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miércoles, 21 de mayo de 2025

El banco de cemento

Donde los sueños se cruzaron y la amistad echó raíces


Éramos tantos, y tan distintos

circa 1982

Cada uno llegó con su maleta invisible, llena de sueños, ilusiones, temores. Algunos ya se conocían, traían risas compartidas de antes; pero la mayoría no. Nos unió el azar —o tal vez el destino— en ese banco de cemento frente a la facultad.

Allí, sin darnos cuenta, comenzó algo que el tiempo no ha podido borrar.

Nos reuníamos mañana, tarde o noche, antes o después de clases. No había horarios, ni reglas. Solo la certeza de que alguien estaría ahí, esperando o necesitando compañía. Cada quien con su historia, con su mundo a cuestas, pero con ganas de compartirlo.

Lo que nació en ese banco

Fue más que un sitio para descansar. Ese banco fue refugio, confidente, escenario de nuestras primeras luchas adultas. Se forjaron amistades, nacieron amores, se confesaron secretos. Algunos nos graduamos, otros no. Nos fuimos yendo en distintas fechas, en diferentes direcciones, pero con algo en común: nadie salió igual de como llegó.

Entramos siendo jóvenes, aunque también hubo quienes ya venían con años y batallas vividas. A pesar de eso —o quizás por eso—, la amistad se tejió con hilos fuertes, invisibles, eternos.

GUAYAQUIL

En casa de Elenita


De izquierda a derecha, Narcisa Rodriguez, Katy,  Janina Corral, Elenita, Raúl Moreano, Aure, yo, Roque Farías

SALINAS

Depa de Chabela

agosto 24, 2024



De izquierda a derecha, Guillermo, Elenita, yo junto a mi esposa Aure, Chabela (anfitriona) y Lilia (Colorina)

En la Chocolatera

De izquierda a derecha, Katy, Elenita, Chabela, yo, Aracely, Aure y Lilia.

En el depa de Elenita

20 de noviembre, 2022


De izq a der, Chabela, Aracely, Guillermo, Elenita, Aure, Katy, la coma Lourdes y mi compa Teodoro

Cena en casa de Guillermo

20 de octubre del 2024

De izquierda a derecha: Chabela, Katy, Elenita, Aracely, Guillermo, Lilia, Aure (mi esposa) y yo.

Quién lo diría… hoy ya pasamos los  sesenta. Y seguimos aquí.

Conversaciones que nos salvan

Hablamos de todo: de las alegrías y los dolores, de los hijos y los nietos, de los amores que nos marcaron, de los sueños que cumplimos y de los que dejamos atrás. A veces reímos como en los viejos tiempos, a veces solo nos miramos y entendemos todo sin palabras.

Porque después de la familia, lo que verdaderamente abriga el alma es la amistad sincera.

Esa que no necesita filtros, ni disfraces.

La que no exige, solo está.

La que es limpia, solidaria, clara como el agua, diáfana como el cielo de una mañana sin nubes y cristalina como el agua.

El banco sigue ahí… en nosotros

No sé si ese banco de cemento aún existe. Quizás ya lo reemplazaron, o el tiempo lo cubrió de musgo y silencio.

Pero en nosotros sigue intacto.

Cada vez que nos miramos, que nos abrazamos, ese banco revive. Porque allí empezó esta historia que el tiempo no ha logrado borrar.

Y aunque la vida nos haya puesto canas y arrugas, seguimos celebrando lo mismo:

la dicha de habernos encontrado,

la alegría de seguir caminando juntos,

después de tanto.

Si quieres escuchar la canción, haz CLIC en este enlace  EL BANCO DE CEMENTO y vuelve a hacer CLIC en el video, se demora un poquito, pero ten paciencia, gracias. Si no pudiste escucharlo, me escribes y te envio el enlace.

Reflexión

"Pa’luego es tarde. El ahora es todo. Mañana… quién sabe si estaré. Por eso, hoy que puedo, te digo que te quiero. Hoy que puedo, te doy un gran abrazo, compartimos un café, nos alegramos de vernos, nos reímos como siempre. Porque después de 43 años, lo más valioso que seguimos llevando con nosotros son las memorias, los recuerdos que construimos juntos."

FIN

NOTA ACLARATORIA

Tal vez mañana el Alzheimer borre de mi memoria nombres, lugares y fechas. Por eso, cada fotografía lleva su respectiva explicación. No quiero que los recuerdos se pierdan en el olvido. Quiero que hablen por mí cuando ya no pueda hacerlo.















lunes, 19 de mayo de 2025

La Línea que Nunca Debió Cruzarse

Cuando la codicia se disfraza de ciencia o de necesidad, el dolor ajeno se vuelve negocio.

El dolor como mercado

La humanidad ha luchado contra el dolor desde tiempos antiguos. Pero nunca como ahora se ha convertido en una industria. Una industria tan lucrativa, que quienes controlan el suministro de alivio han terminado vendiendo sufrimiento.

En las salas blancas de los hospitales, se administran fórmulas autorizadas por gobiernos y selladas con el prestigio de la medicina. Más allá, en los callejones olvidados de las ciudades, se distribuyen polvos que matan rápido o lentamente, según el azar.

En ambos casos, hay una constante: la codicia.

La promesa blanca: Oxicodona y el rostro amable del daño



La primera vez que Andrés recibió oxicodona fue después de una cirugía en la columna. El dolor era insoportable, y el médico le dijo que esta pastilla, pequeña y blanca, lo ayudaría a dormir tranquilo.

Durante semanas, lo hizo. Pero cuando las dosis se terminaron, el cuerpo de Andrés pedía más. No solo por el dolor, sino por algo más profundo, más oscuro.

Su familia no entendía cómo aquel hombre fuerte y amoroso había cambiado. Lo veían irritable, ansioso, distante.

No sabían que la cura se había convertido en cárcel.

Zombis del apocalipsis moderno: fentanilo en las calles de Los Ángeles



En la esquina de San Pedro y 6th, ya no caminan personas. Se arrastran. Hombres y mujeres doblados sobre sí mismos, cuerpos que ya no obedecen, miradas vacías que no buscan nada. Algunos orinan sobre sí, otros mastican el aire. Nadie reacciona.

Son los nuevos zombis de América.

No salieron de un laboratorio secreto ni de una película de terror. Fueron paridos por la indiferencia, alimentados por la desesperación, y acabados por el fentanilo.

Una dosis cuesta menos que un café. Mata más que una bala. Y sus fabricantes no necesitan esconderse: lo mezclan con lo que sea, lo venden como pastillas falsificadas, lo esconden en caramelos o lo inyectan directo en la vena.

En Skid Row, un joven de 22 años muere en la acera. Nadie grita. Nadie llora. Un voluntario lo cubre con una sábana gris, y continúa repartiendo botellas de agua. En esa calle, la muerte ya no interrumpe.

El fentanilo no perdona. Y el sistema tampoco.

Drogas sucias, muerte barata

En Ecuador —como en muchos países de la región— se ha empezado a registrar la presencia de drogas extremadamente peligrosas como el fentanilo y sus análogos, muchas veces mezcladas con otras sustancias aún más tóxicas. Estas "drogas sucias", baratas y altamente adictivas, no solo destruyen la salud física y mental de quienes las consumen, sino que también socavan el tejido social: aumentan la violencia, el crimen, y debilitan aún más los sistemas de salud y justicia ya sobrecargados.

La codicia no distingue batas ni pasamontañas

¿Quién destruye más vidas: el narco que mete pastillas falsas en mochilas escolares, o el empresario que firma desde su oficina una campaña para decir que la oxicodona “no es adictiva”?

Uno apunta con un arma. El otro, con un portafolio lleno de patentes, abogados y marketing.

En apariencia no se parecen:

Uno vive escondido, con guardaespaldas y miedo.

El otro cena en Manhattan, sonríe en galas benéficas y dona alas enteras de hospitales con su apellido.

Pero ambos venden muerte.

El narcotraficante sabe que sus productos matan. El otro lo sabe también, pero lo maquilla con informes, congresos médicos, palabras como "controlado", "supervisado", "seguro". Y mientras tanto, embolsa millones.

La codicia no discrimina.

No le importa la ley.

No distingue trajes ni acentos, ni si el polvo blanco viene de un laboratorio con licencia o de un rancho oculto entre montañas.

Donde hay alguien dispuesto a pagar por aliviar su dolor, habrá otro dispuesto a aprovecharse.

¿Quién paga el precio?

María encontró a su hijo, Tomás, de 17 años, con espuma en la boca. Había tomado media pastilla azul que le ofreció un compañero del colegio. Creyó que era algo para relajarse antes del examen. Era fentanilo prensado. Murió en menos de cinco minutos. No era drogadicto. Era un chico con miedo al fracaso.

Germán, de 42 años, empezó con una lesión en la espalda. El médico le recetó oxicodona, luego más, luego otra marca más fuerte. Perdió el trabajo por ausencias. Luego la casa. Terminó vendiendo herramientas para comprar pastillas en la calle. Murió en una pensión miserable, solo, de una sobredosis.

Su esposa aún conserva la receta original.

Jessica trabajaba en emergencias. Le ofrecieron una pastilla para aguantar los turnos dobles. Tres años después, la encontraron robando medicamentos del hospital. La despidieron. Hoy vive en una casa de rehabilitación. Lleva 27 días limpia. No sabe si llegará a 28.

Las víctimas no siempre son adictos. A veces son pacientes, adolescentes, madres, abuelos, trabajadores. Son gente que no entendía lo que se estaba metiendo en el cuerpo hasta que fue tarde.

Porque nadie les dijo la verdad.

Porque a alguien le convenía que no la supieran.

Todos sabían, pero callaron

No fue ignorancia.

No fue un error.

Fue una decisión.

Directivos, distribuidores, médicos, autoridades. Todos sabían.

Sabían que la oxicodona era adictiva. Sabían que el fentanilo era una sentencia de muerte en polvo. Sabían que millones caerían.

Pero no detuvieron nada.

Porque el dinero seguía entrando.

Y nosotros, los de a pie, también supimos. Vimos las noticias, los documentales, las calles infestadas, las recetas repetidas. Lo sabíamos, y seguimos adelante. Porque no nos tocaba aún. Porque no era nuestro hijo. Porque no éramos nosotros.

¿Hasta cuándo?

¿Cuánto vale una vida? ¿Cuántas muertes se necesitan para que el dolor deje de ser un negocio?

La codicia no aparece de golpe. Comienza con una justificación. Luego otra. Y otra. Hasta que un día ya no vemos personas. Solo números. Solo ventas. Solo "casos aislados".

Si no trazamos un límite claro, todos, en algún momento, seremos parte del daño.

Por acción.

Por omisión.

Por costumbre.

FIN






sábado, 10 de mayo de 2025

"Gracias por Hoy"

Una reflexión sobre el poder de la gratitud, más allá de la fe


¿Puedo alabar sin tener fe?

Esa pregunta apareció una mañana cualquiera, mientras lavaba una taza de café. No era un dilema teológico, sino íntimo. La formulé con el mismo tono con el que uno se pregunta si puede querer sin estar enamorado, si puede llorar sin estar triste, o si puede agradecer sin saber a quién.

¿Se puede alabar la vida, agradecer lo que nos rodea, aunque no creamos en un dios?

La respuesta, al menos para mí, vino con el tiempo: sí, se puede. Y se debe.

La gratitud no necesita templo

Durante años, confundí la alabanza con un acto exclusivamente religioso. Pero aprendí que también puede ser un gesto laico, incluso silencioso. La alabanza es, en el fondo, una forma de rendir homenaje a lo que nos sostiene, aunque no sepamos ponerle nombre. A la vida, al amor, a la belleza, al misterio.

Un niño que ríe, un árbol que no se rinde, un pan que compartimos, un abrazo que llega cuando más lo necesitamos. No hay dogma que explique esos milagros cotidianos. Y sin embargo, conmueven el alma.

El arte de dar gracias

Empecé a escribir pequeñas notas de gratitud. A veces mentales, a veces habladas. Como quien pule una piedra, las fui haciendo parte de mi rutina. Noté que mi mente se aquietaba, que dormía mejor, que discutía menos. No es magia, es conexión. No es fe, es presencia.

Un día, incluso, nació una canción. La escribí sin saber que era una oración. Pero lo era.

Te invito a escucharla

Este canto se llama “Alabanzas”. No necesitas creer en nada para sentirla. Solo dejar que tu corazón escuche.

 https://suno.com/s/s1wtkybw0jE7ZmGz

(hazle doble clic y luego "abrir")

si no puedes abrir el enlace, me escribes por favor para hacertela llegar

Una última palabra

Quizá no todos creamos en Dios, pero todos tenemos motivos para dar gracias. Por estar vivos. Por haber sentido amor. Por tener pan, aunque sea solitario.

Si alguna vez te preguntas si puedes alabar sin fe, responde con una sonrisa. O con una canción.

Gracias.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Don Luis Manuel, el hombre que amó demasiado

Una vida bien vivida, un adiós lleno de amor y paz

El último adiós

Don Luis Manuel y su esposa Elba llevaban 65 años de casados. Esa tarde, la familia entera estaba reunida a su alrededor. Reposaba tranquilo, rodeado del amor de los suyos.

—Hijito —le dijo a su primogénito, que llevaba también su nombre, Luis Manuel—, ¿ya está todo arreglado?

—¿Para qué, papá?

—Para mi entierro.

—Ay, papá, no diga eso. Usted no se preocupe.

—Es que sí, hijo… Este cuerpo ya no aguanta más. Quedarse sería hacerlos sufrir. Ya es hora de partir. Pero me voy tranquilo. Fui esposo, fui padre… y tuve buenos hijos.

Cerró los ojos. A los pocos minutos, expiró. Su rostro reflejaba la paz de quien se despide sin miedo ni culpa, con la serenidad de haber amado profundamente.

El dolor de la ausencia

Murió la madrugada de hoy, 7 de mayo, justo el día en que cumplía 99 años.

Por la mañana, Elba, su compañera de vida, se acercó a su hija Elenita con los ojos húmedos por el llanto.

—Ay hijita… yo no sé cómo voy a vivir sin tu papá…

En esa frase cabía todo: la tristeza, la gratitud, el vacío. Lo lloraban con amor, sin remordimientos. Sabían que Don Luis Manuel se fue en paz.

Las puertas del cielo



Don Luis Manuel llegó al cielo. San Pedro lo esperaba a la entrada, serio pero con una mirada amable.

—Antes de entrar, confiésame tus pecados —le dijo.

Luis levantó la cabeza con serenidad.

—Pequé de exceso de amor —respondió con una sonrisa leve.

San Pedro lo miró en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Entonces entras con honor —le dijo, emocionado—. Vamos.

Y lo acompañó hasta la presencia de Dios.

El mejor recuerdo

Dios lo recibió con una sonrisa cálida.

—Luis Manuel —le preguntó—, ¿cuál fue el mejor recuerdo de tu vida?

Luis no dudó ni un segundo:

—Mi familia, Señor. El calor de mi casa, las risas de mis hijos, los domingos juntos, las lágrimas compartidas, la mano de mi Elbita siempre conmigo. Nunca me faltó el amor.

Dios asintió, conmovido.

—Entonces viviste bien, hijo mío. Descansa. Tu lugar está aquí.

Una herencia de amor

Aunque el dolor es profundo, sus hijos y nietos lo saben: Don Luis Manuel no se fue triste. Se fue lleno de paz, con la certeza de haber cumplido su misión en esta vida.

Y alguien, entre los más pequeños, dijo con inocencia:

—El abuelito no murió… Solo fue a ver cómo está el cielo, para cuando nos toque a nosotros.

Reflexión

Porque quien amó tanto, no se va del todo. Se queda en los gestos, en los recuerdos, en las historias… y en cada rincón del corazón de quienes lo amaron.

Es que se cosecha amor cuando se ha sembrado amor con amor.

Porque no basta con dar, hay que hacerlo con entrega genuina, con ternura, con fe. El amor que se ofrece desde lo más profundo del corazón, sin esperar recompensa, encuentra su camino de regreso, florece en otros y vuelve a ti como una caricia del destino.

FIN

Siembra, el tiempo es ahora. 




martes, 6 de mayo de 2025

Despertar

El primer aliento de la madrugada



El sol apenas asoma por la ventana, tímido, como si temiera interrumpir lo que han creado en la oscuridad.

Pero ya no importa.

Nada importa.

El aire huele a sexo, a sudor, a deseo, a promesas incumplidas.

El colchón está hecho un desastre, los sábanas arrugadas, como si la guerra nunca hubiera terminado.

Y tú, tumbada sobre él, entrelazada en sus brazos, sientes que el mundo vuelve a girar, pero ya no es el mismo.

Ya no eres la misma.

Tu cuerpo late, palpita, aún vibrando de la intensidad de lo que acaba de ocurrir.

Tus piernas lo rodean de nuevo, involuntarias, buscando el calor de su piel.

Él, adormilado, te mira con esos ojos que tienen algo salvaje, algo insaciable, algo que solo él entiende.

Borra y va de nuevo

“¿Otra vez?” pregunta, su voz ronca, como si fuera el primer día que te ve.

Y tú, temblando, sin pensarlo, afirmas con la mirada, sin palabras, solo con un gesto, una sonrisa desafiante que lo enciende una vez más.

Te toma de la muñeca, de la pierna, de la cintura, como si le pertenecieras, como si fueras la única cosa que ha valido la pena en su vida.

No necesita decir nada.

Ya te conoce.

Te necesita.

Y tú lo sabes.

Se lanza de nuevo, no hay suavidad, no hay tregua.

Es la misma urgencia, el mismo fuego, el mismo hambre.

El deseo se multiplica con cada beso, con cada roce, con cada suspiro que escapa de tus labios.

La cama cruje bajo sus cuerpos, pero tú ya no eres consciente del sonido, ni del lugar, ni de nada.

Solo sientes su cuerpo contra el tuyo, su aliento en tu cuello, sus manos recorriéndote con la misma pasión que antes, como si todo fuera un continuo desbordarse, un sinfín de momentos que no cesan, que no terminan.

Dentro

Él está dentro de ti, pero ahora no es solo físico.

Es una conexión más profunda, como si ambos se hubieran fusionado en algo más grande, algo que ni el tiempo ni el espacio pueden detener.

Lo miras y sus ojos, esos ojos que arden, te atraviesan el alma.

La posesión

Él te posee, pero tú lo posees de la misma manera.

Es un juego sin reglas, sin límites.

Es un amor desbordado, un incendio que nunca se apaga.

En el instante en que te estremece otra vez, te sientes perdida, y no te importa.

Porque estar perdida en él es la única verdad que ahora existe.

En su calor, en su abrazo, en la furia de ese momento, solo eres una sombra de deseo que se entrega sin miedo.

Y cuando llegas al final, ya no sabes si es el final o el principio de algo más.

Los dos caen exhaustos sobre el colchón, cuerpos mojados, entrelazados, respirando al mismo ritmo.

No dicen nada.

No hace falta.

Sus corazones hablan, lo dicen todo.

Y ahí, en el silencio, ya no hay más preguntas.

Ya no hay más palabras.

Solo cuerpos, almas, que siguen buscando la forma de estar más cerca, más intensamente.

Y todo comienza de nuevo, no con un beso, sino con un roce de piel que promete, que invita, que desafía.

Porque ahora saben que esto, lo que comparten, no tiene fin.

Es una espiral que los arrastra a ambos, que los consume y los recrea, una y otra vez.

Y tú lo sabes, y él lo sabe.

Nada más importa.

Solo esta locura, esta pasión que se consume en cada segundo, en cada respiro, en cada roce.


domingo, 4 de mayo de 2025

Dónde quedaba el Edén?

 El Edén quedaba en Chone



Dicen que el Edén estaba en Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates. Pero, ¡qué falta de imaginación! Si algo está claro es que el paraíso tenía que haber quedado en Chone, tierra de gente bravía, generosa y compasiva, donde las mujeres son tan hermosas que hasta Eva se habría sentido insegura.


Leidy Alvarez Corral
(Chonera Bonita)

Aquí no había serpientes tentadoras, sino culebras bien plantadas que, en lugar de ofrecer manzanas prohibidas, aconsejaban: "No te preocupes, compadre, un buen viche manaba cura cualquier pecado."

El agua abundaba tanto que Noé habría construido su arca por precaución, antes de que le lloviera un aguacero de esos que duran tres días y tres noches. Pero en Chone no hacía falta salvar parejas de animales: aquí los choneros convivían con la fauna como buenos vecinos, compartiendo la sombra de los árboles de ovo y los verdes asados acompañados con queso  chicloso, una rica sal prieta casera y hasta longaniza, por qué no?

Dios, viendo la fertilidad de la tierra, dejó caer la bendición de los mejores pastos, donde la ganadería creció orgullosa y los choneros se volvieron los reyes del queso, la natilla y el suero. De haber nacido aquí, Adán no se habría cubierto con hojas de higuera, sino con un buen sombrero de paja toquilla de Montecristi, mientras Eva, en lugar de darle un fruto prohibido, le habría ofrecido un verde con café pasado, de ese de Jipijapa y una generosa porción de bistec de carne con bastante cebolla, pimiento y tomate.

Y si alguien osaba dudar del carácter divino de Chone, bastaba con ver la pasión con la que su gente defendía su tierra. Aquí no se hablaba de expulsión del paraíso, sino de volver siempre, porque quien ha probado la comida, sentido la calidez de su gente y disfrutado de su generosidad, sabe que no hay otro Edén posible.

Hasta Don Medardo le dedicó una cumbia a esta tierra bella.

Haz CLIC y disfruta de este himno a Chone

Así que, si algún día encuentran las puertas del paraíso cerradas, no se preocupen. Basta con tomar rumbo a Manabí y preguntar por Chone. ¡Ahí es donde Dios dejó su obra maestra! Te dejo las indicaciones para que no te pierdas ni te lo pierdas: 

Para viajar desde Guayaquil a Chone, toma la Vía a Daule (E40), sigue por esta carretera hasta llegar a la E484 (Bypass de Chone) y continúa hasta llegar a Chone. Si viajas desde Quito, sal por la E35 (Panamericana Norte), sigue hasta Santo Domingo, toma la E38 hacia el oeste y continúa hasta llegar a Chone. Eso sí, en Cascol, en la gasolinera, parada obligatoria para los buenos corviches, las empanadas y las humitas


El rico corviche de la gasolinera de Cascol

Nos vemos en el Edén o en Chone, es lo mismo.

FIN

Un feriado, un viaje, un bonito pretexto para conocer el Edén o regresar a él. La vida no espera, los momentos no se repiten. Es ahora o nunca, porque “pa’ luego es tarde”. Se trata solo de vivirlo intensamente, de saborear cada risa, cada historia, cada café de esencia, compartido con un verdecito asado y queso chicloso. El tiempo se escapa, pero lo que realmente importa es cómo lo llenamos, así que jué pa'llá como dice mi cuñado Marco.

Recuerda que hay lecciones importantes detrás de cada historia.

Si tienes algún comentario, por favor escríbelo HACIENDO  CLIC  en  Publicar un comentario,  más abajo.

INVITACION

¡Te invito a sumergirte en este viaje de historias!

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Gracias a la gran acogida de los lectores, este blog ya cuenta con más de 100 relatos, y a partir de este año, publicamos una nueva historia cada semana.

Cada texto es una ventana a emociones, recuerdos y reflexiones que no te puedes perder. ¡Empieza desde el principio y acompáñanos en esta aventura!







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