sirvo el doble”

Derecho a jugar… solo después de haber hecho la tarea, lavado el plato, y recogido hasta la última ficha del rompecabezas.

Métodos de crianza que forjaban carácter

1. La Chancleta Voladora™


No importaba qué tan rápido corrieras. Te encontraba. Era WiFi antes del WiFi.

2. El Cinturón Negro Grueso, Amenazante

Se deslizaba del pantalón del padre con un sonido que silenciaba el alma. Solo con verlo, uno cambiaba de actitud.

3. El Fuete Motivacional

De confección tosca, amarillento y con alma de cuero. No era un arma, era un corrector ortopédico de valores.

4. La mirada dulce de las mamás


No necesita explicación.

Pero éramos felices

Jugábamos con barro, sin casco, sin psicólogo al lado.

Nos sabíamos el Padre Nuestro y el código secreto de las cejas fruncidas de mamá.

Aprendimos valores básicos:

•Respeta

•Saluda

•Agradece

•Ayuda

•Báñate

•No hables con la boca llena

Una reflexión con humor… y sin traumas

¿Nos dolieron las nalgas? Sí, quedaban rojitas y marcadas.

¿Nos traumaron? No.

Porque cuando se aplicaban con mesura, con cariño (y con buena puntería), estos métodos no sembraban miedo, sino respeto.

Hoy lo recordamos entre risas, como parte de una infancia que, entre chancletas y sermones, también nos enseñó a ser responsables, solidarios y agradecidos.

¡Feliz Día del Niño!

A los de ahora...

y a los que fuimos antes,

con cicatrices invisibles

y recuerdos imborrables

de látigo de cuero o fuete, cinturón, chancletazos y mucho pero mucho amor.

FINALIN



miércoles, 21 de mayo de 2025

El banco de cemento

Donde los sueños se cruzaron y la amistad echó raíces


Éramos tantos, y tan distintos

circa 1982

Cada uno llegó con su maleta invisible, llena de sueños, ilusiones, temores. Algunos ya se conocían, traían risas compartidas de antes; pero la mayoría no. Nos unió el azar —o tal vez el destino— en ese banco de cemento frente a la facultad.

Allí, sin darnos cuenta, comenzó algo que el tiempo no ha podido borrar.

Nos reuníamos mañana, tarde o noche, antes o después de clases. No había horarios, ni reglas. Solo la certeza de que alguien estaría ahí, esperando o necesitando compañía. Cada quien con su historia, con su mundo a cuestas, pero con ganas de compartirlo.

Lo que nació en ese banco

Fue más que un sitio para descansar. Ese banco fue refugio, confidente, escenario de nuestras primeras luchas adultas. Se forjaron amistades, nacieron amores, se confesaron secretos. Algunos nos graduamos, otros no. Nos fuimos yendo en distintas fechas, en diferentes direcciones, pero con algo en común: nadie salió igual de como llegó.

Entramos siendo jóvenes, aunque también hubo quienes ya venían con años y batallas vividas. A pesar de eso —o quizás por eso—, la amistad se tejió con hilos fuertes, invisibles, eternos.

GUAYAQUIL

En casa de Elenita


De izquierda a derecha, Narcisa Rodriguez, Katy,  Janina Corral, Elenita, Raúl Moreano, Aure, yo, Roque Farías

SALINAS

Depa de Chabela

agosto 24, 2024



De izquierda a derecha, Guillermo, Elenita, yo junto a mi esposa Aure, Chabela (anfitriona) y Lilia (Colorina)

En la Chocolatera

De izquierda a derecha, Katy, Elenita, Chabela, yo, Aracely, Aure y Lilia.

En el depa de Elenita

20 de noviembre, 2022


De izq a der, Chabela, Aracely, Guillermo, Elenita, Aure, Katy, la coma Lourdes y mi compa Teodoro

Cena en casa de Guillermo

20 de octubre del 2024

De izquierda a derecha: Chabela, Katy, Elenita, Aracely, Guillermo, Lilia, Aure (mi esposa) y yo.

Quién lo diría… hoy ya pasamos los  sesenta. Y seguimos aquí.

Conversaciones que nos salvan

Hablamos de todo: de las alegrías y los dolores, de los hijos y los nietos, de los amores que nos marcaron, de los sueños que cumplimos y de los que dejamos atrás. A veces reímos como en los viejos tiempos, a veces solo nos miramos y entendemos todo sin palabras.

Porque después de la familia, lo que verdaderamente abriga el alma es la amistad sincera.

Esa que no necesita filtros, ni disfraces.

La que no exige, solo está.

La que es limpia, solidaria, clara como el agua, diáfana como el cielo de una mañana sin nubes y cristalina como el agua.

El banco sigue ahí… en nosotros

No sé si ese banco de cemento aún existe. Quizás ya lo reemplazaron, o el tiempo lo cubrió de musgo y silencio.

Pero en nosotros sigue intacto.

Cada vez que nos miramos, que nos abrazamos, ese banco revive. Porque allí empezó esta historia que el tiempo no ha logrado borrar.

Y aunque la vida nos haya puesto canas y arrugas, seguimos celebrando lo mismo:

la dicha de habernos encontrado,

la alegría de seguir caminando juntos,

después de tanto.

Si quieres escuchar la canción, haz CLIC en este enlace  EL BANCO DE CEMENTO y vuelve a hacer CLIC en el video, se demora un poquito, pero ten paciencia, gracias. Si no pudiste escucharlo, me escribes y te envio el enlace.

Reflexión

"Pa’luego es tarde. El ahora es todo. Mañana… quién sabe si estaré. Por eso, hoy que puedo, te digo que te quiero. Hoy que puedo, te doy un gran abrazo, compartimos un café, nos alegramos de vernos, nos reímos como siempre. Porque después de 43 años, lo más valioso que seguimos llevando con nosotros son las memorias, los recuerdos que construimos juntos."

FIN

NOTA ACLARATORIA

Tal vez mañana el Alzheimer borre de mi memoria nombres, lugares y fechas. Por eso, cada fotografía lleva su respectiva explicación. No quiero que los recuerdos se pierdan en el olvido. Quiero que hablen por mí cuando ya no pueda hacerlo.















lunes, 19 de mayo de 2025

La Línea que Nunca Debió Cruzarse

Cuando la codicia se disfraza de ciencia o de necesidad, el dolor ajeno se vuelve negocio.

El dolor como mercado

La humanidad ha luchado contra el dolor desde tiempos antiguos. Pero nunca como ahora se ha convertido en una industria. Una industria tan lucrativa, que quienes controlan el suministro de alivio han terminado vendiendo sufrimiento.

En las salas blancas de los hospitales, se administran fórmulas autorizadas por gobiernos y selladas con el prestigio de la medicina. Más allá, en los callejones olvidados de las ciudades, se distribuyen polvos que matan rápido o lentamente, según el azar.

En ambos casos, hay una constante: la codicia.

La promesa blanca: Oxicodona y el rostro amable del daño



La primera vez que Andrés recibió oxicodona fue después de una cirugía en la columna. El dolor era insoportable, y el médico le dijo que esta pastilla, pequeña y blanca, lo ayudaría a dormir tranquilo.

Durante semanas, lo hizo. Pero cuando las dosis se terminaron, el cuerpo de Andrés pedía más. No solo por el dolor, sino por algo más profundo, más oscuro.

Su familia no entendía cómo aquel hombre fuerte y amoroso había cambiado. Lo veían irritable, ansioso, distante.

No sabían que la cura se había convertido en cárcel.

Zombis del apocalipsis moderno: fentanilo en las calles de Los Ángeles



En la esquina de San Pedro y 6th, ya no caminan personas. Se arrastran. Hombres y mujeres doblados sobre sí mismos, cuerpos que ya no obedecen, miradas vacías que no buscan nada. Algunos orinan sobre sí, otros mastican el aire. Nadie reacciona.

Son los nuevos zombis de América.

No salieron de un laboratorio secreto ni de una película de terror. Fueron paridos por la indiferencia, alimentados por la desesperación, y acabados por el fentanilo.

Una dosis cuesta menos que un café. Mata más que una bala. Y sus fabricantes no necesitan esconderse: lo mezclan con lo que sea, lo venden como pastillas falsificadas, lo esconden en caramelos o lo inyectan directo en la vena.

En Skid Row, un joven de 22 años muere en la acera. Nadie grita. Nadie llora. Un voluntario lo cubre con una sábana gris, y continúa repartiendo botellas de agua. En esa calle, la muerte ya no interrumpe.

El fentanilo no perdona. Y el sistema tampoco.

Drogas sucias, muerte barata

En Ecuador —como en muchos países de la región— se ha empezado a registrar la presencia de drogas extremadamente peligrosas como el fentanilo y sus análogos, muchas veces mezcladas con otras sustancias aún más tóxicas. Estas "drogas sucias", baratas y altamente adictivas, no solo destruyen la salud física y mental de quienes las consumen, sino que también socavan el tejido social: aumentan la violencia, el crimen, y debilitan aún más los sistemas de salud y justicia ya sobrecargados.

La codicia no distingue batas ni pasamontañas

¿Quién destruye más vidas: el narco que mete pastillas falsas en mochilas escolares, o el empresario que firma desde su oficina una campaña para decir que la oxicodona “no es adictiva”?

Uno apunta con un arma. El otro, con un portafolio lleno de patentes, abogados y marketing.

En apariencia no se parecen:

Uno vive escondido, con guardaespaldas y miedo.

El otro cena en Manhattan, sonríe en galas benéficas y dona alas enteras de hospitales con su apellido.

Pero ambos venden muerte.

El narcotraficante sabe que sus productos matan. El otro lo sabe también, pero lo maquilla con informes, congresos médicos, palabras como "controlado", "supervisado", "seguro". Y mientras tanto, embolsa millones.

La codicia no discrimina.

No le importa la ley.

No distingue trajes ni acentos, ni si el polvo blanco viene de un laboratorio con licencia o de un rancho oculto entre montañas.

Donde hay alguien dispuesto a pagar por aliviar su dolor, habrá otro dispuesto a aprovecharse.

¿Quién paga el precio?

María encontró a su hijo, Tomás, de 17 años, con espuma en la boca. Había tomado media pastilla azul que le ofreció un compañero del colegio. Creyó que era algo para relajarse antes del examen. Era fentanilo prensado. Murió en menos de cinco minutos. No era drogadicto. Era un chico con miedo al fracaso.

Germán, de 42 años, empezó con una lesión en la espalda. El médico le recetó oxicodona, luego más, luego otra marca más fuerte. Perdió el trabajo por ausencias. Luego la casa. Terminó vendiendo herramientas para comprar pastillas en la calle. Murió en una pensión miserable, solo, de una sobredosis.

Su esposa aún conserva la receta original.

Jessica trabajaba en emergencias. Le ofrecieron una pastilla para aguantar los turnos dobles. Tres años después, la encontraron robando medicamentos del hospital. La despidieron. Hoy vive en una casa de rehabilitación. Lleva 27 días limpia. No sabe si llegará a 28.

Las víctimas no siempre son adictos. A veces son pacientes, adolescentes, madres, abuelos, trabajadores. Son gente que no entendía lo que se estaba metiendo en el cuerpo hasta que fue tarde.

Porque nadie les dijo la verdad.

Porque a alguien le convenía que no la supieran.

Todos sabían, pero callaron

No fue ignorancia.

No fue un error.

Fue una decisión.

Directivos, distribuidores, médicos, autoridades. Todos sabían.

Sabían que la oxicodona era adictiva. Sabían que el fentanilo era una sentencia de muerte en polvo. Sabían que millones caerían.

Pero no detuvieron nada.

Porque el dinero seguía entrando.

Y nosotros, los de a pie, también supimos. Vimos las noticias, los documentales, las calles infestadas, las recetas repetidas. Lo sabíamos, y seguimos adelante. Porque no nos tocaba aún. Porque no era nuestro hijo. Porque no éramos nosotros.

¿Hasta cuándo?

¿Cuánto vale una vida? ¿Cuántas muertes se necesitan para que el dolor deje de ser un negocio?

La codicia no aparece de golpe. Comienza con una justificación. Luego otra. Y otra. Hasta que un día ya no vemos personas. Solo números. Solo ventas. Solo "casos aislados".

Si no trazamos un límite claro, todos, en algún momento, seremos parte del daño.

Por acción.

Por omisión.

Por costumbre.

FIN






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