Buscar este blog

martes, 28 de octubre de 2025

REVELACION

 

Cuando Me Cambian el Nombre



Hijo mío…

Has querido comprenderme, defenderme, hablar por Mí,

pero a veces lo haces sin escucharme.

Te hablo hoy, no para reprenderte, sino para recordarte quién soy,

porque muchos, en su celo por Mí, han terminado construyendo un dios a su medida.

---

Yo no soy propiedad de ninguna religión,

ni pertenezco a una sola doctrina.

No tengo bandera, idioma ni templo exclusivo.

Soy el que Soy.

El que estuvo antes del tiempo y seguirá cuando el tiempo se apague.

El que hizo el mar, pero también al hombre que se ahoga.

El que habita en la sinagoga, en la iglesia, en la mezquita y también

en el corazón silencioso de quien no pronuncia Mi nombre,

pero hace el bien.

---

¿Sabes cuándo me duele más el alma?

Cuando me usan para dividir, cuando me convierten en motivo de guerra,

cuando matan en Mi nombre creyendo que así Me sirven.

Entonces miro desde el cielo y veo hombres levantando espadas con cruces grabadas,

banderas bordadas con Mi nombre, y corazones vacíos de amor.

Hijo, yo no bendigo espadas,

yo bendigo manos que curan.

No necesito defensores, necesito testigos.

No quiero templos de piedra, quiero corazones vivos.

---

Me cambiaron el nombre muchas veces:

me llamaron Yahveh, Elohim, Dios, Alá, Brahma…

pero eso no me ofende.

Lo que me duele es que me usen para justificar su odio.

Porque el que odia en nombre de Dios,

no Me conoce.

Yo soy Amor, y fuera del Amor,

todo lo que digas de Mí es mentira.

---

¿Ves, hijo? La verdad no está en los libros, sino en la vida.

Los libros la anuncian; los actos la confirman.

Por eso te dejé una sola ley, sencilla y eterna:

> “Ama a tu Dios con todo tu corazón,

y a tu prójimo como a ti mismo.”

(Mateo 22:37–39)

No hay mandamiento mayor.

No hay religión más grande.

No hay interpretación más exacta.

---

Cuando pienses que eres el custodio de la verdad,

mírate al espejo y recuerda:

el espejo refleja, pero también distorsiona.

Por eso la humildad es el principio de toda sabiduría.

El sabio no presume saberlo todo:

camina despacio, escucha, y aprende del otro.

Porque en el rostro del otro también estoy Yo.

---

No olvides, hijo mío, que la fe que divide no viene de Mí.

La fe que se impone por la fuerza, Me niega.

Yo no obligo, llamo.

No amenazo, espero.

No destruyo, transformo.

No castigo, enseño.

---

Y cuando veas a un hombre que ora distinto,

a una mujer que cree de otra forma,

no pienses que está lejos de Mí.

Quizás Me esté buscando por otro camino,

pero con el mismo amor.

Recuerda esto:

> “Tengo otras ovejas que no son de este redil;

también a ellas debo traer.”

(Juan 10:16)

---

La verdad es una, hijo mío,

pero los caminos que llevan a Ella son muchos.

El Sol es uno, aunque se refleje distinto en cada gota de rocío.

Y así soy Yo:

infinito, inabarcable, presente en todo lo que respira.

---

Vuelve a Mí, no con dogmas, sino con asombro.

No con temor, sino con ternura.

Deja que el amor te revele lo que los libros no pueden enseñar.

Entonces sabrás que nunca estuve lejos,

que siempre habité dentro de ti,

esperando que Me miraras sin intermediarios.


—Tu Padre.


FIN



domingo, 19 de octubre de 2025

EL BLOQUE DEL TIEMPO

Introducción

Hay preguntas que no buscan respuestas, sino claridad.

Entre ellas, una resuena desde el origen:

si Dios es eterno y todo lo abarca, ¿cómo puede existir el tiempo, el cambio, la libertad y el dolor?

Este ensayo no intenta resolver el misterio, sino contemplarlo.

Porque en esa contemplación —no en la certeza— se revela la fe más pura:

la que no teme a la razón, la que no discute con la duda, sino que la abraza.



El Bloque del Tiempo

En el instante en que Dios pronunció el universo, el tiempo nació.

La nada se curvó en sí misma, y la luz comprendió que existía.

Desde entonces, el antes y el después comenzaron su danza interminable.

Pero Dios no danza con ellos.

Permanece fuera del compás, donde no hay ritmo ni duración, solo presencia pura.

Su eternidad no es un camino, sino un punto inmóvil desde el cual todo es visible.

Nosotros, criaturas del fluir, medimos los días y tememos las despedidas; necesitamos los relojes para comprender la espera.

Él no espera: es.

Y en su mirada, el tiempo no avanza, sino que se despliega, como una pintura que revela a la vez su principio, su trama y su final.

> Así, la creación entera —cada estrella, cada lágrima, cada respiro— forma parte del mismo Bloque del Tiempo: un todo suspendido en la eternidad divina, donde lo que fue y lo que será, ya son.

El Saber que no impone

Dios conoce el todo.

No porque adivine el futuro, sino porque el futuro no le es futuro.

Para Él, todo ocurre en el mismo acto eterno de su conciencia.

No hay sorpresa porque no hay espera, pero hay ternura en cada instante que contempla, como si cada decisión humana fuera una nueva chispa de su amor infinito.

Su conocimiento no obliga: revela.

Él no escribe nuestra historia con tinta de destino, sino que la observa mientras la escribimos, y en cada línea que trazamos, su luz nos acompaña, no nos fuerza.

El saber humano se apoya en el tiempo: necesita que algo ocurra para conocerlo.

El saber divino, en cambio, es simultáneo al ser mismo de las cosas.

Dios no sabe porque ve, sabe porque es.

Por eso su conocimiento no destruye la libertad: la hace posible.

Porque en su eternidad, Él sostiene todos los caminos que podríamos elegir, pero solo se cumplen aquellos que nosotros, en el tiempo, decidimos recorrer.

Su saber abarca todas las sendas, su amor nos acompaña en la elegida.

Así, el hombre camina libre dentro de un universo ya conocido por Dios, pero no predeterminado.

Y en ese misterio se funden la omnisciencia y la esperanza: Dios lo sabe todo, y aun así, espera.

El Silencio que Ora

Si Dios todo lo sabe y todo sostiene, ¿qué sentido tiene pedirle algo?

¿Favorece al que implora y desoye al que calla?

No.

Dios no es juez que reparte milagros, ni mercader de consuelos.

El orden que creó no se altera por súplicas, porque su voluntad no es capricho: es ley amorosa y perfecta.

La oración, entonces, no es un acto para mover a Dios, sino para movernos a nosotros.

No cambia el designio divino, sino la conciencia humana.

En ella, el hombre no convence a Dios: se convence de Dios.

El dolor, la pérdida, la enfermedad y la muerte, no son castigos ni olvidos. Son parte del equilibrio invisible por el cual la existencia se renueva a sí misma.

> Por eso, la oración más pura no es la que pide, sino la que acepta.

La que se hace silencio, y en ese silencio, entiende.

La Gracia de Ser

Si somos del divino, orar no es pedir: es recordar.

Recordar que en nosotros arde la misma chispa que dio principio al universo, y que esa llama —por tenue que parezca nunca se extingue.

La oración verdadera no busca cambiar lo que ya es perfecto, sino alinearse con esa perfección.

Es el acto humilde y poderoso de quien comprende que Dios no está fuera, esperando ser convencido, sino dentro, esperando ser despertado.

Orar, entonces, es reconocer la gracia de ser. Es creer que, por el simple hecho de existir, tenemos la fuerza para levantarnos después de caer, para rehacernos del error, para creer en el cambio aunque el pasado murmure lo contrario.

Cuando el hombre ora con fe, no invoca a un Dios lejano: invoca al Dios que ya lo habita.

Y en ese encuentro interior, no pide milagros, los realiza.

La Ley Interior

Antes de que existieran templos, ya existía el bien.

Antes de que el hombre pronunciara el nombre de Dios, ya sabía —sin saber cómo—

que hacer daño era negar algo sagrado dentro de sí.

Esa voz silenciosa que nos orienta no viene de la costumbre ni del miedo, sino del origen mismo de nuestra existencia.

La moral, entendida así, no nace de la religión: la precede.

Es la huella del Creador en la criatura,la brújula interna que nos recuerda hacia dónde apunta la luz.

Por eso, incluso quien no cree, cuando obra con bondad, honra a Dios sin saberlo.

Porque el bien no necesita altar: se basta con el corazón que lo elige.

La religión puede enseñar, guiar, acompañar, pero la moral profunda, la que nace de la empatía y el amor, es un lenguaje universal inscrito en el alma humana.

Mientras esa inclinación exista, habrá esperanza.

Porque en cada acto justo, en cada compasión sin testigos, Dios vuelve a manifestarse.

Epílogo

El Bloque del Tiempo no encierra, revela.

Nos muestra que la eternidad no está después de la vida, sino latiendo dentro de ella.

Que la oración no es súplica, sino conciencia.

Que el bien no pertenece a una religión,

sino al alma que recuerda su origen.

No hay contradicción entre fe y razón

cuando ambas se inclinan ante el mismo misterio.

Porque en lo profundo, no hay duda:

solo presencia.

Hay esperanza, porque Dios trasciende, y nosotros con Él.

FIN


viernes, 3 de octubre de 2025

CRONICA DEL 2060

 

Algunos de la generación del siglo XX habrán llegado vivos hasta el 2060, sostenidos por la medicina genética, los nanobots y los trasplantes impresos en laboratorio. Pero lo que encontrarán será un mundo tan distinto, que quizás se pregunten si valió la pena vivir tanto para ver tanto.

La tecnología nos habrá superado. Las máquinas pensarán, decidirán, crearán. El ser humano, desnudo de su alma, quedará reducido a un cuerpo intervenido, modificado, reciclado. La mezquindad, sin embargo, seguirá intacta: la codicia y el egoísmo no se habrán extinguido, sino refinado con herramientas nuevas.

En ese escenario, los géneros se multiplicarán, las identidades serán fluidas hasta lo inabarcable. Pero más allá del cuerpo, la gran pregunta seguirá siendo si todavía habrá un espíritu, una esencia, un “alma” que dé sentido a tanta mutación.

💭 ¿Y dónde queda el amor en el  2060?

En un mundo saturado de pantallas, algoritmos y cuerpos intervenidos, el amor corre el riesgo de ser la gran víctima invisible del progreso. En el 2060, quizás muchos ya no lo busquen como vínculo del alma, sino como un servicio más en la vitrina digital.

El amor físico quedará reducido a contratos temporales, encuentros programados por aplicaciones que garantizan compatibilidad biológica o placer inmediato. Será un intercambio eficiente, sin misterio, sin fragilidad, sin esa chispa de lo imprevisto que antes hacía latir el corazón.

En el plano virtual, proliferarán relaciones donde dos seres no se toquen nunca. Avatares perfectos reemplazarán la imperfección humana, simulando ternura, pasión o compañía con una fidelidad engañosa. Miles creerán amar, pero en realidad estarán acariciando un espejismo diseñado por software.

La pregunta es si el amor, como lo entendimos en siglos pasados —esa entrega total, esa locura que hace que alguien renuncie a sí mismo por otro— podrá sobrevivir en un tiempo donde todo se calcula, todo se programa, todo se controla.

Tal vez quede reducido a un recuerdo, a una nostalgia heredada de abuelos y bisabuelos que se atrevieron a creer en lo imposible. O quizás, en medio de tanta frialdad digital, resurja como un acto de rebeldía: amar de verdad, sin algoritmos, sin contratos, sin pantallas.

Porque en 2060, tal vez la mayor revolución no sea tecnológica, sino emocional: atreverse a sentir de manera auténtica en un mundo que ya no cree en sentimientos.

Un mundo nuevo y distinto, sí. Pero también un espejo de lo mismo de siempre: la lucha por sobrevivir, por dominar, por no ceder lo poco que tenemos.

FIN

lunes, 1 de septiembre de 2025

¿Dios ordenó matar niños?





Cuando la Biblia desafía la conciencia

En muchos templos se repite con firmeza que “la Biblia es la palabra de Dios, sin errores, sin interpretaciones”. Se nos enseña que todo lo que allí aparece fue dictado directamente por Dios, que no hay espacio para dudas, matices ni cuestionamientos.

Pero entonces… ¿cómo explicar que ese mismo Dios —que supuestamente es amor, compasión y justicia— haya ordenado en varios pasajes del Antiguo Testamento la matanza de pueblos enteros, incluyendo mujeres, ancianos, y hasta niños de pecho?

Ejemplos que incomodan

En Josué 6, durante la conquista de Jericó, se narra con crudeza:

> “Destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, ovejas y asnos.”

Más adelante, en 1 Samuel 15, Dios supuestamente le ordena a Saúl que no deje sobreviviente alguno:

> “Ve y destruye completamente a los amalecitas: no los perdones. Mata a hombres, mujeres, niños y aún a los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.”

Y en Números 31, tras una batalla contra los madianitas, Moisés —guiado por mandato divino— ordena matar a todos los varones y mujeres que hayan conocido varón, dejando vivas solo a las vírgenes.

¿Es esto justicia divina? ¿Es esta la voz de un Dios perfecto, o la de un jefe tribal justificando sus conquistas en nombre del cielo?

La contradicción que duele

Si Dios es amor, si es el protector de los inocentes, ¿por qué aparece ordenando matar precisamente a quienes no pueden defenderse ni tienen culpa alguna?

¿Qué pecado puede tener un bebé?

¿Acaso un niño que aún no ha aprendido a hablar merece ser pasado por la espada porque nació en el pueblo “equivocado”?

Estas preguntas no son blasfemas. Son humanas. Son necesarias.

Porque creer con los ojos cerrados no es fe, es sometimiento.

¿Palabra de Dios o palabra del hombre?

Aquí aparece una disyuntiva crucial para todo creyente:

Si la Biblia fue dictada palabra por palabra por Dios, entonces debemos aceptar que Dios ordenó esas matanzas, y reconciliar eso con su supuesta perfección y amor infinito.

Pero si la Biblia fue inspirada por Dios pero escrita por hombres, entonces debemos reconocer que esos hombres pudieron haber proyectado en Dios sus propias guerras, sus odios, su sed de poder y su necesidad de justificar lo que hacían en nombre de la divinidad.

No es una idea nueva. Muchos teólogos han afirmado que la Biblia refleja tanto la búsqueda de Dios como los errores del ser humano. Y que no todo lo que está en ella debe leerse como mandato eterno, sino como testimonio de una evolución moral y espiritual.

El problema del literalismo

Cuando se toma la Biblia literalmente, sin análisis ni contexto, se corre el riesgo de justificar lo injustificable:

Genocidios como el de los amalecitas

Castigos colectivos

Esclavitud como derecho divino

Sumisión forzada de la mujer

Pena de muerte por infracciones morales

¿De verdad eso refleja al Dios que hoy decimos adorar? ¿O refleja a una humanidad que necesitaba controlar, temía al diferente, y usaba a Dios como excusa?

¿Dios se equivoca?

No. Pero quienes hablaron en su nombre, sí pueden haberse equivocado.

La fe madura no es la que acepta todo sin pensar. Es la que se atreve a confrontar, a cuestionar y a seguir buscando con honestidad.

La Biblia puede ser un libro sagrado sin que todo en ella sea infalible.

Tal vez Dios no habló en gritos de guerra ni en órdenes de exterminio. Tal vez su verdadera voz fue la que más tarde se oyó en labios de los profetas que clamaban por justicia… y mucho más tarde, en las palabras de aquel hombre que dijo:

> “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…”

Un llamado a repensar

No escribo esto para negar la fe, sino para sanarla.

Para invitarte a pensar con libertad, sin miedo, sin cadenas.

Porque si un niño inocente no puede ser culpable de guerra alguna, entonces Dios tampoco puede ser su verdugo.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de temerle a las preguntas y empezar a abrazarlas.

Tal vez cuestionar la violencia en nombre de Dios sea la forma más honesta de buscarlo.

José Fun Sang

Wen Si Yuan

冯上哲


lunes, 18 de agosto de 2025

LA FE DE LA MUJER CANANEA

 


JESUS, LA MUJER Y JOSÉ (WEN SI YUAN)

Camino por los senderos polvorientos de Galilea. La multitud se abre ante mí como un río lento. El sol quema mi nuca, y la tierra seca cruje bajo mis pies, como un eco áspero que acompaña mi súplica, recordándome que incluso la tierra comparte la resistencia del cielo.  Allí está Jesús, rodeado de gente, y a sus pies, arrodillada, una mujer extranjera,  suplica por su hija atormentada. Escucho cómo Él responde:
“No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos”.

Mi corazón se acelera, siento un nudo en la garganta, y no puedo quedarme callado. Doy un paso adelante, mi túnica rozando la arena, y hablo:
—Maestro, ¿cómo puedes hablar así a alguien que sufre? ¿No conoces su dolor? ¿No tienes compasión?

Jesús me mira. Sus ojos, profundos y serenos, parecen leer cada pensamiento que intento ocultar. Su voz, calmada y firme, me responde:
—José, mi camino comenzó con los hijos de Israel. Mi misión tiene un límite inicial.

Frunzo el ceño, mis manos tensas, y replico con firmeza:
—Jesús, pero si tu poder y tu sabiduría son infinitos, ¿por qué excluirla? ¿Por qué la rigidez cuando la misericordia podría ser infinita?

La mujer escucha y, con humildad y astucia, se vuelve hacia Jesús:
—Señor, incluso los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

El aire se vuelve denso. Siento cómo cada respiración es contenida por la multitud. Escucho el crujir de la arena bajo los pies de los presentes y observo a Jesús. Sus párpados se entrecierran; un gesto leve cruza su rostro. La fe activa de la mujer lo ha mostrado algo que él aún no había considerado.

—Oh mujer —dice finalmente, con voz tranquila pero respetuosa—, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.

Un estremecimiento recorre mi pecho mientras la mujer se aleja con su hija liberada. Me acerco, respirando con fuerza, y hablo de nuevo:
—Nuevamente me dirijo a El diciéndole: Maestro, ¿tu dureza inicial no era crueldad, sino prueba? ¿Un modo de enseñar que la fe activa puede transformar la rigidez de la autoridad?

Él asiente apenas. Y mientras camino junto a Él, mis pasos levantan pequeñas nubes de polvo, pienso: No me enfrento a un dios distante e inflexible, sino a un hombre sabio, un profeta, con misión y límites culturales. Y aun así, la gracia se abre a quienes persisten con humildad y audacia.

Mi mente no deja de cuestionar: ¿Cuántas veces he sentido un “no” como injusto, como cruel? ¿Cuántas veces la autoridad humana o divina parece cerrada? Pero tal vez la verdadera prueba está en la fe activa, en no aceptar la primera negativa, en insistir con humildad y creatividad.

Siento el sol en mi espalda, el aroma del polvo y la hierba seca. Reflexiono: Cada límite que la vida me presenta puede ser transformado por la audacia y la perseverancia. Muchas veces no enfrentamos un ser omnipotente, sino humanos sabios, con autoridad parcial. Y aun así, la misericordia puede alcanzarnos, si insistimos, si creemos.

Jesús se detiene junto a mí. Sus ojos me miran con ternura y comprensión. Su voz, suave y serena, llega a lo más profundo de mi ser:
—Me alegro, José, de que hayas entendido. La verdad no es un camino fácil, ni un día claro y diáfano. No todos la alcanzan, pero está ahí, para quien quiera tenerla.

Siento un nudo en la garganta, y sin pensarlo, Jesús me abraza. Sus brazos envuelven mis hombros con firmeza y calor. No hay palabras, solo la sensación de comprensión absoluta. Lágrimas recorren mis mejillas, mezclándose con el polvo de la tierra y con la luz tibia del sol que cae sobre nosotros.

Todo parece detenerse. La tensión, la duda, la pregunta sobre la justicia y la misericordia se disuelven en un silencio cargado de significado. Cada respiración compartida es un lazo invisible que conecta sabiduría, fe y humanidad.

Jesús me suelta lentamente, pero su mirada sigue sosteniéndome. Un último gesto, una sonrisa apenas perceptible, y sé que este encuentro permanecerá conmigo siempre. Camino unos pasos adelante, yo, José Fun Sang, Wen Si Yuan, con el corazón abierto, con la certeza de que la verdad existe, aunque no siempre sea clara, y con la humildad de quien ha visto que la perseverancia, la fe y la audacia pueden abrir caminos donde antes había límites.

El sol de Galilea cae a mi alrededor, tibio y dorado, y siento que llevo conmigo no solo la enseñanza de la mujer cananea, sino la comprensión de que la vida misma es un diálogo constante con la verdad, la misericordia y la propia fe.

FIN


domingo, 17 de agosto de 2025

Cuenca, Dios, truchas y rodillas en oferta


AQUI SE INICIA TODO



Todo comenzó el sábado 9 de agosto del 2025, cuando nos subimos a una furgoneta de pasajeros en Guayaquil rumbo a Cuenca. El viaje, como casi todo en la vida, fue una mezcla de paisajes hermosos y tramos de carretera que parecen diseñados para probar la fe… y las suspensiones. Pero si uno aprende a disfrutar de lo perfecto con imperfecciones, Cuenca se vende sola.


Llegamos y el primer día fue de puro caminar: recorrido a pie por el centro, sintiendo el aire fresco y la historia que se respira en cada esquina. La Catedral de la Inmaculada Concepción se alzaba con sus cúpulas azules como globos a punto de soltar el cielo. Hermosa, imponente… e inconclusa. A un costado, la vieja Iglesia del Sagrario, que en tiempos de la colonia solo permitía entrar a los españoles. Los indígenas, aunque bautizados, quedaban afuera, en las sombras o en el atrio, escuchando la misa desde lejos, como si el pan y el vino fueran reservados para paladares selectos. Y claro, uno se pregunta: si existe un Dios, ¿de verdad sería tan mezquino como para disfrutar de esas distancias? No. Ese no puede ser Dios. Ese es el dios que inventan los hombres para reforzar sus sillones de poder.


Ese sábado, después de caminar, almorzamos en Bogolí —porque la espiritualidad también necesita buena comida, yo pedí Panceta — y rematamos la tarde con el tour en el bus de dos pisos, escuchando historias, disfrutando del sol y de una ciudad repleta de turistas.


El domingo empezó con desayuno en el departamento y luego fuimos al Parque Amaru. Tres horas de recorrido que comienzas amando y terminas odiando, con senderos que parecen diseñados para poner a prueba rodillas, tobillos y cualquier articulación que creías joven. Vas viendo fauna y flora, y cada vez que piensas “ya llegamos”, el camino te recuerda que en Amaru nunca llegas… solo sobrevives.

En la visita al Parque Amaru, al observar a los osos, Agustina comentó:

—Ahí está la mamá oso preparando la comida para la cría… ¿y el papá oso? ¡Roncando!


Ya ven, así es cómo comienzan los líos de las mujeres… Agustina, con apenas 6 años, y ya detecta el patrón milenario: ellas trabajan, ellos roncan. Si sigue así, a los 10 años ya da conferencias motivacionales para esposas y, a los 15, escribe un libro titulado Manual para que los Osos se Levanten del Sofá.

Después, sin planearlo, terminamos en Dos Chorreras. Cuenca ha crecido, y Dos Chorreras también. Ya no es solo la montaña, el río y las truchas; ahora es un centro turístico completo. Pesca, restaurantes, kioskos de dulces, heladería, panadería-pastelería de tamaño industrial, y hasta una chocolatería inmensa (capacidad para unas 300 personas, calculo yo). Y entre todo eso, las típicas y deliciosas empanadas de viento, rebosantes de “harsto” queso, de esas que te hacen cerrar los ojos al primer mordisco. Las montañas, el aire limpio, el paisaje… ahí sí que Dios —la Madre Naturaleza— se lució.


Le prometí a mi hija que, al regreso a Guayaquil, yo —que me las doy de panadero, pastelero y chocolatero— le voy a preparar unas empanadas de viento dignas de concurso.

El lunes 11, antes del almuerzo con hornados y cascaritas, fuimos al Jurassic Park de Paute. Muy didáctico, valió la pena. La visita a Cuenca se cerró con un almuerzo en Mubaru con hornado, cascaritas, mote, tortillas de papa, salsa de maní. Un cierre perfecto antes de volver al manso Guayas.


Vinimos todos: Yara, mi hija, con Agustina, mi nieta. Carlita, amiga de Yara, con su hijo Nicolás. Aurelia, mi esposa, y yo. José Carlos, mi hijo, se quedó en Guayaquil y Saskya, mi hija mayor, que reside en Quito, no pudo acompañarnos.

Agustina y Nicolás… amor y peleas, abrazos y empujones, dulzura y llanto.

Y mientras los veo correr y reconciliarse en cuestión de segundos, pienso que la vida es esto: un viaje, una mesa compartida, una conversación que no se olvida, un cansancio feliz al final del día.

Porque no sabemos cuándo nos tocará bajar del bus para siempre. Así que, mientras podamos, sigamos viajando juntos, comiendo juntos, riendo juntos. El resto… que lo arregle Dios. El verdadero, no el de las bancas reservadas.

FIN




domingo, 10 de agosto de 2025

UN MUNDO FELIZ



Adaptación de "Un Mundo Feliz de Aldous Huxley (1932)"


José miraba al cielo de La Habana como quien mira un espejo quebrado: azul, brillante, pero hecho de pedazos. El calor lo envolvía con la dulzura pegajosa del caramelo derretido, y el aire olía a sal, a mar, y a resignación.

Había llegado como visitante, sí, pero nunca fue turista. Los turistas se enamoran del decorado; los lúcidos se decepcionan del guion. Y José, que traía en el alma una herida vieja de exilios y palabras prohibidas, no podía ignorar lo que sus ojos veían: un pueblo domesticado a punta de consignas, una felicidad forzada como una sonrisa frente a una cámara ajena.

Los cubanos decían “estamos bien”, pero lo decían con hambre en el estómago y miedo en los ojos.

Decían “¡Viva la revolución!”, pero con la voz de quienes no tienen opción.

Y sonreían, sí… porque sabían que la tristeza podía ser sospechosa.

José, en silencio, se rebeló.

No con armas, no con pancartas.

Su rebelión era más íntima, más peligrosa: pensaba.

Pensaba en voz baja, para no traicionar a nadie, pero también escribía.

Cada noche en su libreta anotaba las grietas del sistema como quien dibuja salidas invisibles:

—“Aquí no falta pan, falta verdad.”

—“Aquí no hay igualdad, hay estancamiento compartido.”

—“Aquí no hay libertad, hay euforia de papel.”

Un día, en un bar frente al Malecón, un viejo revolucionario le ofreció ron y nostalgia. Hablaron de Martí, del Che, de sueños oxidados. El viejo le dijo: —Aquí somos felices, ¿no lo ves? Y José respondió: —Sí, pero ¿a costa de qué?

—¿Prefieres el caos capitalista?

—Prefiero elegir mi caos antes que aceptar una felicidad que no es mía.

Esa noche, escribió una sola frase en su cuaderno:

“Prefiero la tristeza de ser libre que la alegría de ser obediente.”

Al día siguiente, antes de partir, cruzó la calle y la vio: una muchacha con cuerpo de tentación y ojos de derrota. No vendía souvenirs ni café: vendía su cuerpo por una cena decente o unos dólares discretos.

No sonrió. Tampoco fingió. Solo lo miró. Y en ese gesto desnudo, José reconoció su última señal de rebeldía:

el cuerpo como trinchera ante un sistema que prometió dignidad y entregó despojos.

Y supo entonces que la revolución más real ya no la hacen los gritos… sino los cuerpos que sobreviven a la mentira sin perder el alma.

FIN

José Fun Sang

Wen Si Yuan

聞思源



ENTRADAS DESTACADAS

AQUI TAMBIEN ES AMERICA

  El sol todavía no había salido cuando Rogelio abrió la puerta de la casa. El aire olía a polvo húmedo y a café recién hervido. La vivie...

ENTRADAS MAS POPULARES